La Unión Europea nació de un sentido de propósito compartido: la paz en Europa, la libertad para viajar y trabajar, una democracia floreciente y el respeto por el carácter sagrado de los derechos humanos. Hoy vemos cómo se desmorona ese sentido de propósito fundacional.
El Brexit es el indicador más evidente y no puede descartarse como una mera anomalía. La confianza en las instituciones de la UE se ha erosionado en toda Europa. En este momento, la UE parece encontrarse en un punto de inflexión, con exactamente el mismo porcentaje de confianza y desconfianza.
Una encuesta de 2017 realizada por Chatham House, que abarcó 10 países de la UE, reveló fracturas subyacentes en forma de opiniones muy contrastadas entre 10.000 personas del público general y una muestra de más de 1.800 integrantes de la «élite» europea: personas influyentes de la política, los medios de comunicación, las empresas y la sociedad civil.
«Es más probable que la élite experimente los beneficios de la integración de la UE y tenga posturas más liberales y optimistas», informa Chatham House. «Mientras tanto, entre el público hay un descontento latente. Amplios sectores ven la UE de forma negativa, quieren que devuelva algunas competencias a los Estados miembros y sienten inquietud por los efectos de la inmigración. Solo el 34% del público considera que se ha beneficiado de la UE, frente al 71% de la élite».
Las victorias populistas en las urnas aportan más pruebas de que el consenso posterior a la Guerra Fría a favor del liberalismo y la globalización ha dado paso a la división ideológica. La incertidumbre política en Alemania revela la creciente turbulencia incluso dentro de los gobiernos más firmemente europeístas de la UE.
¿Está destinada a fragmentarse hasta quedar reducida a la insignificancia la Unión Europea, que nació con tantas promesas?
La pregunta merece atención, y no solo en Europa. Si Europa vuelve a dividirse, su lugar en la escena mundial se verá muy mermado, con consecuencias impredecibles para el orden internacional.
Aunque la fragmentación del espíritu y la estructura de la UE constituye un peligro claro y creciente tanto a nivel interestatal como nacional, las élites de la UE han hecho poco por cerrar las brechas cada vez mayores. Los movimientos de extrema derecha resurgieron en Europa hace ya dos décadas. Sin embargo, en lugar de verlos como un imperativo para renovar (o replantear) el paradigma de la UE, las élites y las instituciones europeas han creado una complejidad rígida que alimenta la frustración y la aversión a la unión, mientras hacen poco por afianzar el menguante sentido de propósito compartido de Europa.
Un propósito compartido o común es el «líder invisible» que, en palabras de la célebre pionera de la gestión Mary Parker Follett, guía tanto a las élites como a quienes esperan influir. Pensemos en una orquesta sinfónica que toca sin director, guiada únicamente por su propósito principal: hacer música hermosa, en sus propios términos. Aunque las decisiones iniciales sobre la forma y el carácter de la música, así como sobre la «voz» de la orquesta, las toman unos pocos músicos clave,todos los músicos participan activa y continuamente en el perfeccionamiento de la pieza. Este mismo enfoque hace falta para guiar a Europa, que no desea seguir a un solo líder, hacia una idea fundamental: para recuperar su grandeza, toda Europa necesita compartir un «propósito superior».
Restablecer el propósito compartido de Europa no será fácil ni sencillo. La UE abarca culturas y perspectivas diversas, así como innumerables matices de interés propio. Para fomentar la cohesión, los líderes de la UE deben aspirar a lo que la filosofía de Aristóteles denominóel justo medio: el punto medio deseable entre los extremos del exceso y la deficiencia. (Un exceso de valentía, por ejemplo, puede conducir a la temeridad, mientras que su carencia da lugar a la cobardía). Al orientar de forma explícita las diversas mentalidades de Europa hacia el justo medio en las políticas públicas —es decir, hacia lo que es correcto y mejor en el sentido más elevado—, los líderes de la UE pueden contrarrestar la actual deriva continental hacia el interés propio estrecho.
Uno de los mayores beneficios del propósito compartido es la plasticidad: la capacidad de adaptarse en colaboración y reconfigurarse rápidamente ante nuevos desafíos. Cuando la Unión Europea se constituyó oficialmente como tal a finales de 1993, nadie podía prever los acontecimientos que han debilitado sus cimientos, del mismo modo que hoy nadie puede decir exactamente qué nuevos desafíos se avecinan.
Por eso, cultivar la plasticidad, y no la rigidez, es tan vital para el futuro de Europa. La plasticidad es lo que permite a las comunidades prosperar con el tiempo en el mundo real, donde las condiciones cambian constantemente y nuestras acciones producen consecuencias tanto imprevistas como previstas.
Los líderes de la UE deben cultivar activamente la plasticidad. Un buen punto de partida es reconocer que ni siquiera las estrategias y políticas más sofisticadas y sólidas pueden preparar a Europa para responder con agilidad y cohesión a desafíos nuevos e inesperados.

