Tanto si se está a favor de una Europa más integrada como de una menos integrada, hay algo claro: la ciudadanía quiere cambios. Los debates sobre el camino que se debe seguir se han polarizado mucho entre quienes defienden, por un lado, el orden liberal basado en valores y quienes, por otro, representan el populismo nacionalista emergente. De hecho, Viktor Orbán, de Hungría, y Emmanuel Macron, de Francia, coinciden en que «ya es hora de hablar en serio sobre el futuro de Europa», pero sus respectivas visiones de ese futuro no podrían ser más distintas.
Mientras los europeos se preparan para acudir a las urnas en las elecciones parlamentarias de finales de este mes, deben decidir cuál de las numerosas ideas, propuestas y programas nuevos presentados puede responder mejor a los desafíos de la Unión Europea y aprovechar el potencial de las fortalezas de la región. Antes de las elecciones —en las que ahora debe participar el Reino Unido debido a la última prórroga del Brexit—, en las que todos los europeos pueden ejercer su derecho a decidir el futuro de la región, es importante examinar el panorama de las iniciativas de reforma propuestas, que giran en torno a cinco temas principales, y considerar lo que está en juego y quiénes son las partes interesadas.
1. Corregir de una vez por todas el déficit democrático
Los euroescépticos llevan mucho tiempo señalando el «déficit democrático» de la UE como un defecto en el diseño de la gobernanza regional, pese a que la mayoría de los dirigentes de las instituciones de la UE son elegidos democráticamente, aunque con distintos grados de representatividad. Sin embargo, la estructura actual de la democracia representativa garantiza pocos mecanismos de rendición de cuentas una vez que los funcionarios asumen sus cargos, lo que agrava el resentimiento de los europeos descontentos con la globalización. Además, como han revelado investigaciones recientes a ambos lados del Atlántico, los intereses extranjeros han influido cada vez más en el proceso democrático, especialmente a través de las redes sociales. Las propuestas de reforma política en la UE se han centrado en salvaguardar la libertad esencial de la democracia por tres vías: primero, garantizando que los funcionarios rindan cuentas ante la ciudadanía; segundo, prohibiendo la financiación extranjera de cualquier campaña europea; y tercero, como expuso Emmanuel Macron ensu Plan para un «Renacimiento europeo»para crear una Agencia Europea para la Protección de las Democracias que «proporcione a cada Estado miembro de la UE expertos europeos que protejan sus procesos electorales contra los ciberataques y la manipulación»
Quizá los movimientos políticos más importantes sean los que favorecen la creación de grupos transnacionales de partidos en el Parlamento Europeo, organizados por intereses y no por origen nacional. Aunque estos esfuerzos llevan mucho tiempo formando parte del debate sobre la reforma de la UE, la posible apertura de 73 escaños parlamentarios tras la salida del Reino Unido de la Unión y la reorganización de la composición demográfica del Parlamento han intensificado el apoyo a una reforma estructural tanto en la derecha como en la izquierda. Quizá el mejor ejemplo de ello sea el«Movimiento por una Europa de las Naciones y de las Libertades», creado por la nueva alianza de Marine Le Pen, de Francia, Matteo Salvini, de Italia, y líderes populistas emergentes de la derecha, que respalda un «nuevo marco de cooperación» articulado en torno a una «Alianza Europea de Naciones». Los partidos de izquierda han respondido a esta iniciativa apoyando coaliciones de intereses con agendas proeuropeas e incluso han presentado una lista conjunta de candidatos a la presidencia de la Comisión para el proceso de Spitzenkandidat. «Team Europe» incluye a La République en Marche! (LREM) y a la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).
2. Tomarse en serio la desigualdad
La globalización provocó cambios estructurales drásticos en la macroeconomía, sobre todo en la división espacial del trabajo a escala mundial. La desindustrialización, el auge de la economía de servicios y la rápida digitalización afectaron con mayor dureza a los europeos de clase trabajadora, muchos de los cuales sienten que se han quedado atrás en un sistema competitivo que no les ofrece suficiente apoyo. Aunque la gran mayoría de las prestaciones sociales se gestionan a escala nacional, la UE también debe abordar la desigualdad como bloque: no solo entre los Estados miembros, sino también dentro de cada uno.
