En el año de las elecciones al Parlamento Europeo, el mayor desafío para la Unión Europea no es el euroescepticismo ni el antieuropeísmo, sino el europesimismo.
Puede sonar melodramático, pero apunta a una paradoja fundamental. El Eurobarómetro informó el mes pasado de que dos tercios de los votantes de la UE creen que «la pertenencia a la UE ha sido positiva para mi país», la proporción más alta desde 1983. Sin embargo, pese a este aumento del apoyo, la mayoría de los votantes de la UE cree que el proyecto europeo podría derrumbarse en los próximos 10-20 años. Aún más sorprendente para la UE —la iniciativa de consolidación de la paz más conocida del mundo—, el 28 por ciento de los votantes de la UE considera ahora que una guerra entre Estados miembros de la UE es una posibilidad realista (una proporción que, en muchos países, supera el 50 por ciento entre los votantes jóvenes).
En lugar de una simple división entre europeístas y nacionalistas, se está desarrollando un conflicto mucho más prolongado y profundo, centrado en cómo sienten los europeos el sistema democrático. Y esta batalla tiene tanto que ver con las emociones de las personas como con sus ideologías o sus actitudes ante los hechos.
Para comprender las razones de esto, el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores encargó a YouGov que realizara una encuesta entre más de 60.000 votantes sobre sus sentimientos respecto a sus comunidades, su capacidad de acción y su futuro, así como sobre el mundo que los rodea. Con muestras amplias, la encuesta se llevó a cabo a finales de marzo y principios de abril de 2019 en 14 países: Austria, la República Checa, Dinamarca, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Italia, los Países Bajos, Polonia, Rumanía, Eslovaquia, España y Suecia. El ECFR también organizó grupos de discusión en Francia, Alemania, Italia y Polonia, con representantes de diversos grupos (seleccionados según sus opiniones sobre si los sistemas políticos nacionales y europeos estaban fallidos). Este documento expone los resultados de la encuesta y sus implicaciones para el futuro del proyecto europeo.
Una Europa dividida
Por lo general, se espera que los europeístas crean en el consenso, la razón, la lógica y la cooperación mutuamente beneficiosa. Los hechos establecidos y el conocimiento compartido son fundamentales para su proceso de toma de decisiones. En su mundo, estudiar los datos es en sí mismo un ejercicio de consolidación de la paz, pues su propósito es demostrar que existe una verdad común.[1]
Pero los datos de la reciente encuesta del ECFR muestran que en la Europa actual no existe una verdad común. En primer lugar, hay una marcada diferencia entre la realidad que viven las personas y sus opiniones sobre el futuro del proyecto europeo. La identidad europea sigue siendo muy importante para los votantes de la UE. De hecho, la encuesta del ECFR reveló que, en todos los Estados miembros, solo una minoría de votantes consideraba que esa identidad era menos importante que la identidad nacional.
La encuesta también reveló por qué los ciudadanos de la UE valoran la pertenencia a la Unión: se les pidió que identificaran cuál sería la mayor pérdida si la Unión se desintegrara. La respuesta más habitual se refirió a los beneficios del mercado único: la posibilidad de vivir, trabajar y viajar en otros Estados miembros de la UE y, en menor medida, el euro. La segunda respuesta más habitual aludió a la capacidad de la UE para actuar como actor global en un mundo dominado por potencias del tamaño de continentes, lo que facilita la cooperación en materia de seguridad y defensa. Los encuestados también consideraron que la cooperación multilateral para combatir el cambio climático era una función importante de la UE.
Sin embargo, resulta interesante que sus respuestas se centraran no solo en lo que ofrece la UE, sino también en lo que representa. La tercera respuesta más habitual se refirió al compromiso con los valores europeos: la protección de la democracia y el Estado de derecho.
Y, sin embargo, como se ha señalado, la mayoría de los europeos cree que la UE podría derrumbarse. En todos los Estados miembros, salvo España, la mayoría de los encuestados consideraba probable que la Unión, en su forma actual, se desintegrara en los próximos 10-20 años. En ningún país de la UE la proporción de votantes que sostiene esta opinión es inferior al 40 por ciento.

La UE se fundó tras la Segunda Guerra Mundial para unir a los países europeos con tanta estrechez que los conflictos entre ellos resultaran imposibles. Sin embargo, como se ha señalado, el argumento de la UE como proyecto de paz ha perdido gran parte de su capacidad para generar apoyo a la pertenencia a la UE. Sin duda, contribuyó poco a la campaña a favor de la permanencia antes del referéndum de 2016 en el Reino Unido sobre la salida de la UE. Como mostró la encuesta del ECFR, la paz en Europa se ha vuelto tan normal que la mayoría de las personas simplemente ya no cree que la UE cumpla esa función.

