En las últimas décadas, los sistemas políticos de las democracias avanzadas han experimentado cambios trascendentales. El nacionalismo y el populismo han ganado apoyo casi en todas partes, a menudo en detrimento de los partidos tradicionales. En lugar de la clásica división en torno a la redistribución, han surgido nuevas dimensiones de conflicto, relacionadas con la inmigración, la globalización y los derechos civiles (véase la Figura 1).


Algunos de estos fenómenos guardan correlación con los cambios económicos. Las zonas de Estados Unidos más expuestas a la competencia de las importaciones han perdido empleos manufactureros y se han vuelto políticamente más polarizadas y conservadoras (Autor et al. 2017). Asimismo, los choques comerciales o tecnológicos explican las pérdidas de empleo y el auge del populismo y del sentimiento antiinmigración en Europa (Colantone y Stanig 2018a, 2018b; Anelli et al. 2018). Se ha demostrado que el conservadurismo cultural y el apoyo a los partidos populistas guardan una fuerte correlación con la inseguridad económica (Guiso et al. 2017; Gidron y Hall 2017). Sin embargo, los mecanismos que subyacen a estas correlaciones no están claros. ¿Por qué los perdedores del libre comercio se vuelven nacionalistas, rechazan a los inmigrantes y adoptan posturas socialmente conservadoras? ¿Por qué votan por programas políticos que parecen ir en contra de algunos de sus intereses, como las rebajas fiscales o los déficits presupuestarios insostenibles?
En un artículo reciente (Gennaioli y Tabellini 2018), sostenemos que, para responder a estas preguntas, debemos abordar la psicología de la identidad de grupo y su efecto en las creencias de los votantes. La idea de que la identidad de grupo y las creencias condicionadas por el grupo desempeñan un papel clave en el cambio político impregna los escritos de científicos sociales y revolucionarios. Según Marx y Engels, los trabajadores individuales deberían identificarse con el proletariado, considerándose parte de una lucha de clases histórica y no portadores de rasgos culturales o regionales específicos. Para nacionalistas como Mazzini o Herder, los individuos deberían considerarse parte de la cultura o la historia de una comunidad nacional imaginaria, restando importancia a diferencias más localistas. Lipset y Rokkan (1960) describen la evolución de los sistemas de partidos occidentales como un reflejo de identidades cambiantes en torno a grupos destacados, como las clases de renta, los grupos religiosos y laicos, el centro frente a la periferia, etcétera. Los cambios en los grupos de identificación pueden explicar por qué los grandes cambios económicos pueden alterar drásticamente las creencias de los votantes y hacer que estas se distorsionen en direcciones concretas. También ayuda a explicar por qué la sociedad se polariza fuertemente entre grupos, en un conflicto de «nosotros frente a ellos».
Identidades sociales y creencias distorsionadas
La psicología social confirma el vínculo entre identidad y creencias. Según la «perspectiva de la identidad social», la teoría principal sobre los grupos, las personas se identifican habitualmente con grupos sociales de personas similares (Tajfel y Turner 1979; Turner et al. 1987) como forma de estructurar y simplificar el mundo social. Adquirir una identidad social, sin embargo, también implica un elemento de «despersonalización». Cuando una persona se identifica con un grupo social, acentúa las diferencias entre los grupos externos y los internos. Como resultado, estereotipa a los grupos externos, pero, y esto es crucial, también se estereotipa a sí misma, al considerarse más un miembro típico de su grupo que una personalidad única. Esto implica que la identificación con un determinado grupo lleva a los votantes a desplazar sus creencias en la dirección de los estereotipos, lo que aumenta la polarización y el conflicto.
Por poner un ejemplo político, el «cosmopolita» estereotipado es partidario de no imponer controles a la inmigración y de una integración europea plena. Aunque una posición tan extrema es infrecuente, distingue nítidamente al grupo de quienes favorecen una sociedad más abierta del grupo de quienes favorecen una sociedad menos abierta, por ejemplo, el grupo nacionalista. Cuando alguien (por ejemplo, un miembro de las élites europeas con educación superior) se identifica con el grupo cosmopolita, llega a considerarse en contraposición a un nacionalista. Como resultado, percibe a los nacionalistas como más cerrados de lo que en realidad son y, además, desplaza sus propias creencias aún más en la dirección de la posición cosmopolita estereotipada. Por supuesto, lo mismo ocurre cuando alguien con opiniones más cerradas se identifica con los «nacionalistas»: piensa en sí mismo como alguien en contraposición a los cosmopolitas y desplaza sus creencias hacia la posición estereotipada de su grupo. Como consecuencia de este proceso, estos votantes mantienen determinadas posturas no solo por los beneficios materiales que estas conllevan, sino también por la forma en que definen su yo social.
