Damas y caballeros, es un gran honor dirigirme una vez más a este distinguido foro. Pero este año, en estos primeros días de 2017, se percibe una incertidumbre palpable sobre el estado de nuestro mundo.
Quiero dejar claro a los miembros de los medios de comunicación presentes que no me refiero a la inminente transferencia del poder en mi país.
Dentro de dos días habrá un nuevo presidente de Estados Unidos, pero los desafíos que afrontamos y las decisiones que debemos tomar como comunidad internacional no dependen exclusivamente del liderazgo de Washington.
Tanto si reforzamos los vínculos que nos unen como si sucumbimos a las presiones actuales, esas decisiones deben tomarse en cada nación y determinarán qué mundo dejaremos a nuestros hijos.
Durante las últimas siete décadas, las decisiones que hemos tomado —en particular, Estados Unidos y nuestros aliados en Europa— han guiado a nuestro mundo por un camino claro.
Tras la Segunda Guerra Mundial, pusimos fin a siglos de conflicto y dimos pasos para inclinar el curso de la historia hacia una dirección más justa.
· En vez de resignarnos a guerras interminables, construimos instituciones y alianzas para promover nuestra seguridad común.
· En vez de castigar a nuestros antiguos enemigos, invertimos miles de millones en ayudarlos a reconstruirse.
· En vez de dividir el mundo entre ganadores y perdedores, formulamos valores universales que definían un futuro mejor para todos nuestros hijos.
La atención que dedicamos a construir y sostener un orden internacional liberal —con Estados Unidos y Europa en su núcleo— fue la base del éxito del que disfrutó el mundo en la segunda mitad del siglo XX.
Una era de libertades en expansión.
Un crecimiento económico sin precedentes que sacó a millones de personas de la pobreza.
Una comunidad de democracias que, hasta el día de hoy, sirve de eje para nuestra seguridad común y nuestra capacidad de abordar los desafíos más apremiantes del mundo.
Fortalecer estos valores —que han servido tan bien y durante tanto tiempo a nuestra comunidad de naciones— es fundamental para conservar la posición de liderazgo de la que gozan las naciones occidentales y preservar los avances que hemos logrado juntos.
Pero en los últimos años ha quedado claro que el consenso que sostiene este sistema se enfrenta a presiones enormes y cada vez mayores, tanto internas como externas.
Hoy quisiera hablar de las fuentes de esas presiones y de por qué es imperativo que actuemos con urgencia para defender el orden internacional liberal.
Aquí, en esta exclusiva torre alpina, donde los directores ejecutivos de multinacionales se codean con líderes de naciones, es fácil aceptar las ventajas intelectuales de un mundo más abierto e integrado.
Pero corremos un grave riesgo si ignoramos o desestimamos los temores y las inquietudes legítimos que existen en comunidades de todo el mundo desarrollado.
La preocupación que sienten madres y padres ante la posibilidad de perder el empleo en la fábrica que siempre les ha permitido mantener a sus familias.
Padres que no creen poder ofrecer a sus hijos una vida mejor que la que ellos tienen.
Estas son las presiones que están socavando desde dentro el apoyo al orden internacional liberal.

La globalización no ha sido un bien sin reservas.
Ha profundizado la brecha entre quienes avanzan a toda velocidad en la cima y quienes luchan por mantenerse en el medio o caen al fondo.
Hace un año hablé aquí, en Davos, de los desafíos que afrontamos para dominar esta cuarta revolución industrial y de cómo podemos garantizar que los beneficios y las cargas de la globalización y la digitalización se compartan de forma más equitativa.
En mi país solía existir un pacto básico, aceptado por los dos principales partidos políticos. Era algo en lo que todos estaban de acuerdo.
Si contribuías al éxito de la empresa, participabas de las ganancias. Hoy ese pacto está fracturado.
La tecnología avanzada ha separado la productividad del trabajo: producimos más que nunca, pero con menos trabajadores.
La demanda de trabajadores poco cualificados disminuye, mientras que los trabajadores con un alto nivel educativo cobran cada vez más, lo que contribuye al aumento de la desigualdad.
El comercio internacional y una mayor integración económica han sacado a millones de personas del mundo en desarrollo de la pobreza extrema, al mejorar la educación, prolongar la esperanza de vida y abrir nuevas oportunidades.
El nivel de vida sigue muy por debajo de las expectativas de la clase media en Estados Unidos y Europa, pero el cambio es real.
Mientras tanto, para muchas comunidades del mundo desarrollado que durante mucho tiempo han dependido de la industria manufacturera, ocurre lo contrario.
Su nivel de vida relativo ha descendido. Sienten que se les excluye de las oportunidades. Y su seguridad económica parece estar en peligro.
