¿La educación basada en la adversidad está perjudicando a los niños de China?

Children wave Chinese national flags as they take part in a celebration marking the upcoming National Day, at a kindergarten in Hangzhou, Zhejiang province, China September 29, 2017. REUTERS/Stringer ATTENTION EDITORS - THIS IMAGE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. CHINA OUT. - RC1CFDF5CE30
Parenting fads like setback education only fuel bitterness between generations, according to Zeng Qifeng.Image: REUTERS/Stringer
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En los últimos años, la «educación basada en la adversidad» se ha convertido en un tema de debate de moda en los círculos educativos de todo el mundo. El término se refiere a la creencia de algunos expertos de que los padres deberían exponer deliberadamente a sus hijos a una serie de supuestos reveses, para ayudarles a afrontar mejor estas situaciones más adelante en la vida. Pese a su popularidad en China, en mi opinión, la educación basada en la adversidad es un enfoque profundamente equivocado para criar a los hijos.

A principios de este año, mientras visitaba la capital de una provincia del oeste de China para dar una charla, mi anfitrión —un amigo mío— me pidió que aconsejara a algunos de sus familiares. Normalmente rechazo este tipo de peticiones, pero acabó convenciéndome y cedí. Así que una noche, tres de sus familiares se presentaron en mi habitación de hotel. El padre, el señor Xiao, rondaba los 50 años. Graduado de una prestigiosa universidad, trabajaba como ingeniero jefe en una gran empresa. La madre, la señora Zhou, daba clases en un instituto local. Su hijo, al que llamaban cariñosamente «Cachorro de Tigre», había repetido curso en uno de los mejores institutos de la zona.

La primera vez que los oí llamar a su hijo Cachorro de Tigre, tuve que contener una risita. Nada en el aspecto ni el temperamento del muchacho hacía pensar en un tigre. Era bajo, algo desgarbado y tenía un aire bastante abatido. Al sentarse, se encogió casi hasta hacerse un ovillo y ni siquiera lograba mirarme a los ojos.

Empecé la conversación pidiendo a cada miembro de la familia que describiera cuál creía que era el problema. La madre habló primero: dijo que Cachorro de Tigre había sido un alumno excelente durante toda la etapa preescolar y primaria, y que con frecuencia quedaba entre los primeros de su clase. Sin embargo, al empezar la secundaria, se volvió cada vez más retraído, hasta que llegó al punto de no salir siquiera a pasar tiempo con sus amigos. Les tenía terror a sus profesores y, en cuanto se topaba con un problema difícil en las tareas escolares, se alteraba y perdía toda confianza.

En aquel momento, el problema más apremiante de Cachorro de Tigre eran los exámenes. Cada vez que se acercaba uno, se ponía nervioso. Temía sacar una mala nota y no comía ni dormía. En el lugar del examen, todo empeoraba. Le temblaban las manos, se le aceleraba el corazón y se quedaba en blanco. De repente, era incapaz de responder preguntas sencillas. La situación empeoraba cada vez que recibía los resultados, que inevitablemente eran bastante malos.

Cachorro de Tigre estaba atrapado en un círculo vicioso que, según su familia, se les estaba yendo de las manos. Con el gaokao —el examen de acceso a la universidad de China— a solo dos años de distancia, no sabían qué hacer.

Además de los deberes que le asignaban sus profesores, los padres de Cachorro de Tigre también le daban lo que llamaban «tentempiés». Consistían en problemas académicos difíciles —por lo general, de matemáticas y física— que iban más allá de lo que estudiaba en la escuela y que, según ellos, debía ser capaz de resolver. Para sus padres, estos problemas garantizaban que nunca se confiara demasiado en su dominio del material del examen. Antes de cada prueba, se aseguraban de criticarlo por su supuesta falta de cuidado en los estudios y de recordarle que siempre perdía puntos innecesariamente en preguntas sencillas.

Le pregunté a Cachorro de Tigre qué sentía al oír lo que acababa de contar su madre. Para mi sorpresa, levantó la cabeza de golpe, furioso, y soltó: «¡Estoy harto!». Fue la primera vez en toda la noche que vi asomar al tigre que llevaba dentro, y me alegré mucho. Si aún tenía suficiente energía para expresar su enfado, la situación no era tan desesperada como parecía al principio.