La distorsión de las creencias en función de las líneas de grupo ha sido ampliamente documentada por los politólogos (Flynn et al. 2017). Trabajos recientes muestran que las distorsiones de las creencias están determinadas sistemáticamente por la filiación partidista. Los votantes estadounidenses exageran la movilidad social, pero más si se identifican como de derechas (Alesina et al. 2018a). Los votantes de Estados Unidos y Europa sobrestiman el número de inmigrantes, pero los votantes de derechas mucho más que los de izquierdas (Alesina et al. 2018b). Las creencias sobre el calentamiento global también muestran grandes diferencias partidistas (Kahan 2014). En nuestro planteamiento, las distorsiones en los juicios fácticos y de valor surgen de manera natural a causa de la psicología de grupo.
Para entender las consecuencias políticas de este fenómeno, consideremos la división de la política occidental del siglo XX: el conflicto de clases o económico. Aquí, un votante de clase media baja que se identifica con la clase trabajadora exagera el beneficio que obtiene de las políticas redistributivas porque, al pensar en el mundo, se centra en el rasgo distintivo de su grupo en contraste con el grupo opuesto, es decir, la pobreza o la escasa movilidad ascendente. Lo contrario ocurre con un votante de clase media alta que se identifica con un grupo de capitalistas ricos. Las creencias sobre la movilidad social y las evaluaciones de las políticas se polarizan, y el conflicto redistributivo se intensifica en comparación con un mundo en el que la identidad no importa. El mismo mecanismo explica también por qué se percibe que la polarización es mayor de lo que realmente es, en línea con las pruebas presentadas en Westfall et al. (2015).
Cambio de las identidades sociales
Pero la psicología también explica por qué las identidades sociales predominantes pueden cambiar, de modo que el conflicto económico puede dar paso a nuevas divisiones. De hecho, todos podemos potencialmente identificarnos con muchos grupos sociales, definidos por nuestra nación, nuestro género, nuestra clase social, nuestra ocupación, nuestros rasgos culturales, etcétera. Lo fundamental es que nuestras creencias políticas se configuran según la identidad que sea más relevante en un momento dado, y esto depende de circunstancias externas.
En nuestro artículo exploramos las implicaciones de esta idea. Demostramos que el cambio económico hace que nuevas fuentes de conflicto cobren relevancia, lo que a su vez provoca un cambio en la identificación. Esto genera polarización en nuevas dimensiones, al tiempo que la reduce en otras. Por ejemplo, una tendencia hacia la globalización agrupa los intereses individuales en torno a la exposición a la competencia extranjera o a la inmigración, en comparación con, por ejemplo, la tradicional división entre ricos y pobres. Como resultado, las identidades sociales pasan de un conflicto entre pobres y ricos a un conflicto entre globalistas y nacionalistas. Los votantes pobres o con escasa formación que sufren los costes de la inmigración o la globalización dejan de identificarse con su clase económica y se identifican con el grupo nacionalista. Esto reduce su demanda de redistribución y aumenta su demanda de protección exterior. Estos votantes podrían beneficiarse de una mayor redistribución, pero no la exigen porque ahora se identifican con un grupo más heterogéneo en cuanto a clases de renta. Asimismo, los votantes ricos o con formación que se benefician de la inmigración o la globalización también cambian su identificación hacia el grupo cosmopolita. Su demanda de redistribución aumenta y también lo hace su demanda de apertura. En conjunto, cambian las alianzas sociales, las creencias individuales sobre la redistribución se polarizan menos, mientras que las creencias sobre la protección comercial o la inmigración se polarizan más. El conflicto político en torno a la redistribución se atenúa; el conflicto en torno a la globalización se intensifica.
En otras palabras, a través de los estereotipos y las distorsiones de las creencias, las identidades sociales endógenas amplifican ciertos choques, lo que lleva a respuestas de política no convencionales. Un choque provocado por el comercio, la tecnología o la inmigración puede tener consecuencias políticas mucho más intensas si modifica la dimensión de la identificación social. Fundamentalmente, al inducir a las personas a abandonar la identidad de clase, estos choques pueden reducir la demanda de redistribución a pesar del aumento de la desigualdad de ingresos.
La amplificación se ve reforzada además si los rasgos individuales y las preferencias políticas están correlacionados entre distintas dimensiones de la política. En concreto, existen pruebas de que la demanda de protección comercial y la aversión a los inmigrantes están correlacionadas positivamente entre individuos, mientras que estos rasgos no guardan mucha correlación con las actitudes hacia la redistribución. Esto puede deberse a un efecto de la educación o a un rasgo subyacente de personalidad o cultural que varía entre votantes. En nuestra teoría, este patrón de correlación tiene las siguientes implicaciones. Cuando los votantes se identifican con su clase de renta, el conflicto versa principalmente sobre la redistribución. Las creencias de los votantes sobre la política de inmigración o comercio no polarizan la política porque las clases de renta, que son las identidades políticamente relevantes, abarcan opiniones diversas sobre la globalización. Ahora bien, supongamos que el aumento de la exposición a las importaciones redefine las identidades sociales en una nueva dimensión asociada a la exposición comercial (por ejemplo, la región de residencia o la ocupación). Dado que las opiniones sobre la política comercial están correlacionadas con las opiniones sobre la inmigración y los derechos civiles, esta redefinición de las identidades sociales conduce a distorsiones correlacionadas de las creencias sobre un conjunto de políticas. Esto puede explicar por qué los trabajadores expuestos a la competencia de las importaciones se vuelven contrarios a la inmigración y exigen políticas socialmente conservadoras y, de forma más general, por qué las opiniones sobre distintas cuestiones políticas están ahora más sistemáticamente correlacionadas con las identidades partidistas.