En conjunto, estas fuerzas están vaciando de hecho a la clase media, el motor tradicional del crecimiento económico y la estabilidad social en las naciones occidentales.
No podemos deshacer los cambios que la tecnología ha provocado en nuestro mundo, ni deberíamos intentarlo.
Pero podemos y debemos actuar para mitigar las tendencias económicas que están alimentando la agitación en tantas economías avanzadas y socavando el sentido básico de dignidad de las personas.
Nuestro objetivo debe ser un mundo en el que el nivel de vida de todos pueda mejorar a la vez.
Es urgente tomar medidas de sentido común como:
· ampliar las capacidades cognitivas mediante el acceso a la educación y la formación laboral.
· garantizar protecciones básicas para los trabajadores.
· ampliar el acceso al capital.
· e implantar un sistema tributario progresivo y equitativo en el que todos paguen la parte que les corresponde.
A estas preocupaciones económicas se suman los temores de la gente ante los riesgos de seguridad muy reales que afrontamos.
Si observamos el amplio curso de la historia, o incluso solo las tendencias de las guerras y otros episodios de violencia a gran escala de los últimos 50, 60 o 70 años, en la práctica probablemente estemos más seguros que nunca.
Pero no se siente así.
Las imágenes diarias de violencia y disturbios de todo el mundo se transmiten directamente en nuestros televisores y teléfonos inteligentes: imágenes que rara vez habríamos visto en la era predigital.
Esto ha fomentado una sensación de caos perpetuo, de estar siendo arrollados por fuerzas externas.
Las tecnologías de la comunicación han impulsado avances extraordinarios:
· han hecho que la información sea más abierta y accesible;
· han derribado las barreras entre personas y naciones;
· han facilitado una mayor colaboración científica;
· han empoderado a ciudadanos de a pie para combatir la injusticia y exigir responsabilidades a sus gobiernos.
Pero también han dado a personas llenas de odio un megáfono para difundir sus ideologías virulentas y extremistas.
Los yihadistas radicales no solo reclutan y encuentran refugio en los desiertos sin gobierno de Irak y Siria: hacen lo mismo en los espacios sin gobierno de Internet.
Las fronteras parecen menos reales.
Los atentados terroristas parecen inevitables.
Aumenta el temor a una migración incesante mientras la gente sigue huyendo de la violencia y las privaciones en sus países de origen.
Y, a raíz de estos temores comprensibles, hemos visto una serie de respuestas alarmantes.
Los movimientos populares tanto de izquierda como de derecha han demostrado una peligrosa disposición a volver a una política mezquina, a las mismas agendas nacionalistas, proteccionistas y aislacionistas que llevaron al mundo a consumirse en la guerra durante el siglo pasado.
Como hemos visto una y otra vez a lo largo de la historia, han surgido demagogos y autócratas que buscan aprovecharse de las inseguridades de la gente.
En este caso, utilizan una retórica islamófoba, antisemita o xenófoba para avivar el miedo, sembrar la división y promover sus propias agendas estrechas.
Esta política está reñida con nuestros valores y con la visión que creó y sostiene el orden internacional liberal.
El impulso de replegarse, cerrar las puertas, construir muros y retirarse en este momento es precisamente la respuesta equivocada.
Ofrece una falsa sensación de seguridad en un mundo interconectado.
No resolverá las causas profundas de estos temores y corre el riesgo de erosionar desde dentro los cimientos del propio sistema que dio origen al éxito históricamente sin precedentes de Occidente.

Debemos recurrir a la generosidad de espíritu que concibió el Plan Marshall, la previsión con que se planificó Bretton Woods y la audacia que propuso las Naciones Unidas.
No podemos vencer el miedo replegándonos.
Al contrario, este es el momento de liderar con audacia y reafirmar nuestro compromiso con los principios que compartimos, esenciales para mi país y para las democracias liberales de todo el mundo.
Por supuesto, hay quienes no comparten esta visión del mundo.
Quienes desean disolver la comunidad de democracias y las instituciones que la respaldan en favor de un orden internacional más provinciano, donde impera el poder y las esferas de influencia consolidan las divisiones entre naciones.
Oímos estas voces en Occidente, pero las mayores amenazas en este frente provienen del marcado antiliberalismo de actores externos que equiparan su éxito con la fragmentación del orden internacional liberal.
Lo vemos en Asia y Oriente Medio, donde China e Irán claramente preferirían un mundo en el que ejerzan su influencia en sus respectivas regiones.
Pero no andaré con rodeos.
Este movimiento está liderado principalmente por Rusia.
Bajo el presidente Putin, Rusia está empleando todos los medios a su alcance para
· socavar los márgenes del proyecto europeo;
· poner a prueba las fisuras entre las naciones occidentales; y
· volver a una política definida por esferas de influencia.
