La inminente guerra comercial de Estados Unidos se basa en una interpretación errónea de China y de la economía

A Chinese magazine poster showing U.S. President Donald Trump is displayed at a newsstand in Shanghai
A US-China trade war is looking increasingly likelyImage: REUTERS/Aly Song
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El Gobierno chino se prepara para la incertidumbre bajo la Administración del presidente estadounidense Donald Trump e incluso para la posibilidad de un choque diplomático en el futuro. Como el resto del mundo, China aún no sabe qué faceta de las políticas de Trump —la buena, la mala o la fea— acabará imponiéndose.

Una temida guerra comercial con China sería inevitablemente devastadora para ambas partes. Si China deja de comprar aviones Boeing, 180.000 empleos estadounidenses podrían perderse. Un embargo de la soja podría provocar la pérdida del 10 % de los empleos locales en Misisipi y Misuri. Y la reducción de la demanda de servicios empresariales podría costar cientos de miles de empleos más en todo el país. Una guerra comercial en toda regla incluso podría empujar a Estados Unidos a una recesión al cabo de unos años.

Por peligrosas que puedan resultar las guerras comerciales y el proteccionismo, los debates políticos que las preceden son, irónicamente, desacertados.

Ideas erróneas sobre China

Tomemos, por ejemplo, las acusaciones de que China ha estado infravalorando su moneda. En realidad, llegan en un momento en que el Gobierno intenta desesperadamente evitar un desplome de la divisa.

También coinciden con un momento en que muchos otros gobiernos aplican activamente políticas para gestionar sus tipos de cambio. Y muy pronto, cuando el dólar se aprecie, el presidente estadounidense Donald Trump tendrá que intentar contener su subida.

Las ideas erróneas no acaban ahí.

Uno de los principales puntos de discordia para Trump y su Administración es el llamado déficit comercial bilateral entre Estados Unidos y China, que ascendió a 347.000 millones de dólares en 2016. Pero gran parte de esta indignación se basa en un método contable obsoleto: mediciones de los flujos comerciales que ya no reflejan con precisión los ingresos y empleos realmente vinculados al comercio.

La razón es que hoy el 80 % del comercio se realiza a través de cadenas de suministro. La tecnología y la reducción de los costes comerciales han permitido a los países fragmentar geográficamente sus líneas de producción y fabricar bienes intermedios en distintas partes del mundo. La desagregación de la globalización y las intrincadas redes de producción han complicado los cálculos de los flujos comerciales.

Tomemos el iPhone como ejemplo. De los 100 dólares que vale un iPhone exportado de China a Estados Unidos, solo 4 dólares corresponden al valor añadido en China (la cantidad vinculada a los ingresos y empleos que se generan allí). El resto es valor añadido de productos intermedios procedentes de otros países, como Japón, Corea y Estados Unidos.

Al medirlo con el método más preciso del valor añadido, el déficit comercial entre Estados Unidos y China que tanto enfurece a Trump se reduce al menos un 35 %. Por tanto, el creciente déficit comercial refleja en parte la fragmentación de la producción y el comercio.

Otra idea errónea es que las importaciones chinas a Estados Unidos están socavando a los productores estadounidenses y quitándoles empleos. En realidad, China está sustituyendo en gran medida el papel que antes desempeñaba Japón.

De hecho, si se compara la proporción de las importaciones estadounidenses procedentes de Asia y la cuenca del Pacífico en 2015 con la de 1990, se observa que apenas ha cambiado. Lo que sí cambió fue que China desplazó a otros países asiáticos —en particular, a Japón— y asumió su papel como principal exportador de productos manufacturados. Pronto, Vietnam y Bangladesh tomarán el relevo, y el debate se apaciguará, tal como ocurrió con Japón.

Hablemos de los aspectos positivos

Se suele subestimar —o quizá ignorar deliberadamente— el enorme beneficio que las exportaciones chinas han aportado a las economías avanzadas.