Pero Europa también está cambiando en este aspecto. Sorprendentemente, apenas 30 años después de la caída del Muro de Berlín, proporciones considerables de europeos de todos los Estados miembros creen de nuevo que una guerra entre Estados miembros de la UE es una posibilidad realista.
Esta opinión es más común entre los simpatizantes de partidos de extrema derecha, en particular Agrupación Nacional en Francia, el Partido de la Libertad de Austria, el Partido por la Libertad en los Países Bajos, Jobbik en Hungría y Amanecer Dorado en Grecia. La mayoría de quienes se abstienen de votar o no han decidido si votarán comparte esta opinión. Sin embargo, el pesimismo sobre este asunto también es relativamente alto entre los simpatizantes de partidos tradicionales, con las notables excepciones de La République En Marche! en Francia, el Partido Laborista en los Países Bajos y Los Verdes en Alemania.
Lo más sorprendente es que los votantes jóvenes son más propensos que sus homólogos de mayor edad a creer que existe una posibilidad real de guerra entre Estados miembros de la UE. Las proporciones de personas de entre 18 y 24 años y de la población votante general que sostienen esta opinión son, respectivamente, del 51 por ciento y el 38 por ciento en los Países Bajos, del 46 por ciento y el 35 por ciento en Francia, y del 51 por ciento y el 31 por ciento en Rumanía.

Para quienes creen que una guerra entre Estados miembros de la UE es ahora una posibilidad realista, la Europa contemporánea es una realidad de competencia y conflicto, no de cooperación. No creen que la guerra vaya a estallar mañana, sino que perciben una lógica de combate, competencia y conflicto en la sociedad europea.
Esto cambia la dinámica del choque de discursos que se produce durante una elección. Quienes perciben una amenaza de guerra piensan y, sobre todo, sienten de forma distinta sobre sí mismos, sus objetivos y sus prioridades que quienes no la perciben. En cualquier interacción, aspiran a una victoria total en lugar de una solución cooperativa.
En este mundo de sentimientos, los hechos y el conocimiento importan menos que la emoción, la movilización y el compromiso. Como han demostrado las recientes elecciones europeas y el referéndum del Brexit, los llamamientos políticos basados en experiencias compartidas —sobre todo las de pérdida, exclusión y rechazo— son especialmente eficaces para unir y movilizar a grupos de personas. En un entorno en el que las iniciativas y reacciones rápidas priman sobre la evaluación de alternativas, que lleva tiempo, y las respuestas cuidadosas y prudentes, el debate puede dar paso a la retórica y los hechos, a la pasión.
En este contexto, los datos de la encuesta del ECFR se entienden mejor como «inteligencia de mercado»: son volátiles, responden con gran sensibilidad a los acontecimientos recientes y solo resultan útiles durante un tiempo limitado. Es mejor «sentirlos», como se siente la temperatura, que «evaluarlos» como un informe.
La encuesta del ECFR se diseñó para conocer los sentimientos de los europeos sobre sus vidas. Como muestra el gráfico siguiente, muchos sienten ahora temor y estrés. Sin embargo, hay países en los que predomina el optimismo.

Una comparación de los sentimientos de los encuestados en Alemania y Francia —los Estados miembros más grandes y poderosos de la UE— muestra hasta qué punto las emociones de las personas no pueden entenderse como una simple respuesta a los hechos.
Los franceses tienen más del doble de probabilidades que los alemanes de describirse como asustados; a la inversa, los alemanes tienen más del doble de probabilidades que los franceses de describirse como relajados. Esto se refleja en otras diferencias significativas: los alemanes son mucho más propensos que los franceses a describirse como «optimistas», y los franceses, mucho más que los alemanes, a describirse como «pesimistas».
En España e Italia —países del sur de Europa que sufrieron los efectos de la crisis de la eurozona durante la última década y, más recientemente, han experimentado un aumento de las llegadas de migrantes—, dos de las tres principales formas en que los encuestados se describieron fueron «estresados» y «optimistas». Pero la otra descripción entre las tres principales difería radicalmente: «felices» en España y «pesimistas» en Italia. Los españoles tenían más del doble de probabilidades que los italianos de describirse como felices, mientras que los italianos tenían más del doble de probabilidades que los españoles de describirse como enfadados.
Polonia y Hungría también muestran cómo las respuestas emocionales pueden diferir entre Estados miembros pese a las experiencias comunes. Ambos son países poderosos de Europa central y oriental que ejercen una gran influencia en la UE, tanto por separado como en el marco del Grupo de Visegrado (que también incluye a la República Checa y Eslovaquia). El optimismo es alto en ambos países, pero los polacos son mucho más propensos que los húngaros a sentir miedo, mientras que los húngaros son mucho más propensos que los polacos a sentir estrés.

