En una comunidad rural del pequeño país africano de Burundi, 16 mujeres se apretujan en estrechos bancos de madera, dispuestos en un círculo irregular a la sombra de los bananos. El hijo pequeño de una mujer se retuerce en su regazo. Otra ha atado a su bebé dormido a la espalda con un paño.
Cada semana se reúnen en un grupo de World Relief Savings for Life para aprender nociones básicas de gestión del dinero y ahorrar para emergencias, necesidades básicas o inversiones en pequeños negocios. Empiezan con una oración y, una a una, depositan sus ahorros semanales en una caja metálica. El ahorro más alto de esa semana es de 2 dólares; el más bajo, de 35 centavos.
Más adelante, algunas mujeres tomarán préstamos de este fondo común. Una de ellas, agricultora y viuda con cuatro hijos, planea utilizar su préstamo de 30 dólares para comprar una bicicleta con la que transportar sus productos al mercado, lo que le ahorrará una caminata de medio día cargando pesos. Otra mujer ha pedido prestados 20 dólares para enviar a su hija a la escuela. Las mujeres comparten sus planes para los préstamos con el grupo, para recibir apoyo y rendir cuentas.
Un «círculo de ahorro»
Toda esta escena me resulta dolorosamente familiar. Nací y me crie en una aldea rural del oeste de Uganda, con una madre soltera que alimentó y educó a sus cinco hijos y, a lo largo de los años, a más de 20 huérfanos. Para ello, se unió a otras mujeres vulnerables de su comunidad para formar un «círculo de ahorro», como se llamaba entonces. Con el capital de ese círculo de ahorro, mi madre pudo comprar semillas y herramientas para la agricultura y emprender varios pequeños negocios, como una peluquería. Mi padre era alcohólico, físicamente violento y poco fiable. Así que recayó en mi madre hacerlo todo.

La historia de mi madre es una narrativa común para las mujeres de muchas comunidades rurales del África subsahariana. Las mujeres burundesas que visito me recuerdan mucho a ella. Me reconozco en los niños que juegan cerca del grupo de ahorro.
Hoy en día, los más vulnerables de África siguen siendo las mujeres y los niños. Aunque en algunos aspectos parece que poco ha cambiado desde la época del grupo de ahorro de mi madre, también hemos dado grandes pasos.

A través de sus programas de ahorro, World Relief ha permitido que más de 100 000 mujeres (y decenas de miles de hombres) de todo el mundo alcancen sus metas financieras, así como algo menos tangible: esperanza. En países con escasos recursos, como Burundi, que tiene una de las tasas más altas de malnutrición crónica del mundo (56 %) y donde el 78 % de la población vive con menos de 1,90 dólares al día, los programas como este pueden salvar vidas.
World Relief trabaja en Burundi desde 2004 para capacitar a las iglesias locales para servir a los más vulnerables de sus comunidades. Sus programas incluyen no solo grupos de ahorro, sino también proyectos de salud materna e infantil, educación nutricional, programas agrícolas y cursos de fortalecimiento familiar e infantil.
Los desafíos que enfrentan hoy las mujeres son multifacéticos y no solo económicos. Existe una necesidad urgente de invertir en el empoderamiento de las mujeres y la igualdad de género en todo el mundo. También debemos combatir la violencia contra las mujeres, tan frecuente en lugares como la República Democrática del Congo o en los campamentos de refugiados del Líbano, Jordania e Irak.
Apartar la oscuridad
Hoy celebro a estas mujeres burundesas que, como mi madre, luchan con intensidad cada día para apartar la oscuridad que representan la pobreza y la injusticia. Y celebro a organizaciones como World Relief, que siguen diseñando e implementando, de manera deliberada, programas de desarrollo con perspectiva de género.
La esperanza es un arma poderosa contra la vulnerabilidad. Puede impulsar la perseverancia y el trabajo duro para crear un lugar mejor en el que vivir. Ahora es el momento de acompañar a estas mujeres y empoderarlas para que lideren la transformación de sus comunidades.

