Sudáfrica es conocida en todo el mundo por su importante programa de vivienda, y la India ha realizado esfuerzos considerables para desarrollar sus ciudades. Proporcionar vivienda gratuita o asequible aporta beneficios evidentes a los residentes que han vivido en condiciones de pobreza extrema, sin agua, electricidad ni saneamiento, en estructuras informales precarias.
Pero las investigaciones realizadas en estos dos contextos han revelado que la nueva vivienda ha traído dificultades imprevistas para los residentes urbanos pobres, y en particular para las mujeres, junto a los avances. Mudarse a una nueva vivienda puede exponer a las mujeres a un mayor riesgo de violencia doméstica, comprometer su privacidad y poner en riesgo las oportunidades de obtener ingresos.
Tanto Sudáfrica como la India tienen un historial irregular en la provisión de vivienda asequible para los pobres, así como una trayectoria desigual en el acceso de las mujeres a la tierra y la vivienda en comparación con los hombres. En Sudáfrica, las leyes del apartheid impedían que las mujeres negras fueran propietarias de tierras o viviendas hasta 1994.
En la era posterior al apartheid, el gobierno ha trabajado arduamente para corregir estas desigualdades. Un programa nacional de vivienda, puesto en marcha en 1994, tenía como objetivo proporcionar viviendas «gratuitas» a cualquier sudafricano pobre que cumpliera los requisitos (aunque los residentes todavía deben pagar tasas y servicios). Con frecuencia, estas viviendas se ubican en las afueras de las ciudades, donde el suelo es más barato.

Hasta la fecha, se han creado más de 4 millones de oportunidades de vivienda, y el 56 % de estas viviendas ha ido a parar a mujeres, cifra que asciende al 70 % en algunas zonas – un paso crucial para avanzar en la igualdad de género.
En la India, la casta, la clase, la religión y el género de una persona determinan directamente su acceso a la tierra y la vivienda. Esto es especialmente grave para las mujeres pobres. Por razones culturales, muchas mujeres no son propietarias de bienes inmuebles, ni suelen beneficiarse de la titularidad conjunta. A menudo, tampoco heredan bienes.
Un programa nacional puesto en marcha en 2005 para mejorar las zonas urbanas tiene como objetivo proporcionar infraestructuras y servicios básicos a los pobres. En algunos contextos, las viviendas de barrios marginales se han mejorado con construcciones formales de ladrillo u hormigón, en forma de casas o pisos. En otros lugares, los pobres han sido reubicados en nuevas viviendas, a menudo en las afueras de las ciudades.
La política india no se diseñó específicamente teniendo en cuenta las cuestiones de género: en su lugar, se construyeron nuevas viviendas para «la unidad matrimonial». Sin embargo, en algunas zonas de la India, la asignación se ha realizado a través de organizaciones comunitarias dirigidas por mujeres, lo que ha reforzado la consideración de las necesidades de las mujeres.
Un traslado que cambia la vida
En ambos países, los cambios en las condiciones de vida son notables, pasando de construcciones de muy mala calidad a pisos o casas de construcción sólida. Las investigaciones muestran que para muchos beneficiarios de vivienda, las mejoras en la calidad de vida son significativas. Pueden reforzar el sentido de autoestima de una persona y ofrecer protección frente a la lluvia, el sol, los animales y las inundaciones. Pueden ampliar la privacidad mediante habitaciones interiores separadas. Las casas suelen ser más limpias y saludables. Contar con puertas, cerraduras, muros y techos aumenta la seguridad, y los edificios suelen disponer de electricidad, agua corriente y saneamiento.

Pero las mejoras en la vivienda también plantean problemas reales, sobre todo para las mujeres. Los muros más gruesos y una mayor privacidad hacen que las mujeres tengan menos capacidad para pedir ayuda, ya que el sonido se propaga con menos facilidad. Las nuevas formas de vida son más privadas y separadas, lo que hace que los vecinos estén menos dispuestos a intervenir en asuntos domésticos. En la India y Sudáfrica, donde los niveles de violencia sexual y doméstica son tan elevados, esto constituye un problema real.
La oferta de vivienda sudafricana favorece a quienes tienen personas a su cargo, a menudo mujeres. La concesión a las mujeres de la titularidad legal de las nuevas viviendas ha generado malestar entre los hombres no casados, solteros o separados. Sienten que su posición de autoridad se ve socavada y temen no beneficiarse del programa de vivienda.
Además, los políticos y los empleados públicos, incluidos los trabajadores sociales y la policía, coinciden en que si surge una disputa por la propiedad, deben primar las necesidades de las mujeres y los niños. La ansiedad de los hombres puede desembocar en episodios más intensos de violencia contra mujeres y niños. En algunos hogares, la obtención de una vivienda «adecuada» provoca la desintegración de la familia. Estas tensiones son habituales en contextos de pobreza: los nuevos bienes generan hostilidad porque los recursos son muy escasos.
Pérdida de privacidad
En la India, los costos de construcción hacen que algunas viviendas nuevas tengan solo un dormitorio. Las grandes familias extensas se ven obligadas a compartir estos espacios modestos debido a la escasez generalizada de vivienda. En la práctica, esto puede significar que los espacios para dormir sean más reducidos que en las antiguas viviendas de barrios marginales, que a menudo contaban con varios espacios para dormir de mala calidad.
En las nuevas viviendas, abuelos y adolescentes comparten habitaciones, y las parejas adultas apenas tienen privacidad alguna. Esta pérdida de privacidad afectó a las mujeres con las que hablé en el marco de nuestra investigación: se lamentaban de no poder mantener unas relaciones adultas normales y denunciaban que sus maridos buscaban amantes en otro lugar. La escasez y el tipo de vivienda generan nuevas tensiones entre marido y mujer.
La nueva vivienda reduce a menudo la capacidad de los residentes para obtener ingresos desde su hogar o en él. Esto afecta especialmente a las mujeres, cuyo sustento puede depender del trabajo que pueden realizar desde casa, como la venta de alimentos o pequeños artículos. El paso a bloques de apartamentos reduce las posibilidades de vender al por menor a los clientes que pasan, y las nuevas normas o costumbres asociadas a la vivienda formal pueden impedir que se realicen actividades económicas informales.
Además, las estructuras más pequeñas pueden limitar las oportunidades de alquilar habitaciones libres a inquilinos. Y cuando los pobres son trasladados a viviendas en las afueras de la ciudad (algo habitual en ambos países), se generan nuevas y considerables restricciones para desplazarse al trabajo y acceder a los servicios. Las mujeres señalan nuevas vulnerabilidades asociadas a la falta de transporte seguro, de alumbrado público y a los largos tiempos de desplazamiento.
Facilitar a los habitantes urbanos pobres el acceso a una vivienda formal puede, sin duda, cambiar sus vidas para mejor. Pero los retos imprevistos a los que se enfrentan las mujeres que viven en nuevas viviendas en Sudáfrica y la India demuestran lo fundamental que es que estos programas tengan en cuenta las repercusiones de este traslado en cada miembro de la sociedad.

