¿Es el resultado de las elecciones neerlandesas un punto de inflexión para Europa?

Sylvester Eijffinger, Professor of Financial Economics, explores the future of the Netherlands and Europe after the Dutch election.Image: REUTERS/Yves Herman
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La semana pasada, los votantes neerlandeses asestaron un golpe al populismo de extrema derecha en las elecciones generales de su país. El Partido por la Libertad (PVV), euroescéptico y contrario a la inmigración, liderado por Geert Wilders, logró obtener muchos menos escaños de los previstos. El resultado neerlandés es un comienzo prometedor para un año de elecciones decisivas en Europa.

Los Países Bajos estarán ahora gobernados por una coalición moderada de centroderecha integrada por el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), de tendencia liberal-conservadora; la Llamada Demócrata Cristiana (CDA), y Demócratas 66 (D66), de orientación social-liberal. Probablemente completarán la coalición partidos cristianos más pequeños o, con menos probabilidad, los Verdes de izquierda. Es probable que Mark Rutte, líder del VVD, siga siendo primer ministro.

La reafirmación de la moderación política será buena para los Países Bajos y para Europa. Es probable que el nuevo Gobierno neerlandés siga impulsando reformas estructurales importantes, entre ellas una reforma largamente aplazada del complicado sistema tributario del país. La mejor manera de llevarla a cabo podría ser introducir un tipo impositivo único sobre la renta y eliminar el complejo sistema de créditos fiscales, con lo que sería más transparente y eficiente, además de sentar las bases para un crecimiento económico más rápido a largo plazo.

Gracias al amplio superávit presupuestario de los Países Bajos, el nuevo Gobierno también podrá invertir mucho más tanto en infraestructura humana como física, una medida que han defendido los principales partidos de la coalición. Es probable que las autoridades sigan impulsando la agenda digital del país, cuya aplicación los principales ministerios comenzaron a preparar desde su lanzamiento en agosto pasado. El progreso continuo en este ámbito, en el que los Países Bajos ya están a la vanguardia de Europa, impulsará el crecimiento de la productividad total de los factores.

Además, es probable que el nuevo Gobierno adopte una postura crítica, pero constructiva, frente a la Unión Europea y el euro. Esto significa que los Países Bajos probablemente respaldarán e impulsarán soluciones a los grandes desafíos que afronta actualmente la UE, empezando por la crisis de los refugiados. Dado que el acuerdo de la UE con Turquía para frenar el flujo de refugiados hacia el oeste ha demostrado ser frágil, es probable que los neerlandeses busquen una solución más duradera.

Todo esto dista mucho de la agenda promovida por Wilders, centrada en poner fin a la pertenencia de los Países Bajos a la UE y cerrar sus fronteras, especialmente a los musulmanes. El rechazo de esa agenda por parte de los votantes neerlandeses es importante, porque podría indicar que el tipo de retórica populista de derecha que convenció a los británicos para votar a favor de abandonar la UE y a los estadounidenses para elegir a Donald Trump como presidente podría estar perdiendo atractivo.

De ser así, podrían estar disminuyendo las posibilidades de que el Frente Nacional de extrema derecha de Francia, liderado por Marine Le Pen, o la ultraderechista Alternativa para Alemania lleguen al poder en las elecciones de este año. Aunque la UE quizá podría sobrevivir a un Gobierno euroescéptico en los Países Bajos, no sobreviviría a uno en Francia o Alemania.

De hecho, para que la UE avance por una senda más sostenible, necesitará contar plenamente con ambos miembros del eje franco-alemán, siempre esencial para el avance de la integración europea, y con el liderazgo político comprometido que hasta ahora le ha faltado en gran medida. Deben ser los «portadores de esperanza», en palabras de Max Weber, que creen un ancla de estabilidad y cohesión económica, social y política.

En este sentido, las recientes críticas de Trump y de la primera ministra británica Theresa May podrían resultar, en realidad, beneficiosas, pues han contribuido a acercar a Francia y Alemania. Los desafíos económicos aparentemente incesantes a los que se ha enfrentado la UE también podrían inspirar un liderazgo comprometido; al fin y al cabo, históricamente la UE ha dependido de las crisis para impulsar el progreso.

Hoy en día, progresar implica crear nuevos mecanismos para coordinar las políticas fiscales y estructurales de los países con superávit y con déficit. Esto exigiría, ante todo, una coordinación eficaz de las políticas económicas entre Francia y Alemania, un esfuerzo que contribuiría en gran medida a recuperar la confianza y fomentar la integración dentro de un marco de varias velocidades.

El Gobierno neerlandés también tiene un papel importante que desempeñar. Para recuperar la confianza en Europa, será necesario que países con superávit como los Países Bajos, junto con Alemania, acuerden ampliar el gasto en infraestructura, con ayuda del Banco Europeo de Inversiones. Por su parte, países con déficit como Francia e Italia deberían adoptar reformas estructurales en los mercados laboral y de productos, impulsando así el crecimiento económico potencial.

La UE se encuentra en un momento decisivo de su historia. Si los votantes franceses y alemanes siguen el ejemplo de los neerlandeses y eligen líderes capaces de mostrar una visión y un liderazgo políticos reales, las elecciones de este año podrían marcar un antes y un después: el momento en que la Unión por fin comienza a impulsar con decisión la integración y las reformas que tanto necesita.

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