Por supuesto, las perspectivas nacionales distan mucho de ser lo único que importa. En toda Europa, las votantes están más estresadas y, a menudo, son menos optimistas o relajadas que sus homólogos masculinos. Y, contra lo que indican los estereotipos, los jóvenes europeos tienen relativamente poca esperanza. Sorprendentemente, los datos del ECFR sugieren que el estrés disminuye con la edad: el 36 por ciento de las personas de entre 18 y 24 años se describen como estresadas, frente a solo el 17 por ciento de las personas de 55 años o más. En los 14 países incluidos en la encuesta, las personas de entre 18 y 24 años eran las más propensas a señalar la seguridad como su mayor preocupación de cara al futuro. En muchos países, las personas de este grupo tenían más probabilidades que el votante medio de considerar una guerra entre Estados de la UE en los próximos diez años como una posibilidad realista: el 51 por ciento frente al 38 por ciento en los Países Bajos; el 46 por ciento frente al 35 por ciento en Francia; y el 51 por ciento frente al 31 por ciento en Rumanía.
Sin embargo, aunque los jóvenes están más estresados, también son más felices. Esto puede indicar que el estrés se ha normalizado en la vida de los europeos modernos. De hecho, el 33 por ciento de las personas de entre 18 y 24 años se describieron como felices, frente a solo el 21 por ciento de las personas de 55 años o más. Esta relación entre la felicidad y la edad es especialmente marcada en Austria, Alemania, los Países Bajos, Rumanía y Eslovaquia.
Al parecer, los jóvenes europeos no creen que el sistema político pueda resolver los problemas que les causan estrés. En todos los Estados miembros, el porcentaje de jóvenes que tiene previsto votar es inferior al de la población en su conjunto; en muchos casos, considerablemente inferior.

Un grupo emocional interesante y complejo lo forman los votantes disonantes, que se describen como estresados y optimistas a la vez. Representan el 18 por ciento del conjunto de los europeos (calculado a partir de su presencia en los cinco Estados miembros más grandes) y hasta el 26 por ciento del electorado alemán. Los votantes disonantes parecen caracterizar el estado emocional de los europeos: ven la situación actual como un desafío, pero mantienen la esperanza en el futuro.
La pregunta clave, entonces, es qué indican las opiniones de los europeos sobre su estado emocional acerca de su participación en el sistema político.
Europeos de la guerra, europeos de la paz
Actualmente hay dos Europas emocionales: una Europa optimista de paz y otra más pesimista de guerra. Aunque representan dos realidades distintas para los ciudadanos de la UE, no se diferencian geográficamente. El sentimiento de pertenencia de las personas a una u otra parte de Europa no es resultado de indicadores demográficos o sociales predecibles y racionales, sino de cómo se sienten y de cómo creen que funciona el mundo. Y hay una diferencia profunda entre sentir que Europa está «en paz» o «en guerra».
Alrededor de la mitad de los votantes de la UE —187 millones de personas— sigue viviendo dentro del proyecto de paz europeo. Estos «pacifistas», que creen en el poder de los hechos y la cooperación, votan por partidos europeístas. La otra mitad vive en una Europa en guerra. No se trata de una guerra en el sentido tradicional, con dos ejércitos enfrentados en el campo de batalla, sino de una forma moderna de conflicto en la que la línea entre combatientes y civiles se difumina, y la batalla principal se libra por los corazones y las mentes más que por el territorio. Para esta mitad de la población, las dinámicas de consolidación de la paz y reconciliación que caracterizaron a la UE en sus primeros años han sido sustituidas por un conflicto continuo.
Las personas que viven en una Europa en guerra se dividen en dos grupos distintos. Algunas se sienten cómodas con la situación: 48 millones de «guerreros felices» que votan por partidos antieuropeístas. Pero también hay 33 millones de «guerreros reticentes», que siguen vinculados al sistema político europeo y votan por partidos europeístas porque creen que deben impulsar una agenda progresista dentro de una dinámica de conflicto continuo.[2]
Aunque es importante que movilicen tanto a los pacifistas como a los guerreros reticentes para formar una mayoría europeísta, los partidos tradicionales deben comunicarse con estos grupos de maneras distintas. Los guerreros reticentes consideran irrelevante y desconectado de la realidad un relato racional, basado en políticas públicas, sobre los valores europeos compartidos y un futuro común. Asimismo, el mensaje urgente y apasionado de crisis que, según creen, hace falta para afrontar los desafíos actuales —desde el nacionalismo hasta el cambio climático— les parecerá exaltado, vacío y pasajero a los pacifistas. Por tanto, si los partidos tradicionales apelan solo a los pacifistas, los guerreros reticentes podrían decidir que tienen más en común con los guerreros felices o que estos los respetan más.
Las emociones de Europa
Vivan en una Europa en guerra o en una Europa en paz, los ciudadanos de la UE afrontan un futuro incierto. En Lo que realmente quieren los europeos: cinco mitos desmentidos, el ECFR mostró que dos tercios de los votantes creen que la vida de sus hijos será peor que la suya. Esta inquietud sobre el futuro se manifiesta en varios ámbitos.
En primer lugar, tiene una importante dimensión económica. En todos los países encuestados por el ECFR, poder permitirse las comodidades de la vida fue uno de los dos factores principales que, según los encuestados, garantizarían un buen futuro para ellos y sus familias. Esta percepción fue especialmente evidente en Austria, Francia, Grecia, Hungría y Polonia. Dinamarca fue el único país en el que la mayoría de las personas afirmó que a veces les sobra dinero al final del mes para darse un gusto con sus familias. En toda la UE, solo una minoría de los votantes cree que los jóvenes tienen más oportunidades económicas que las generaciones de sus padres.