Lo vemos en su agresión contra sus vecinos.
· Envían a los llamados «hombrecillos verdes» al otro lado de la frontera para instigar la violencia y las tendencias separatistas en Ucrania.
· Utilizan la energía como arma: cortan el suministro de gas en pleno invierno y suben los precios para manipular a las naciones y hacer que actúen en interés de Rusia.
· Utilizan la corrupción para dar poder a los oligarcas y coaccionar a los políticos.
Lo vemos en sus campañas de propaganda y desinformación por todo el mundo:
· Siembran dudas y agitación política en los sistemas democráticos.
· Fortalecen facciones antiliberales, tanto de izquierda como de derecha, que buscan revertir desde dentro de nuestros sistemas décadas de avances.
También lo vimos en las intrusiones cibernéticas contra partidos políticos y personas en Estados Unidos, que, según determinó con alto grado de confianza nuestra comunidad de inteligencia, tenían específicamente el propósito de influir en nuestras elecciones.
Pero Estados Unidos no ha sido el único objetivo.
Europa ha sufrido ataques del mismo tipo en el pasado.
Y como muchos países europeos tienen previsto celebrar elecciones este año, debemos esperar nuevos intentos de Rusia por interferir en el proceso democrático.
Una vez más, su propósito está claro: derrumbar el orden internacional liberal.
En pocas palabras, Rusia tiene una visión distinta del futuro y la persigue en todos los frentes.
Busca volver a un mundo en el que los fuertes imponen su voluntad mediante el poderío militar, la corrupción o la delincuencia, mientras los vecinos más débiles se someten.
Y desde los primeros momentos de nuestro Gobierno —incluso cuando buscábamos un nuevo comienzo con el entonces presidente Medvedev— el presidente Obama y yo dejamos claro que esa no es una forma de comportarse para las naciones en el siglo XXI.
Cuando me dirigí a la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero de 2009, dije:
«No reconoceremos que ninguna nación tenga una esfera de influencia. Seguiremos sosteniendo que los Estados soberanos tienen derecho a tomar sus propias decisiones y elegir sus propias alianzas».
Esa ha sido nuestra postura durante los últimos ocho años y es una postura que todos debemos seguir defendiendo en los próximos años.

Estados Unidos no siempre ha sido el guardián perfecto de nuestro orden.
No siempre hemos estado a la altura de nuestros propios valores, y algunos de nuestros errores del pasado dieron argumentos a las fuerzas antiliberales.
Pero el presidente Obama y yo hemos trabajado de forma constante durante los últimos ocho años para liderar no solo con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo.
Y este es el desafío que, necesariamente, definirá las agendas de política exterior de todas nuestras naciones en el futuro.
Así que, aunque solo seré vicepresidente de Estados Unidos durante 48 horas más, hoy estoy aquí para hacer un llamamiento a la acción.
No podemos esperar a que otros escriban el futuro que esperan ver.
Estados Unidos y Europa deben liderar la lucha para defender los valores que nos han traído hasta donde estamos hoy.
Luchemos por crear un crecimiento más equitativo e inclusivo para las personas de todos los niveles.
Luchemos por la democracia allí donde esté amenazada, ya sea en nuestro país o en el extranjero.
Luchemos por fortalecer las fuerzas de la inclusión y oponernos a la intolerancia en todas sus formas.
Luchemos contra el impulso de abrazar el aislacionismo y el proteccionismo.
Plantemos cara a la peligrosa idea de que los hechos ya no importan.
A que la verdad no tiene poder inherente en un mundo donde los propagandistas, los demagogos y los extremistas ejercen influencia.
Para ganar esta lucha, debemos seguir invirtiendo en nuestras alianzas democráticas.
Como ha sido durante siete décadas, la unidad de nuestro vínculo transatlántico es esencial para abordar los desafíos mundiales.
Defender el orden internacional liberal exige que resistamos las fuerzas que buscan desintegrar Europa y mantengamos nuestra insistencia de larga data en una Europa unida, libre y en paz.
Eso significa luchar por la Unión Europea, una de las instituciones más dinámicas y trascendentales del planeta.
La UE ha contribuido a la prosperidad de millones de personas, impulsando reformas que han mejorado los niveles de vida y promoviendo la resolución pacífica de disputas entre naciones
Eso significa mantener abierta la puerta a la adhesión a las instituciones europeas y transatlánticas para los Estados situados en el extremo oriental de Europa, donde los habitantes de lugares como los Balcanes y Ucrania siguen esforzándose por formar parte de la extraordinaria empresa que es la Unión Europea.