Mientras tanto, sus padres suspiraron profundamente y me lanzaron una mirada de disculpa, como si temieran que me ofendiera el comportamiento de su hijo. Decidí abordar el problema desde el marco de la educación basada en la adversidad. Empecé preguntándole al señor Xiao si recordaba cuándo había sido la última vez que felicitó a Cachorro de Tigre.

Se quedó pensando un minuto entero antes de responder con vacilación. Hacía unos años. Enseguida trató de explicarse. Tenía dos motivos para no felicitar a su hijo: «Primero, no quiero que se vuelva arrogante ni se dé demasiada importancia. Segundo, en los últimos años, la verdad es que no ha hecho nada que merezca elogios».

Me volví hacia Cachorro de Tigre y le pregunté si recordaba cuándo había sido la última vez que su padre se había relajado lo suficiente como para sonreírle. Respondió de inmediato: «Nunca me ha sonreído. Siempre actúa como si estuviera en un funeral cuando está conmigo».

Volví a dirigirme al señor Xiao y le pregunté si alguna vez había pasado por dificultades o momentos duros en el trabajo. Pareció conmovido, como si yo hubiera comprendido a fondo los desafíos constantes y complejos que afrontaba un hombre en su posición. Asintió con gravedad. Le hice otra pregunta: «Cuando vuelves a casa después de un día largo, ¿cómo quieres que te traten? ¿Quieres que tu esposa te reprenda o se enfade para intentar endurecerte ante los desafíos que encontrarás fuera? ¿O esperas que sea amable y comprensiva contigo? ¿Cuál de esas dos actitudes te serviría más cuando necesitas actuar con firmeza y determinación en el trabajo?».

Aunque aceptó en parte mi argumento, el señor Xiao se quedó callado un rato. Sabía que seguir con esa línea de preguntas podía ponerlo a la defensiva, así que decidí cambiar de enfoque. Con un tono más cálido, le expliqué: «Todos somos personas y, a veces, somos vulnerables y necesitamos afecto. Pasamos aproximadamente 30,000 días en este mundo, y siempre hay reveses a la vuelta de la esquina. Estos desafíos que surgen de forma natural bastan y sobran para darnos la fortaleza que necesitamos; no hace falta crear otros para endurecer a nuestros hijos. Si convierten su hogar en un lugar donde Cachorro de Tigre se sienta cómodo y feliz, tendrá naturalmente el valor de superar las dificultades y seguir adelante, pese a los posibles reveses».

Durante la conversación de 30 minutos que siguió, vi que al señor Xiao se le escapaban varias sonrisas. Eran tenues, pero la diferencia con la expresión que tenía al entrar, cuando buscaba la manera de convertir a su hijo en Superman, era enorme. Aunque no abordé directamente la ansiedad de Cachorro de Tigre ante los exámenes, les dije a los tres que, si los padres cambiaban de actitud, el problema se resolvería con el tiempo.

La primera reacción de Cachorro de Tigre fue decir que, después de nuestra charla, tenía mucho menos miedo a los exámenes. Creo que decía la verdad, porque, en el fondo, no temía a los exámenes en sí, sino que sus padres, a quienes quería más que a nada y que también lo querían, los usaran para presionarlo. Y, en ese sentido, ya no tenía nada que temer.

En la vida no faltan los reveses que surgen de forma natural; no hace falta esforzarse por crear más. Al hacerlo, los padres de niños pequeños pueden causarles daños psicológicos duraderos. La educación basada en la adversidad no solo no ayuda a los niños a aprender a afrontar y superar los problemas, sino que también puede dejarlos incapaces de manejar incluso dificultades menores.

El caso de Cachorro de Tigre demuestra que las modas de crianza como la educación basada en la adversidad solo alimentan el resentimiento entre generaciones, porque no fomentan la confianza ni la seguridad dentro de la familia. Por eso, la educación basada en la adversidad es perjudicial para la crianza de un niño. En cambio, los padres deben procurar apoyar a sus hijos, elogiar sus fortalezas, reconocer sus limitaciones y conformarse con verlos convertirse, no en personas extraordinarias, sino en la mejor versión posible de sí mismos.

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