El mundo tiene un problema de demanda y lo está afrontando de manera totalmente equivocada. En lugar de dejar que las políticas problemáticas de otros países le perjudiquen, China debe trabajar para generar su propia demanda aprovechando plenamente su capacidad para experimentar con políticas, planificar a largo plazo y tomar decisiones pragmáticas.
En la década transcurrida desde la crisis económica mundial de 2008, las economías avanzadas han recurrido en gran medida a una política monetaria expansiva, con la esperanza de que grandes cantidades de liquidez y unos tipos de interés ultrabajos generaran suficiente demanda para eliminar el exceso de capacidad. Pero esto ha socavado la productividad, fomentado la actividad especulativa, alimentado burbujas de activos y agravado la desigualdad de ingresos y riqueza.
A medida que la ciudadanía de los países desarrollados se ha sentido cada vez más frustrada con esta situación, los políticos —en particular, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump— han intentado apaciguarla con restricciones a la inmigración y medidas comerciales proteccionistas. Pero, aunque esto pueda satisfacer temporalmente a algunos sectores de la población de esos países, a la larga empeorará las cosas al frenar la demanda mundial, agravar los desequilibrios estructurales (incluidos los desequilibrios comerciales) y acabar provocando una recesión para todos.
Todo esto tiene importantes consecuencias para China, que se ha convertido en el principal objetivo de los aranceles de la Administración Trump, en medio de acusaciones de que es responsable del exceso de capacidad de producción mundial. En este contexto, es más urgente que nunca que China reduzca su dependencia de la demanda externa y de los altos niveles de inversión, fomentando un consumo interno sostenible. El éxito dependerá de que China siga utilizando lo que llamamos la «metodología BREEP», según la cual los responsables de la formulación de políticas exploran, investigan, experimentan, evalúan e impulsan lo que funciona, perfeccionando y adaptando continuamente sus herramientas y tácticas.
Desde 2000, el plan a largo plazo de China para aumentar los ingresos, reducir la desigualdad y proteger el medioambiente ha dependido del avance armonioso de la innovación y la urbanización. En concreto, China aspira a crear grupos urbanos ecológicos y eficientes, habitados por trabajadores cada vez más formados, capaces de consumir de manera sostenible.
La teoría económica actual ofrece pocas orientaciones sobre cómo lograr el círculo virtuoso de aumento de los ingresos y la productividad, esencial para que las ciudades sean dinámicas y prósperas. Sin embargo, mediante su metodología BREEP, China ha aprendido que rechazar los enfoques uniformes y fomentar la competencia entre ciudades es una forma valiosa de lograr avances decisivos en las estrategias de desarrollo.
En 2010, el Consejo de Estado de China identificó tres grandes grupos urbanos como plataformas de lanzamiento para una urbanización inteligente: el delta del río Yangtsé (YRD), el delta del río Perla (PRD) y el grupo Beijing-Tianjin-Hebei (BTH). Para 2014, el PRD se había transformado en la Gran Área de la Bahía (GBA), que abarca nueve ciudades alrededor del PRD, en el sur de Guangdong, además de Hong Kong y Macao.
Como señala un reciente informe de HSBC , cada uno de los tres principales grupos urbanos de China tiene un PIB superior al de España; juntos, representarán el 45% del PIB total de China para 2025. De ellos, la GBA es el más pequeño por población, con 70 millones de habitantes, frente a los 120 millones del YRD y los 112 millones del BTH. Sin embargo, la GBA aporta 1,5 billones de dólares al PIB de China —un total del 12%— y representa el 37% de las exportaciones totales del país. Además, el crecimiento del PIB del grupo es significativamente superior al del resto de China.
La GBA alberga una gran concentración de empresas privadas dinámicas, como Tencent, Midea y Huawei. También es el grupo urbano más innovador de China: genera más del 50% de las solicitudes internacionales de patentes del país. Además, según HSBC, la GBA es la menos lastrada por las empresas estatales ineficientes y el exceso de capacidad.
La razón es sencilla: la GBA está mucho más orientada al mercado que sus homólogas, y Hong Kong y Macao están mucho más abiertas al mundo exterior que cualquier otra ciudad china. Ambas ciudades no solo permiten una circulación más libre de bienes, servicios, capital, tecnología, talento y recursos, sino que también cumplen las normas mundiales en materia de regulación, prácticas empresariales, infraestructura blanda e incluso estilos de vida.
Por supuesto, los dirigentes de China no se conforman con dormirse en los laureles de sus exitosos grupos urbanos; al contrario, trabajan para aplicar sus enseñanzas en todo el país. Por ejemplo, a partir de 2013, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma de China estudió a fondo las lecciones de Foshan, una de las ciudades más dinámicas de la GBA, con el fin de planificar el desarrollo ulterior del grupo mediante estrategias mejores e más innovadoras.
La CNDR consultó estudios sobre urbanización inteligente del Banco Mundial, McKinsey y otras entidades, para comprender cómo la agrupación de ciudades podía impulsar el crecimiento económico y la innovación. Para ampliar su investigación, los planificadores de la CNDR trabajaron directamente con funcionarios locales, inversores y expertos extranjeros.
Luego comenzó la fase de experimentación, con la creación de la Zona de Libre Comercio de Shanghái y la Zona Piloto de Libre Comercio de Qianhai-Shekou. Las evaluaciones de esas experiencias dieron lugar al anuncio del año pasado de más zonas de libre comercio (FTZ), así como de la Nueva Área de Xiong’an: un ambicioso plan para transformar —con tecnología de vanguardia— las áridas llanuras de Hebei, cerca de Beijing y Tianjin, en una ciudad modelo dinámica y ecológica.
De hecho, China está creando actualmente 19 «megagrupos urbanos» mediante el fortalecimiento de los vínculos entre ciudades. Según las proyecciones de HSBC, para 2030 esos grupos representarán alrededor del 80% del PIB del país.
China también debería trabajar para acelerar aún más el crecimiento de los grupos urbanos que ya tienen éxito. Dentro de la GBA, Hong Kong, donde se encuentran varias de las 100 mejores universidades del mundo, tiene una clara ventaja comparativa en investigación básica. Mientras tanto, Shenzhen, Dongguan, Foshan y otras ciudades de la GBA cuentan con una gran capacidad para la investigación y el desarrollo innovadores orientados al mercado, así como para la manufactura. Mejorar la conectividad dentro de la GBA impulsará así la innovación en cada segmento de la cadena de suministro, lo que puede dar lugar a productos que se vendan a los 1.400 millones de consumidores de China y se adapten a los mercados mundiales.
La amenaza de una guerra comercial quizá no sea una buena noticia para China, pero no hará caer su economía. El verdadero desafío para China es aprovechar grupos urbanos dinámicos como la GBA no solo para generar crecimiento, sino también para abordar retos estructurales como la desigualdad y el exceso de capacidad de manera financiera y ambientalmente sostenible.