Algunas pruebas
Las pruebas respaldan estas predicciones. En un artículo reciente, Autor et al. (2013) muestran que las zonas de desplazamiento laboral de Estados Unidos más expuestas al aumento de las importaciones procedentes de China se han vuelto políticamente más polarizadas y conservadoras, y tenían más probabilidades de votar por Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales. Esto podría reflejar diversos mecanismos, pero los datos de encuestas nos permiten explorar efectos más concretos de los choques comerciales. Utilizando datos del Cooperative Congressional Election Study entre 2006 y 2016, comprobamos que las personas más expuestas al aumento de las importaciones procedentes de China se muestran más dispuestas a aceptar recortes en el gasto público nacional, sienten más aversión hacia los inmigrantes y consideran más importante la cuestión del aborto. Esto es coherente con la idea de que el choque comercial llevó a los encuestados relativamente pobres a abandonar la identificación de clase y a pasar al nacionalismo, dado que el nacionalismo guarda una correlación positiva con el conservadurismo social. Colantone y Stanig (2018) encuentran pruebas similares sobre los efectos de los choques de importación en Europa.
Francia es otro caso de estudio interesante, porque entre 2012 y 2017 se produjo un cambio claro en las dimensiones de los conflictos políticos. Esto se ilustra de forma muy gráfica en la Figura 2. El eje vertical mide las actitudes hacia la inmigración, la globalización y la integración europea (los valores más altos corresponden a actitudes más abiertas); el eje horizontal, las actitudes hacia la redistribución y el papel del Estado en la protección de los trabajadores y la regulación de la economía (los valores más altos corresponden a actitudes más de derechas). Cada punto corresponde a una persona. Los colores indican cómo se dividieron los encuestados entre dos grupos estimados a partir de las preguntas originales: en 2013, en el panel de la izquierda; en 2017, en el panel de la derecha. El cambio en la dimensión del conflicto político es llamativo. En 2013, los encuestados se dividían entre izquierda y derecha, lo que refleja la dimensión tradicional del conflicto económico en torno al papel del Estado en la economía nacional. En 2017, la división giraba en torno a las actitudes hacia la globalización y la inmigración.


En nuestro artículo demostramos que este cambio en la dimensión relevante del conflicto político se refleja en la forma en que votó la gente y, mediante datos de panel, en cómo cambiaron sus preferencias políticas. Los votantes que, entre 2012 y 2017, abandonaron la identificación izquierda-derecha en favor de una identidad nacionalista frente a globalista moderaron sus opiniones sobre la redistribución y se volvieron más extremos en sus opiniones sobre la globalización y la inmigración.
Comentarios finales
Los choques comerciales y tecnológicos no son la única fuente de tensiones políticas en las democracias modernas. Las opiniones culturales socialmente conservadoras, que en su día fueron mayoritarias, se han ido erosionando por cambios sociales de evolución lenta, como la extensión de la educación universitaria y la transformación de los roles de género. Estos cambios acumulativos crearon líneas de fractura dentro de los grupos políticos tradicionales definidos por la dimensión izquierda-derecha. Los choques comerciales y tecnológicos aumentaron la relevancia de estas líneas de fractura y desencadenaron cambios en las identidades políticas y sociales. Los votantes pobres socialmente conservadores, que tradicionalmente se identificaban con grupos de izquierda pese a su conservadurismo social, se sienten ahora atraídos por el nacionalismo porque este responde tanto a sus preferencias comerciales como a sus opiniones culturales, y viceversa para los votantes con características políticas opuestas. A medida que esto sucede, el conflicto tradicional basado en la renta o la clase pierde fuerza y se ve sustituido por nuevas divisiones políticas en torno a dimensiones correlacionadas. Las creencias políticas reflejan estas nuevas identidades sociales y amplifican el efecto de estos cambios sociales y económicos.
Si esta visión del mundo es correcta, los cambios políticos disruptivos que observamos en muchas democracias no son fenómenos transitorios, sino transformaciones profundas y duraderas de nuestros sistemas políticos. Una cuestión importante a este respecto es el papel de los medios de comunicación. Si la exposición a las redes sociales, como Facebook o Twitter, refuerza el pensamiento estereotipado, es posible que las consecuencias de estas nuevas identificaciones políticas y sociales se vuelvan extremas. Al mismo tiempo, las identidades no están arraigadas biológicamente. Dado que las personas pertenecen simultáneamente a varios grupos distintos, siempre existen identidades menos polarizadoras a su alcance. Como sostiene Sen (2007), las plataformas políticas que recuerdan a las personas estas identidades alternativas pueden reducir la polarización y favorecer el establecimiento de una vida política menos conflictiva.

