El próximo presidente de Francia tiene una tarea hercúlea: unir a un país profundamente dividido

Supporters wave french flags as Jean-Luc Melenchon, candidate of the French far-left Parti de Gauche and candidate for the French 2017 presidential election cruises on a barge on the canal de l'Ourcq in Paris, France, April 17, 2017.
In a few weeks, French voters will elect their next presidentImage: REUTERS/Charles Platiau
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Ojalá pudiera disfrutar del alivio que sintieron mis amigos y colegas afines cuando anoche se conocieron los resultados en Francia, con Emmanuel Macron pasando a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (el candidato centrista se enfrentará dentro de un par de semanas a Marine Le Pen, de extrema derecha). Sin embargo, en medio de la turbulencia política que caracteriza a nuestras sociedades occidentales, sencillamente no puedo. Las elecciones no son eventos deportivos con ganadores y perdedores. En nuestras naciones sumamente polarizadas, una victoria electoral ya no garantiza ni se traduce en aceptación social y apoyo popular al cambio.

Preveo que, a raíz de estas elecciones, la sociedad francesa será más divisiva y estará más polarizada que nunca. Aunque históricamente el sistema electoral de dos vueltas ha alimentado esta división del electorado, esta vez es distinto: ningún candidato obtuvo una cuarta parte de los votos y la amargura impregna a los grandes perdedores.

En primer lugar, el lenguaje, el tono y las actitudes de los candidatos han hecho añicos la llamada «ventana de Overton», ese abanico de ideas, comportamientos y lenguaje que el público está dispuesto a aceptar. Tras presenciar la aparición de este fenómeno en la votación del Brexit en el Reino Unido y después en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, ahora le toca a Francia. Los escándalos han dominado los debates, se ha fustigado a los medios de comunicación tradicionales, las noticias alternativas se han viralizado en las redes sociales y los candidatos han incumplido sus promesas de ser modelos ejemplares de conducta en la sociedad.

En segundo lugar, el panorama político está hecho un caos: no solo la extrema derecha volvió a llegar a la ronda final de unas elecciones presidenciales y el centroizquierda prácticamente desapareció del mapa, sino que ningún partido político tradicional sobrevivió a la votación electoral.

En tercer lugar, la distancia entre los dos candidatos presidenciales que despuntan carece prácticamente de precedentes, y la diferencia electoral entre ellos es aún menor que en el duelo de 2002 entre Jean-Marie Le Pen (padre de Marine Le Pen, fundador del Front National, el partido que ella dirige ahora) y Jacques Chirac.

Si Macron propone un candidato abierto, liberal y favorable a la UE, Le Pen ofrece un futuro cerrado, proteccionista y euroescéptico. Los dos candidatos enfrentados encarnan modelos de sociedad tan divergentes que sus respectivas visiones del mundo son irreconciliables.

Marine Le Pen, líder del partido político Frente Nacional francés (FN) y candidata a las elecciones presidenciales francesas de 2017, celebra los primeros resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017, en Henin-Beaumont, Francia, el 23 de abril de 2017.Image: REUTERS/Charles Platiau

Sin embargo, intentar reconciliar ambos modelos es el reto que deben afrontar el próximo presidente y su Gobierno. Las elecciones legislativas de Francia de este junio, en las que el país decidirá qué partidos formarán la Asamblea Nacional, podrían hacer que Francia fuera casi ingobernable, con un Parlamento dividido que refleje la política fracturada de los cinco principales candidatos.

Dado su estilo conciliador, sin duda Macron está mejor situado que Le Pen para comprender y abordar esta dicotomía tan particular de Francia. Pero ni siquiera el político con las mejores intenciones quizá pueda cumplir esta tarea hercúlea. La pregunta es si Macron podrá transformar, y cómo, el respaldo que obtuvo fácilmente de los partidos tradicionales franceses en una sólida mayoría parlamentaria en las próximas elecciones.

Como ciudadano de la UE convencido de la absoluta necesidad no solo de mantener, sino también de impulsar el proyecto europeo, me preocupa enormemente la posibilidad de un nuevo brote de sentimiento antieuropeo. Seamos francos: menos del 50% de los ciudadanos franceses respaldó a candidatos favorables a la UE (el 49,44% de los votantes franceses apoyó a Macron, a François Fillon, del partido Républicains, y a Benoît Hamon, del Partido Socialista saliente, frente al 49,31% que votó por la extrema izquierda y la extrema derecha).

Macron representa un modelo de sociedad en el que demasiadas personas en Francia aún no están dispuestas a creer, pues se percibe como excesivamente liberal y uberizado, y podría conducir a una mayor transferencia de soberanía a la UE. Aunque este modelo de sociedad quizá sea eficaz para crear una riqueza considerable, no consigue cohesionar a la sociedad en su conjunto.

Emmanuel Macron, líder del movimiento político En Marche !, o ¡Adelante!, y candidato a las elecciones presidenciales francesas de 2017, celebra los resultados parciales de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 en el recinto del Parc des Expositions de París, Francia, el 23 de abril de 2017.Image: REUTERS/Benoit Tessier

Esto hará que resulte difícil, si no imposible, llevar a la práctica su visión de una Francia más abierta y liberal en una Unión Europea fortalecida.

Alemania, y los dos candidatos que se disputarán el poder en las próximas elecciones del país, será el último guardián frente a este ataque frontal a valores europeos como la apertura, la equidad y la justicia. Sin embargo, esto no bastará, ni debería bastar, para salvarnos de nosotros mismos.

Hoy, en el metro de París y luego en el aula de mi universidad, HEC París, no pude evitar sentirme extraño. Vivo en la sociedad más polarizada que he conocido.

Las elecciones de ayer han dividido y seguirán dividiendo a la sociedad francesa. Esto es algo fundamentalmente nuevo e inquietante para mi generación, en el Viejo Continente, y debería preocupar tanto a las generaciones mayores como a las jóvenes.

Más que nunca, el futuro de Europa está en nuestras manos.

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