Pero lo que más contribuye a su inseguridad es que muchas personas sienten que les va peor que a los habitantes de otros Estados miembros de la UE. Esto demuestra que, al cambiar el marco de referencia de los ciudadanos de la UE y ofrecerles aspiraciones de alcance continental, la UE corre el riesgo de convertirse, sin proponérselo, en una fábrica de inseguridad y envidia. Es un fenómeno similar al que se observa en las redes sociales: los usuarios de Facebook suelen compararse con la imagen idealizada de sus amistades más exitosas, en lugar de reflexionar sobre cómo mejora su propia vida. Del mismo modo, muchos ciudadanos europeos se comparan ahora con las personas más ricas y felices de otros países europeos, en vez de hacerlo con sus padres, sus vecinos o incluso con quienes eran antes.

En segundo lugar, la inquietud sobre el futuro tiene una dimensión geopolítica. A los europeos les preocupa la volatilidad del entorno internacional, en especial la incertidumbre sobre las relaciones de la UE con Estados Unidos, China y Rusia. Pocos europeos creen que sus intereses económicos frente a China estén bien protegidos. Al preguntarles por el futuro, muchos encuestados parecían muy preocupados por la seguridad.
Por último, la preocupación de los europeos por el futuro nace de la conciencia de la amenaza que el nacionalismo representa para la UE. Por ejemplo, los encuestados de Austria, Alemania y Grecia —países que desde 2015 han recibido una cantidad de migrantes por habitante relativamente elevada— percibían, en general, el nacionalismo como una amenaza mayor que la inmigración.
La manera en que los europeos sienten que transcurren sus vidas también influye en los asuntos a largo plazo que les importan. En todos los países de la UE salvo Francia, Grecia, Polonia y Rumanía, los encuestados consideraron que sentirse seguros era el factor más importante para garantizar un buen futuro para ellos y sus familias.
En la mayoría de los países, los encuestados también tendían a considerar el acceso al aire limpio una preocupación importante de cara al futuro y, por lo general, lo veían como más importante que sentirse valorados o que se respeten sus valores. Por último, los encuestados —en particular los de la República Checa, Grecia, Polonia, Rumanía y Suecia— afirmaron que valoraban mucho la justicia.