Por ejemplo, las exportaciones chinas han contribuido a reducir los precios mundiales de los productos manufacturados, lo que ha beneficiado desproporcionadamente más a las personas con menos recursos. Permitieron a los hogares de bajos ingresos acceder a juguetes, ropa y muebles a precios asequibles. Así, el «shock chino» ha contribuido a reducir la desigualdad de ingresos reales en las economías avanzadas.

Con esa misma lógica, una guerra comercial con China perjudicaría sobre todo a las personas pobres. Precisamente los trabajadores manuales que apoyaron el ascenso de Trump serían quienes más sufrirían las consecuencias de una guerra comercial con China.

Quizá sorprendentemente, otro ámbito en el que las importaciones chinas han impulsado a Occidente es la innovación. Ante la fuerte competencia de las importaciones chinas, muchas empresas se vieron obligadas a adoptar nuevas tecnologías, encontrar nuevos nichos e innovar. Las que no lo hicieron cerraron.

Hay muchos ejemplos anecdóticos de respuestas creativas de empresas ante la amenaza china. Pensemos en Massai Barefoot Technology, una empresa de calzado que, en vez de competir directamente con la fabricación china de zapatos, decidió crear calzado «corrector de la postura» que imitaba el efecto de «caminar sobre la hierba». La empresa presentó una patente y se convirtió en un caso de éxito de innovación en diseños altamente personalizados.

Antes de que surgiera el «espectro chino», las empresas producían cómodamente los mismos productos de siempre, con pocos incentivos —o necesidad— para innovar. El periodo en que los productos manufacturados chinos inundaron los mercados europeos coincidió con un crecimiento inusualmente rápido de las patentes. Tanto el estímulo directo a la innovación europea como la salida forzada de empresas de baja tecnología y escasa innovación contribuyeron al aumento de la productividad en las economías avanzadas. A las importaciones chinas se debe más del 15 % del aumento de la producción registrado en las economías avanzadas, lo que equivale a una transferencia de 10.000 millones de euros al año.

Por tanto, comerciar con China no son todo malas noticias. Pero eso no significa que no queden cuestiones espinosas por resolver.

De la guerra comercial a la guerra mundial

Sin duda, el espectro chino sigue siendo controvertido. Los casos de infracción de la propiedad intelectual y ciberataques, junto con ejemplos de subsidios gubernamentales para apoyar a empresas estatales, encajan mal con el ethos actual del orden económico mundial.

Pero mantener a China a raya excluyéndola del sistema comercial mundial sería una respuesta equivocada. La actual Administración estadounidense cree en imponer subsidios a la exportación, aplicar aranceles elevados y calificar a China de manipulador de divisas. Sin embargo, este tipo de políticas solo retrasa la reestructuración y la adaptación. Favorece las actividades de presión política en lugar de la inversión en innovación.

La relación bilateral entre Estados Unidos y China es la más importante del ámbito mundial. Y, sin embargo, actualmente tiene un cierto aire a lo que Graham Allison denomina la «trampa de Tucídides», metáfora que utiliza para describir los peligros de la pugna entre una potencia dominante y otra en ascenso. Todos sabemos lo que ocurrió cuando Esparta se enfrentó a Atenas o, más recientemente, cuando Alemania desafió la hegemonía británica. Ninguna de esas situaciones acabó bien.

A lo largo de la historia hemos visto desarrollarse 18 situaciones similares. Doce terminaron en guerra. Para evitar que la historia se repita, tanto el aspirante como la potencia desafiada deben cambiar considerablemente su mentalidad y actitud.

Necesitamos una mentalidad colaborativa

La retórica actual y las tendencias proteccionistas son peligrosas e incluso rozan lo absurdo, porque se basan en premisas falsas y conclusiones prejuiciosas. Puede que tengamos reservas sobre China, pero el espectro que emerge en la escena mundial no es la propia China, sino las historias exageradas que la rodean.

Así que, en lugar de intentar mantener a China a raya —una estrategia catastrófica—, el objetivo debería ser armonizar sus intereses con los del resto del mundo. Para ello hace falta una mentalidad colaborativa: precisamente lo que representa la globalización en su mejor versión.

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