Un grupo de académicos —entre ellos Stéphanie Hennette, Thomas Piketty, Guillaume Sacriste y Antoine Vauchez—, que considera la desigualdad socioeconómica generalizada la principal amenaza actual para Europa, ha presentado una propuesta concreta sobre cómo democratizar Europa para «salvar a Europa de sí misma» y evitar otra salida de [insertar aquí el nombre de un país]. Abogan por una solución democrática mediante la «creación de un nuevo parlamento europeo con amplias competencias presupuestarias y legislativas para resolver la crisis de gobernanza de la eurozona y promover la justicia social y fiscal y la inversión pública». Sostienen que, con esta reforma, se pedirá a los principales beneficiarios de la globalización —las multinacionales y los superricos— que contribuyan de forma justa a financiar los bienes públicos que apoyan a la ciudadanía común. En el momento de redactar este artículo, el tratado en línea del grupo,Tratado para la Democratización de Europa (T-Dem)había reunido 114.968 firmas: una cifra nada desdeñable, pero muy por debajo del umbral que indicaría claramente que incluso los ciudadanos europeos mejor informados conocen y apoyan el movimiento.
En su plan de reforma, Emmanuel Macron también propuso un programa social para toda la UE con el fin de mitigar la desigualdad: crear una red de protección social mediante un salario mínimo europeo, adecuado a cada país. Esta iniciativa podría cuestionar de raíz la percepción de la UE como un sistema neoliberal impulsado por el mercado. Sin embargo, los críticos del plan han expresado dudas sobre su viabilidad, de forma muy parecida a como han recibido con escepticismo propuestas aún más ambiciosas de una renta básica universal (RBU) para toda la región. En efecto, parece improbable que se alcance el consenso suficiente entre los Estados miembros para aplicar un plan tan ambicioso, aunque también es una de las pocas reformas en las que coinciden tanto liberales como populistas.
3. Elaborar un plan viable para gestionar la inmigración
Estas propuestas para crear una red de protección social en toda Europa plantean dudas sobre quiénes pueden recibir las prestaciones y, por consiguiente, reavivan los debates sobre inmigración que llevan casi una década envolviendo a la región. De hecho, la inmigración sigue siendo el principal punto de discordia entre los grupos proeuropeos y euroescépticos. La política de puertas abiertas a la inmigración de Angela Merkel propició la llegada de millones de migrantes a las costas mediterráneas de países vecinos y a los países del Grupo de Visegrado, en Europa del Este. Esto pone de manifiesto los desafíos que plantea el acuerdo de Schengen en su forma actual, especialmente dada la falta de solidaridad entre los Estados miembros.
Poco después de que comenzara la crisis en 2015, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, describió Schengen como el «paciente en coma» de la UE, un diagnóstico que ha cambiado poco en los años transcurridos. Varios programas de reforma han pedido abolir el principio de libre circulación o, como propusieron por primera vez en 2018 el primer ministro belga, Charles Michel, y Macron ha retomado recientemente, una «refundación completa de la zona en torno a un pequeño grupo de Estados miembros». De todos los problemas a los que se enfrenta la Unión, este parece el más volátil: puede inspirar una verdadera reforma estructural o destruir por completo el bloque.

4. Aprovechar las tecnologías de la 4.ª Revolución Industrial para acelerar el crecimiento económico verde
Otra forma de reducir la desigualdad y proporcionar estabilidad y prosperidad no solo a los ciudadanos europeos, sino también a los migrantes y refugiados, es acelerar el crecimiento económico. Sin embargo, Europa se ha quedado rezagada respecto a las regiones con las que compite. En los últimos años, Estados Unidos, China y Japón han registrado un crecimiento del 3-4 %, mientras que Europa, que salió muy lentamente de la crisis de 2007-2008, solo ha crecido entre un 1 y un 1,5 % durante el mismo período. Norteamérica y Asia impulsan el progreso de las empresas emergentes y las pequeñas iniciativas empresariales, así como de las nuevas innovaciones y tecnologías, mientras Europa lucha por seguirles el ritmo.
