¿Qué le espera a Italia y a la UE?

Five Stars Movement (M5S) leader Luigi Di Maio applauses the new Chamber of Deputies president Roberto Fico during the second session day since the March 4 national election in Rome, Italy March 24, 2018. REUTERS/Tony Gentile
Italy's populist movement has gained traction in recent years following the migrant crisis.Image: REUTERS/Tony Gentile
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El nuevo ministro de Economía y Finanzas de Italia, Giovanni Tria, ha tratado de tranquilizar a los mercados financieros en el sentido de que el nuevo gobierno de coalición entre el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga no abandonará el euro ni disparará el déficit presupuestario en contravención de las normas fiscales de la UE. Pero Europa no está fuera de peligro. El gobierno populista y euroescéptico de Italia ha agravado aún más los riesgos a medio plazo que plantean el sector bancario del país, su deuda pública, sus políticas laborales y migratorias, y su modelo de crecimiento.

Este noviembre se cumplirá el 25.º aniversario del Tratado de Maastricht, que transformó la Comunidad Económica Europea en la Unión Europea; y el año próximo se cumplirá el 20.º aniversario del lanzamiento del euro. Cada una de estas instituciones no solo ha sobrevivido, sino que se ha ampliado, pese a desafíos como la crisis de la deuda soberana de Grecia y la decisión del Reino Unido de abandonar la UE. Pero, aunque la eurozona ha capeado estas tormentas, una serie de problemas sin resolver sigue lastrándola.

En los últimos años, el creciente sentimiento nacionalista y antiinmigración ha dado lugar a partidos populistas dispuestos a desafiar las normas de la UE y a desobedecer a los burócratas de Bruselas. Y desde la crisis financiera de 2008, muchos bancos europeos se encuentran en una posición inestable, y los niveles de deuda soberana, corporativa y de los hogares en varios países europeos siguen siendo elevados. Aunque el desempleo ha disminuido en cierta medida, todavía es el doble que la tasa de Estados Unidos. Y tras un reciente repunte, la tasa de crecimiento económico general de Europa ha vuelto a caer.

Además, la población europea envejece, pero los intentos de reducir las transferencias desorbitadas, los impuestos elevados y las regulaciones inflexibles solo han tenido un éxito limitado. Un ejemplo perfecto son las propuestas de reforma de las pensiones, los impuestos y el mercado laboral del presidente francés, Emmanuel Macron, que han provocado protestas en cada etapa.

En conjunto, Europa lleva mucho tiempo sufriendo un crecimiento tibio, un exceso de deuda soberana –que se volverá más onerosa cuando los tipos de interés finalmente suban– y bancos débiles e ineficientes. Y, de cara al futuro, nuevos problemas en el sector bancario podrían resultar especialmente difíciles, dado que bastante más de la mitad de todo el crédito concedido en la UE procede de los bancos, una proporción que alcanza el 70 % en Alemania e Italia. En comparación, solo el 35 % del crédito concedido en Estados Unidos procede de los bancos.

Además, las dificultades económicas persistentes y la débil competitividad de varios países de la eurozona reflejan su falta de una moneda que puedan devaluar. La pérdida de soberanía monetaria, junto con las tensiones demográficas y la crisis de migrantes y refugiados, ayuda a explicar por qué tantos votantes se han volcado en partidos populistas y nacionalistas. En Italia, el Reino Unido y otros Estados miembros clave, crece la hostilidad hacia las normas fiscales comunes y hacia principios básicos de la UE, como la libre circulación de personas.

Los problemas de Europa tienden a reforzarse mutuamente. El crecimiento anémico dificulta la resolución de los préstamos morosos de los bancos, lo que a su vez frena aún más el crecimiento y alimenta el descontento público. Aunque el nuevo gobierno italiano ha descartado un enfrentamiento por el euro a corto plazo, tendrá que hacer frente a estas cuestiones económicas. Tria afirma que el aumento del gasto y los recortes fiscales no están en los planes; pero esa es precisamente la combinación de políticas que los partidos de la coalición acordaron cuando formaron el gobierno.

En las democracias, los votantes suelen apoyar el aumento del gasto y los recortes de impuestos, sin importar su efecto en la deuda del país. Pero la deuda pública de Italia, equivalente al 130 % del PIB, ya es la más alta de Europa. Si las autoridades acaban incumpliendo las normas presupuestarias de la UE, otros gobiernos de Estados miembros podrían sentirse animados a hacer lo mismo, sobre todo si existe presión política interna para ello. Gracias a los tipos de interés ultrabajos, Italia ha logrado mantener su déficit por debajo del 3 % del PIB, de conformidad con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE. Pero cuando los costes de financiación empiecen finalmente a subir, la luna de miel de Italia con la deuda llegará a su fin.

Image: Eurostat

Para empeorar las cosas, una gran parte de la deuda soberana de Italia está en manos de sus propios bancos inestables. Los italianos llevan mucho tiempo opuestos a la directiva «bail-in» de la UE –que exige que los acreedores asuman pérdidas en caso de quiebra bancaria–, porque la propiedad de los bancos italianos, que surgieron de las ciudades-Estado históricas del país, está muy localizada. Así, la quiebra de un banco italiano dañaría gravemente la economía de la región circundante, mientras que los efectos de la quiebra de un banco estadounidense serían mucho más dispersos.

Otro ámbito que hay que vigilar es la inmigración. Desde 2011, 750 000 migrantes han llegado a Italia desde el otro lado del Mediterráneo. Y ahora Matteo Salvini, líder del partido de la Liga y ministro del Interior, exige que otros países de la UE –en particular Francia– acepten más solicitantes de asilo. Tras rechazar recientemente un barco de rescate que transportaba a unos 600 migrantes, Salvini escribió en Facebook: «Rescatar vidas es un deber; convertir Italia en un enorme campo de refugiados no lo es».

El creciente rechazo de la ciudadanía italiana a la inmigración forma parte de una tendencia más amplia en toda la UE, desde Hungría y Polonia hasta el Reino Unido. Justo antes del referéndum del Brexit de 2016, el entonces primer ministro británico, David Cameron, hizo un llamamiento de última hora a la canciller alemana, Angela Merkel, suplicándole que aceptara un límite a la circulación de personas hacia el Reino Unido. Merkel se negó, y el referéndum del Brexit se aprobó por un estrecho margen.

La ironía es que Merkel se enfrenta ahora al mismo rechazo antiinmigración al que se enfrentó Cameron en 2016. La inmigración tiende a ser beneficiosa para una economía a largo plazo, sobre todo si la proporción de jubilados respecto a trabajadores aumenta. Pero cuando el nivel de inmigración supera la capacidad de un país para absorber nuevos trabajadores, pueden producirse graves costes económicos y sociales, al menos a corto plazo.

En toda la UE, crecen las tensiones entre las concepciones de autonomía local, soberanía nacional y autoridad supranacional. Si la recuperación cíclica de Europa no se traduce en un crecimiento sostenido a largo plazo, la triple amenaza que suponen los bancos, la deuda y el rechazo a la inmigración de Italia, junto con su malestar económico, pondrá a prueba la resiliencia de la moneda única y de la integración europea en general. Mucho dependerá no solo del nuevo gobierno italiano, sino también del destino de la agenda de reformas de Macron.

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