La UE ha sido un socio indispensable para Estados Unidos y, ahora que la UE y el Reino Unido empiezan a establecer una nueva relación, sigue siendo de gran interés para Estados Unidos mantener estrechos vínculos con ambas partes.
Todos nuestros pueblos están más seguros cuando trabajamos juntos.
Debemos seguir defendiendo las normas básicas de las naciones modernas: los principios de integridad territorial, libertad de navegación y soberanía nacional.
El derecho de todas las naciones «a tomar sus propias decisiones y elegir sus propias alianzas».
Con ese fin, debemos:
· reforzar la independencia energética de Europa para que las naciones no estén sujetas a manipulaciones externas;
· mejorar nuestras defensas cibernéticas; y
· combatir la desinformación para impedir que actores externos perviertan nuestros procesos democráticos.
Y el mayor baluarte de nuestra asociación transatlántica es el compromiso inquebrantable de Estados Unidos con todos nuestros aliados de la OTAN.
Un ataque contra uno es un ataque contra todos.
Eso nunca debe ponerse en duda.
Y debemos seguir apoyando a Ucrania mientras resiste los actos de agresión de Rusia y prosigue su camino hacia Europa.
Dentro de dos días, Estados Unidos llevará a cabo el acto que ha definido nuestra excepcional democracia durante más de 200 años: la transferencia pacífica del poder de un líder y un partido político a otro.
Y espero y confío en que el próximo presidente y vicepresidente, así como nuestros líderes en el Congreso, garanticen que Estados Unidos siga cumpliendo su responsabilidad histórica como nación indispensable.
Pero nunca hemos podido liderar solos: ni después de la Segunda Guerra Mundial, ni en los momentos más duros de la Guerra Fría, ni hoy.
Estados Unidos, nuestros aliados de la OTAN, todas las naciones de Europa: estamos juntos en esto.
Como las democracias más antiguas y sólidas del mundo, tenemos la responsabilidad de hacer frente a los desafíos que tenemos a las puertas.
Nunca debemos olvidar cómo hemos llegado hasta aquí.
O dar por sentado que nuestro éxito continuará.

Solo si defendemos el orden internacional liberal —siguiendo invirtiendo en nuestra seguridad, reafirmando nuestros valores compartidos y ampliando la causa de la libertad en todo el mundo— conservaremos nuestra posición de liderazgo.
Porque si no luchamos por nuestros valores, nadie más lo hará.
La idea de una Europa unida, libre y en paz —en mi opinión— constituye una de las visiones más audaces y trascendentales del siglo pasado.
La idea de que, tras siglos de conflicto,
Europa pudiera reinventarse como una comunidad integrada —comprometida con la solidaridad política, la libre circulación de bienes y personas y la solemne obligación de la defensa colectiva— y lograra hacerlo realidad.
Estados Unidos creyó en ello. Los pueblos de toda Europa creyeron en ello y aspiraron a ello.
Y ustedes lo lograron.
El éxito del proyecto europeo fue esencial para la seguridad de Estados Unidos en el siglo XX, y sigue siéndolo hoy.
La Alianza Atlántica sigue siendo la piedra angular para hacer frente a tantas amenazas del siglo XXI, desde el terrorismo y la propagación de enfermedades como el ébola hasta el cambio climático.
Me han oído defender esta postura durante cuatro décadas. Pero no soy el único que lo cree.
El compromiso de Estados Unidos con Europa y la OTAN cuenta con un apoyo bipartidista absoluto.
El mes pasado, mi buen amigo y frecuente adversario en los debates, el senador republicano John McCain, viajó a Estonia, donde dijo:
«La mejor manera de prevenir las malas conductas de Rusia [es] contar con unas fuerzas armadas creíbles y sólidas, y con una alianza fuerte de la OTAN».
En ese mismo viaje, otro destacado senador republicano, Lindsey Graham, aseguró a los soldados ucranianos que prestaban servicio en el frente:
«Su lucha es nuestra lucha».
Ese es el mismo sentimiento que expresé hace dos días, cuando hice mi sexto viaje a Ucrania como vicepresidente.
La historia ha demostrado que la defensa de las naciones libres de Europa siempre ha sido una lucha de Estados Unidos y el fundamento de nuestra seguridad.
A lo largo de más de cuatro décadas de debates de política exterior increíblemente divisivos, siempre ha existido un consenso sobre el valor de la relación transatlántica.
Eso no cambiará.
Y ahora que vuelvo a la vida privada, quiero asegurarles hoy que estaré a su lado mientras ustedes siguen adelante con esta lucha.
Seguiré haciendo uso de mi voz y de mi poder como ciudadano —haciendo todo lo que pueda para mantener fuerte y dinámica nuestra alianza transatlántica— porque nuestro futuro común depende de ello.
Gracias.