La Cuarta Revolución Industrial exige que la región adopte un nuevo enfoque de la competencia, especialmente en lo que respecta al Mercado Único Digital, al que la Comisión Europea dio prioridad mediante una nueva directiva en 2015, pero que sigue sin completarse. Además, durante los siglos XX y XXI, Europa ha abierto camino a sus competidores al desarrollar lo que Samuel Brittan llamó «capitalismo con rostro humano». La región puede seguir liderando en este ámbito y garantizar que el crecimiento se impulse de forma sostenible, tanto para sus ciudadanos como para el medioambiente. Entre las propuestas en esta línea figuran la creación de un Banco Europeo del Clima «para financiar la transición ecológica» y de un Consejo Europeo de Innovación para «impulsar nuevos avances tecnológicos». Asimismo, las Direcciones Generales que trabajan en innovación, pequeñas empresas, asuntos sociales y emprendimiento han elaborado propuestas concretas al respecto. Aunque pocas personas se oponen a estas propuestas, todavía no cuentan con un apoyo lo bastante amplio como para llevarlas a la práctica. Que el crecimiento sostenible y humano siga siendo una prioridad nos recuerda que la Unión es mucho más que una simple zona de libre comercio.
5. Transmitir el mensaje de que Europa está unida en materia de defensa
Pocas cuestiones unen a la derecha y a la izquierda como la amenaza de un conflicto extranjero. Las amenazas de ciberseguridad, cada vez más complejas, y las nuevas presiones sobre la delicada red de relaciones internacionales han vuelto a situar la seguridad y la defensa en primer plano. La alianza franco-alemana lleva mucho tiempo reclamando la federalización de la defensa mediante la creación de un «verdadero ejército europeo», especialmente como forma de alcanzar cierta independencia de la OTAN, dominada por Estados Unidos desde su creación a finales de la década de 1940. De hecho, el reciente giro nacionalista de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump y su política de «Estados Unidos primero» parecen reforzar aún más el argumento de que los europeos deben llenar el vacío defensivo resultante con una fuerza conjunta propia, capaz de responder a las amenazas de maneras que los países por separado —especialmente los Estados miembros más pequeños— no pueden afrontar por sí solos. Dirigentes de la Comisión han explicado que un ejército europeo no se desplegaría con fines ofensivos, sino que serviría para «enviar un mensaje» a los Estados agresores, una estrategia especialmente importante para Europa en relación con la participación de Rusia en Ucrania. Los críticos de la derecha, que consideran que la seguridad es una cuestión esencialmente nacional, no han tardado en plantear dudas sobre el mando y la financiación de una fuerza conjunta. Esto pone de relieve otro desafío propio de la gobernanza con múltiples partes interesadas: alcanzar consensos puede ser muy difícil, especialmente entre partidos polarizados en torno a asuntos controvertidos.
Una encrucijada para el futuro
Al repasar estas propuestas de reforma de la UE, quedan claras varias cosas. Primero, todas buscan corregir defectos en el diseño de la Unión o cumplir por fin sus promesas originales, aún pendientes. Segundo, el bloque se encuentra realmente en una encrucijada y las elecciones parlamentarias son un punto de inflexión para el cambio. Tercero, es bastante fácil proponer ideas revolucionarias, pero mucho más difícil ponerlas en práctica. Si algo es seguro, es que los europeos, al recordar los logros incomparables que la UE les ha proporcionado en materia de paz, derechos humanos y estabilidad económica, deben ejercer ahora su derecho a decidir el futuro de la región.

