Aunque alberga el 60 % de las tierras cultivables del mundo, África es un importante importador de alimentos, y la guerra en Ucrania amenaza con interrumpir el suministro a gran parte del continente.
Millones de personas corren ahora el riesgo de caer en la pobreza y la malnutrición, y la estabilidad y la seguridad podrían verse amenazadas si persiste la inseguridad alimentaria.
Las iniciativas multilaterales, como la próxima 8.ª Conferencia Internacional de Tokio sobre el Desarrollo de África, pueden ayudar a desarrollar soluciones sostenibles y locales a los desafíos del continente.
En Nigeria, a finales de la década de 1960, un millón de personas murió de hambre durante la guerra de Biafra. Una década y media después, la escasez de alimentos y el hambre en Etiopía, desencadenadas por un desastre natural, causaron la muerte de 1 millón de africanos.
Hoy, una nueva catástrofe —la guerra en Ucrania— amenaza con sumir al continente en otro episodio de hambruna y privaciones.
Catorce países africanos dependen de Rusia y Ucrania para más de la mitad de sus importaciones de trigo, mientras que casi la mitad del continente depende de las importaciones para cubrir más de un tercio de sus necesidades de trigo. Además de las inminentes restricciones de suministro, esta crisis ya ha hecho subir los precios de los cereales más de un 25 % en cuestión de semanas. Algunos países se preparan para sufrir déficits de suministro.
Millones en peligro
Tras la pandemia de COVID-19 y su devastador impacto socioeconómico en toda África, la crisis en Ucrania amenaza con imponer una carga desproporcionada a los hogares africanos, muchos de los cuales ya tenían dificultades para poner comida en la mesa. Wandile Sihlobo, economista jefe de la Cámara de Negocios Agrícolas de Sudáfrica, prevé efectos críticos a corto plazo en el suministro y los precios —una crisis alimentaria—, a menos que el conflicto se resuelva con rapidez.
El alza de los precios de los alimentos significa que menos hogares africanos podrán permitirse una sola comida diaria adecuada. Aumentará la malnutrición. Los hogares africanos que padecen inseguridad alimentaria quedarán aún más rezagados. Su consumo disminuirá, sus ahorros se agotarán, sus deudas aumentarán y sus activos se liquidarán.
En suma, durante una crisis alimentaria, millones de personas correrán el riesgo de sufrir malnutrición y una pobreza más profunda.
Algunos países africanos, como Etiopía, Nigeria y Sudáfrica, aplican controles internos de precios y restricciones a las exportaciones. Benín ha impuesto una prohibición de exportar. Otros, como Malaui y Zambia, y Uganda, ofrecen subsidios en efectivo a los grupos vulnerables. Pero, con el fuerte aumento de los precios de los combustibles y la energía, otra consecuencia de la situación en Ucrania, muy pocos países africanos dispondrán de margen fiscal para mantener esas políticas, aunque quisieran aplicarlas.
Crisis alimentaria y seguridad humana
La inseguridad alimentaria en África no es solo un problema socioeconómico. También es una cuestión de seguridad humana.
Según datos del Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), los disturbios y las protestas, y no las guerras y las insurgencias, representan ahora más de la mitad de los episodios de violencia en África. Las recientes protestas violentas desencadenadas por el aumento de los precios internos en Sierra Leona muestran cómo las presiones inflacionarias pueden fomentar fácilmente la inestabilidad. Recordemos también cómo las revueltas árabes de principios de la década de 2010 provocaron protestas en todo el norte de África.
Los altos precios de los alimentos suelen afectar con mayor dureza a los hogares más vulnerables y convertirlos en «pobres multidimensionales», es decir, personas que carecen no solo de ingresos, sino también de acceso a la electricidad, el combustible para cocinar y los servicios sociales básicos. La reducción de los presupuestos obligará a los hogares a desprenderse de sus activos, lo que mermará su capacidad para amortiguar futuras crisis. Estos efectos indirectos de la crisis alimentaria limitarán la actividad económica, ampliarán las desigualdades y podrían desencadenar tensiones sociales y disturbios.
Los efectos de la guerra en Ucrania sobre la seguridad alimentaria en África plantean tres preguntas pertinentes: ¿Por qué el continente que alberga el 60 % de las tierras cultivables del mundo no puede alimentarse por sí mismo? ¿Por qué es difícil que las regiones africanas con excedentes alimentarios abastezcan a las que tienen déficits? ¿Y cómo pasó África de ser un productor de alimentos relativamente autosuficiente en la década de 1970 a depender excesivamente de las importaciones de alimentos en 2022?
Responder a estas preguntas ayudará a trazar un camino hacia una seguridad alimentaria duradera y sostenible en todo el continente.
Está claro que la inseguridad alimentaria y las crisis alimentarias tienen graves consecuencias socioeconómicas y para la seguridad de la población, los hogares, las empresas y los gobiernos de África, y podrían acarrear efectos profundos en la región y en el mundo.
Este no es momento para reducir los esfuerzos de desarrollo en África ni desviar recursos del continente. Las inversiones estratégicas en desarrollo y seguridad alimentaria en este momento crítico sentarán las bases de la sostenibilidad y la autosuficiencia.
Preservar el multilateralismo para el desarrollo
Para que África pueda resistir este impacto mundial, los esfuerzos inmediatos de la comunidad internacional deben incluir un mayor apoyo bilateral, iniciativas multilaterales innovadoras, incluido un rápido redireccionamiento de los derechos especiales de giro del FMI, y apoyo a la movilización de recursos internos.
No se puede permitir que la guerra en Ucrania debilite el multilateralismo, y la asistencia para el desarrollo no debe convertirse en un instrumento de política.
Se necesita un apoyo constante de los socios para el desarrollo para que los países africanos retomen el rumbo hacia las aspiraciones compartidas de desarrollo mundial. El debilitamiento del multilateralismo desharía décadas de importantes avances en materia de desarrollo y revertiría los logros alcanzados en la lucha contra la COVID-19 en todo el mundo. Por eso, la comunidad dedicada al desarrollo debe redoblar sus esfuerzos para brindar apoyo adecuado y oportuno en todo el continente.
La 8.ª Conferencia Internacional de Tokio sobre el Desarrollo de África (TICAD8), prevista para agosto de este año, ofrecerá una oportunidad. En ella, los líderes africanos y sus homólogos japoneses se reunirán para fortalecer las alianzas y la cooperación, con África al frente. Durante casi 30 años, la plataforma TICAD ha reconocido que, para lograr un desarrollo sostenible, África debe encontrar soluciones locales a sus desafíos.
Uno de los pilares de las relaciones entre África y Japón es el apoyo a los países africanos en sus esfuerzos por reducir su dependencia de las importaciones de alimentos y evitar así una futura crisis alimentaria. Además, los proyectos financiados por Japón reconocen que una mayor inversión en tecnología y el fomento de enfoques innovadores para el emprendimiento permitirán a la juventud africana contribuir a impulsar una revolución de la producción de alimentos en África.
Un punto de partida debería ser establecer marcos de políticas y un entorno regulatorio que promuevan la agricultura y eliminen los persistentes obstáculos relacionados con el crédito, la tenencia de la tierra, los mercados y la tecnología, que han perjudicado la producción y comercialización de alimentos durante décadas. También hay que aprovechar las oportunidades que ofrece el acuerdo para establecer la Zona de Libre Comercio Continental Africana con el fin de ampliar la producción y beneficiarse de mercados regionales más amplios.
Los países africanos deberían volver a ser graneros regionales y motores de un desarrollo económico sostenible y autosuficiente.
