Las ganancias económicas de las dos últimas décadas en África, que han sido fundamentales para mejorar los niveles de vida, están en peligro por la COVID-19.
Los elevados niveles de deuda pública y las inciertas perspectivas de la ayuda internacional limitan el margen de crecimiento mediante programas de inversión pública de gran envergadura.
En consecuencia, el sector privado tendrá que desempeñar un papel más importante en el desarrollo económico si los países africanos quieren disfrutar de una recuperación sólida.
Actualmente, las entidades públicas, como los gobiernos nacionales y las empresas estatales, ejecutan el 95 % de los proyectos de infraestructura.
Tres expertos del FMI explican cómo podemos cambiar esta situación.
Las economías africanas se encuentran en una coyuntura decisiva. La pandemia de COVID-19 ha paralizado la actividad económica. Las ganancias económicas de África, duramente conseguidas en las dos últimas décadas y fundamentales para mejorar los niveles de vida, podrían revertirse.
Los elevados niveles de deuda pública y la incierta perspectiva de la ayuda internacional limitan el margen de crecimiento mediante programas de inversión pública de gran envergadura. El sector privado tendrá que desempeñar un papel más importante en el desarrollo económico si los países quieren disfrutar de una recuperación sólida y evitar el estancamiento económico. Los jefes de Estado africanos hicieron de este uno de sus mensajes más contundentes durante la reciente cumbre «Financiación de las economías africanas», celebrada en París en mayo.
La infraestructura —tanto física (carreteras, electricidad) como social (salud, educación)— es un ámbito en el que el sector privado podría participar más. Las necesidades de desarrollo de infraestructura de África son enormes: del orden del 20 % del PIB de media a finales de la década. ¿Cómo puede financiarse? Toda cosa igual, la principal fuente de financiación sería una mayor recaudación fiscal, algo en lo que trabaja la mayoría de los países. Pero, dado la magnitud de las necesidades, será necesario movilizar nuevas fuentes de financiación de la comunidad internacional y del sector privado.
África es un continente que ofrece enormes oportunidades para los inversores privados. Cuenta con una población joven y en crecimiento, y con abundantes recursos naturales. Las ciudades experimentan un crecimiento notable. Muchos países han puesto en marcha iniciativas de industrialización y digitalización a largo plazo. Pero se necesitan inversiones e innovación significativas para desbloquear todo el potencial de la región. Una investigación reciente publicada por personal del FMI muestra que el sector privado podría, a finales de la década, aportar una financiación anual adicional equivalente al 3 % del PIB de África subsahariana para infraestructuras físicas y sociales. Esto representa unos 50 000 millones de dólares al año (utilizando el PIB de 2020) y casi una cuarta parte de la ratio media de inversión privada en la región (actualmente, el 13 % del PIB).
¿Qué limita actualmente la financiación privada?
En la actualidad, el sector privado participa poco en la financiación y ejecución de infraestructuras en África, en comparación con otras regiones. Las entidades públicas, como los gobiernos nacionales y las empresas estatales, ejecutan el 95 % de los proyectos de infraestructura. El volumen de proyectos de infraestructura con participación del sector privado ha disminuido significativamente en la última década, tras el desplome de los precios de las materias primas. La escasa presencia de inversores privados también se aprecia desde una perspectiva de comparación internacional: África atrae solo el 2 % de los flujos mundiales de inversión extranjera directa. Y cuando la inversión llega a África, se dirige sobre todo a los recursos naturales y a las industrias extractivas, y no a la salud, las carreteras o el agua.
Para atraer a inversores privados y transformar la forma en que África financia su desarrollo, parecen fundamentales las mejoras en el entorno empresarial. Nuestra investigación muestra que tres riesgos clave dominan la mente de los inversores internacionales:
Riesgo de proyecto. Aunque África presenta una gran cantidad de oportunidades empresariales, la cartera de proyectos realmente «listos para la inversión» sigue siendo limitada. Se trata de proyectos suficientemente desarrollados para atraer a inversores que no quieren invertir en conceptos en fase inicial ni en mercados desconocidos. El apoyo financiero y técnico de donantes y bancos de desarrollo puede ayudar a los países a financiar estudios de viabilidad, diseño de proyectos y otras actividades preparatorias que amplíen el conjunto de proyectos susceptibles de financiación bancaria.
Riesgo cambiario. Imagine que un proyecto genera una rentabilidad del 10 % anual, pero la moneda se deprecia un 5 % al mismo tiempo: esto eliminaría la mitad de los beneficios de los inversores extranjeros. No es de extrañar que el riesgo cambiario sea una de sus principales preocupaciones. Una política macroeconómica prudente, combinada con una gestión sólida de las reservas de divisas, puede reducir en gran medida la volatilidad cambiaria.
Riesgo de salida. Ningún inversor entrará en un país si no tiene garantías de que también podrá salir vendiendo sus participaciones en un proyecto y recuperando sus ganancias. Los mercados financieros reducidos y poco desarrollados pueden impedir que los inversores salgan mediante la emisión de acciones. Los controles de capital pueden ralentizar la salida o aumentar su coste. Y, cuando el marco jurídico es débil, los inversores pueden verse atrapados en batallas legales para que se reconozcan sus derechos.
Incentivar la inversión privada
Mejorar el clima empresarial es importante, pero no suficiente. Los sectores de desarrollo presentan determinadas características estructurales que hacen que la participación del sector privado sea intrínsecamente complicada, incluso en los entornos más favorables. Por ejemplo, los proyectos de infraestructura suelen requerir grandes costes iniciales, pero sus rendimientos se generan durante largos periodos, lo que puede resultar difícil de evaluar para los inversores privados. El crecimiento del sector privado también depende de redes y cadenas de valor, que quizá todavía no existan en los nuevos mercados.
Cuando estos problemas son agudos, es posible que los gobiernos tengan que ofrecer incentivos adicionales para que los proyectos de infraestructura resulten atractivos para los inversores privados. Estos incentivos, que comprenden diversos tipos de subvenciones y garantías, pueden ser costosos y conllevar riesgos fiscales. Pero la realidad es que muchos proyectos en sectores de desarrollo no se llevarían a cabo sin ellos. En Asia Oriental, el 90 % de los proyectos de infraestructura con participación privada recibe apoyo gubernamental.
Con determinadas características de diseño, los gobiernos pueden maximizar la eficiencia y el impacto de los incentivos públicos, minimizando al mismo tiempo los riesgos. El apoyo debe ser selectivo, temporal y otorgarse sobre la base de disfunciones del mercado comprobadas. También debe ser transparente, dejar suficiente riesgo a las partes privadas y mostrar adicionalidad, es decir, que los incentivos deben hacer posibles proyectos valiosos que de otro modo no se realizarían. Por último, su tamaño debe calibrarse bien para evitar sobrecompensar al sector privado.
Dada la limitada disponibilidad de fondos públicos, los países africanos y los socios para el desarrollo podrían considerar reasignar algunos recursos destinados a la inversión pública hacia la financiación de incentivos públicos para proyectos privados. Cuando esta reasignación sea gradual y esté respaldada por instituciones sólidas, transparencia y buena gobernanza, podría aumentar la cantidad, la variedad y la calidad de los servicios para la población de África. Un pensamiento más innovador puede ayudar a materializar el potencial transformador de la infraestructura en el continente.