Una gramática del conflicto, una lógica de paz
La batalla por Europa gira en torno a quién se apropia del relato sobre el futuro: qué historia prevalecerá, qué papel desempeñará el sistema político en ella y cuáles serán las reglas de participación. En este contexto, las próximas elecciones al Parlamento Europeo serán decisivas.
Los partidos europeístas saben bien cómo movilizar a los pacifistas. Sin embargo, en estas elecciones deben conectar con otros grupos de votantes demostrando que comprenden y respetan los sentimientos de las personas a las que intentan llegar. Los partidos deben acercarse a los guerreros reticentes y convencer a este grupo de que no son demasiado ingenuos ni débiles para afrontar los desafíos de un mundo peligroso. Deben transmitir urgencia, combatividad, solidaridad y convicción, y presentar mensajes progresistas en términos emocionales. En otras palabras, si quieren impulsar la lógica de la paz, tendrán que demostrar que saben emplear la gramática de la guerra.
Conectar es más importante que convencer.
Desmentir mitos y exponer hechos no cambiará las creencias de las personas. Como ha sostenido el dibujante Scott Adams acerca de las divisiones actuales en Estados Unidos (por ejemplo, sobre si el informe Mueller exonera al presidente Donald Trump), ahora hay «dos películas proyectándose en una sola pantalla». No se convencerá a los guerreros reticentes del valor de un voto —ni, en efecto, de votar por un partido europeísta— con nuevas pruebas ni con argumentos razonados basados en datos. Lo que importa es la resonancia emocional, una cualidad muy valorada en tiempos de conflicto. Si los partidos europeístas intentan desestimar la lógica de la guerra, corren el riesgo de alejar a votantes que creen en las políticas progresistas, pero están desilusionados con líderes y partidos actuales que no han comprendido las dinámicas del conflicto en la UE.
Para inspirarse sobre cómo llegar a estos votantes, los europeístas deben mirar más allá del sistema de partidos. Por ejemplo, tanto el movimiento ecologista Extinction Rebellion como los chalecos amarillos en Francia han recurrido a la lógica del conflicto para comunicar una visión distinta del futuro. En los grupos de discusión que el ECFR organizó en Francia, Alemania, Italia y Polonia, las imágenes de los chalecos amarillos y de Extinction Rebellion despertaron un entusiasmo palpable. Los participantes respetaban a los movimientos y a quienes se implicaban en ellos.
En cambio, el ambiente se apagó cuando se mostró a los participantes imágenes de debates en el Parlamento Europeo, que consideraban largos, tediosos e improductivos. Extinction Rebellion lleva a cabo acciones directas para atraer la atención, antes de presentar su manifiesto y expresar su disposición a dialogar con los políticos. De este modo, el movimiento intenta conectar el sistema político tradicional con el mundo antisistema.
En el entorno político actual, contar historias es fundamental para persuadir a los votantes de que participen en el proceso democrático y para construir un futuro más seguro, justo y cómodo. Y contar historias de forma eficaz siempre requiere implicación emocional.
El presidente francés Emmanuel Macron es uno de los pocos líderes en el centro de la política europea que han defendido una Europa reformada y más decidida, que proteja a sus ciudadanos. Sin embargo, en este delicado momento, su proyecto de reforma ha recibido una respuesta tibia de sus homólogos en otras capitales, especialmente en Berlín, que han demostrado ser incapaces de pensar más allá de los límites de la política tradicional de partidos. Los partidos verdes de toda la UE también han intentado defender el internacionalismo. Pero, aunque —como muestra la encuesta del ECFR— los votantes se interesan cada vez más por las cuestiones medioambientales, estos partidos no han logrado crear suficiente dramatismo y urgencia en torno a su agenda para aumentar significativamente su apoyo. Quizá estén atrapados en las dinámicas de debate propias de tiempos de paz y en la necesidad de aportar datos como prueba. En cambio, la activista medioambiental Greta Thunberg y sus seguidores parten de la premisa de que el debate ha terminado y los hechos están a la vista de todos; para ellos, la cuestión de fondo es la unidad, el compromiso, la acción y la movilización.
¿Qué se siente?
Los partidos europeístas necesitan ahora un relato inclusivo y convincente sobre el futuro, basado en una comprensión más emocional de los votantes. Solo así podrán reconectar a los europeos desencantados con el sistema político y con una visión atractiva del futuro. El relato debe ir más allá de apelar a políticas públicas y exigir que se haga lo correcto. Debe reconocer activamente el estrés que sienten los votantes, hablar de sus temores y luego apoyarse en su resiliente optimismo. La campaña para las elecciones al Parlamento Europeo ofrece muy poco tiempo para que el relato se desarrolle por completo, pero quizá no haya un momento mejor para empezar a contarlo.

