A estas alturas, todos sabemos que el calentamiento global está hirviendo lentamente nuestro planeta. También entendemos que lo causa una larga lista de actividades humanas, encabezada por nuestra insaciable demanda de energía. Sin embargo, nuestros esfuerzos actuales para contrarrestarlo van a la zaga del aumento de las temperaturas. Las fuentes de energía renovable son solo una parte de la solución. La otra parte es una mayor eficiencia energética. Nuestros hogares, tiendas y fábricas desperdician cantidades enormes de energía, a menudo en forma de calor excedente. ¿Cómo reducimos drásticamente este desperdicio? La respuesta es bastante sencilla: con una red inteligente de agua térmica.
Cuando pensamos en los sistemas energéticos del futuro, por lo general pensamos solo en electricidad. Imaginamos redes eléctricas inteligentes que integran y suministran electricidad para distintos usos, como alimentar los electrodomésticos y los edificios comerciales o cargar vehículos eléctricos. Lo que las redes eléctricas no pueden hacer es reducir drásticamente la cantidad de energía que se desperdicia en origen. Aquí es donde entra en juego la contraparte de la red eléctrica: la red inteligente de agua térmica.
La idea es llevar la calefacción urbana al siguiente nivel. Pensemos en esto: hoy en día, los supermercados producen enormes cantidades de calor excedente para mantener sus congeladores encendidos las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Las fábricas y otros centros industriales también necesitan sistemas permanentes de calefacción o refrigeración. El calor excedente simplemente se libera al aire o al mar. Estamos calentando a nuestras aves y peces, justo cuando lo último que necesitan es un cambio de temperatura. Podríamos conservar ese calor excedente y redirigirlo allí donde se necesita. Los edificios, supermercados y fábricas podrían intercambiar directamente el calor excedente entre sí o distribuirlo a edificios residenciales. Lo único que necesitamos es el sistema de distribución adecuado. La mayoría de los países ya cuentan con toda la energía que necesitan para la calefacción y la refrigeración; simplemente no pueden redistribuirla.

Una red inteligente de agua térmica haría precisamente eso, y mucho más. Al ampliar e integrar la infraestructura existente de calefacción urbana, podríamos aprovechar a gran escala el calor excedente procedente de cualquier fuente derrochadora, como centrales eléctricas, plantas químicas, sistemas de refrigeración de instalaciones comerciales e industriales, entre otras. Y no acaba ahí, porque los estudios han demostrado que, una vez instalada esta red de distribución de agua, resulta barato y eficaz añadirle fuentes de energía renovable. Se pueden incorporar la energía osmótica, la solar y la geotérmica; enormes bombas de calor pueden reciclar la energía de las inundaciones, y también pueden aportar energía los biocombustibles y las plantas de incineración.
En teoría, el camino hacia la eficiencia energética es una apuesta segura para la sostenibilidad. Una mayor eficiencia significa que se necesita menos combustible para generar una cantidad determinada de energía, lo que a su vez se traduce en menores costes para el proveedor y precios más bajos para los clientes. Al mismo tiempo, la red crea nuevos empleos para diseñar, construir y gestionar nuevas infraestructuras energéticas. Por último, pero no menos importante, un menor consumo allanaría el camino hacia una mayor independencia energética y, por tanto, seguridad energética. ¿Quién necesita gas ruso si podemos obtener todo el calor que necesitamos de nuestro propio excedente? ¿Quién necesita petróleo de Oriente Medio cuando podemos integrar fuentes renovables ilimitadas en nuestras redes inteligentes?
A estas alturas, alguien quizá todavía se pregunte por qué necesitamos una red inteligente y qué quiero decir, en primer lugar, con una red «inteligente». El problema de la mayoría de las fuentes renovables es que son intermitentes. El sol no siempre brilla; el viento no siempre sopla. Por eso, si queremos depender de las energías renovables, necesitamos sistemas inteligentes que integren y coordinen distintas fuentes de energía a gran escala, de modo que, cuando una escasee o no esté disponible, las demás puedan compensarla automáticamente.
En Europa, algunas empresas ya están desarrollando partes de esta visión a gran escala, y actualmente está despegando un proyecto singular de sistema energético inteligente en Copenhague. No es casualidad que Europa esté a la cabeza en eficiencia energética, ya que hoy en día el calor que se desperdicia en el continente supera al necesario para calentar todos sus edificios. Una red inteligente de agua térmica paneuropea tendría un enorme impacto en el medioambiente y en la economía del mayor mercado del mundo.

Para adoptar sistemas energéticos limpios y eficientes en todo el mundo, debemos apoyar su desarrollo e implementación desde el ámbito político, mediante decisiones de arriba abajo. A menudo, los mercados de calefacción urbana carecen de normativas que garanticen la transparencia y protejan a los clientes de precios injustos (Londres es un ejemplo claro). Además, pese a tanto discurso sobre el cambio climático y la energía verde, nuestros gobiernos siguen apoyando el consumo de combustibles fósiles. En 2015, las subvenciones totalesmundiales a los combustibles fósiles alcanzaron la increíble cifra de 5,3 billones de dólares; ¡10 millones de dólares por minuto! El alcance de la investigación y el desarrollo en energías renovables que podría lograrse con esos fondos es asombroso.
Para salvar este planeta, los líderes políticos deben actuar de inmediato para garantizar que reutilicemos y generemos de forma sostenible la energía que todos necesitamos. A pesar de todo lo que se habla de redes inteligentes y electrificación, el agua es la opción más rápida y barata. En materia de energía, la red inteligente de agua térmica es la gran idea más eficiente y menos reconocida que tenemos.
Esta publicación forma parte de una serie de blogs sobre cómo Renovar Europa.

