El desarrollo de infraestructuras se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla de nuestro tiempo. Las tres mayores economías del mundo —Estados Unidos, China y Japón— maniobran activamente para ejercer influencia económica y geopolítica mediante una carrera de financiación e inversión en infraestructuras en mercados emergentes de todo el mundo, con Asia-Pacífico en el centro de la escena. Pero ¿cómo deberían gestionar esta nueva atención los gobiernos y promotores de los países a los que se dirigen estas iniciativas? ¿Cómo pueden convertirla en una ventaja para sus pueblos?
Esta carrera de infraestructuras tendrá claramente un gran impacto en el futuro del comercio mundial y las cadenas de suministro, la manufactura y los servicios, así como en el desarrollo de alianzas estratégicas a largo plazo. Ha cobrado nuevo impulso con la iniciativa china de un billón de dólares llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), que ha vuelto a despertar la conciencia mundial sobre las implicaciones estratégicas del desarrollo de infraestructuras y energía.
También está claro que China ha vuelto la mirada de sus inversiones hacia territorios más cercanos. Datos publicados recientemente por Baker McKenzie y Rhodium Group muestran que la inversión extranjera directa china conjunta en Norteamérica y Europa cayó un 73 % en 2018, pasando de 111.000 millones de dólares en 2017 a un mínimo de seis años de 30.000 millones de dólares el año pasado, debido a una combinación de nuevos controles internos y un mayor escrutinio de las inversiones en los países destinatarios. Esto significa que la región de Asia-Pacífico será un foco de atención para China como nunca antes.
Mientras tanto, la intensificación de la guerra comercial entre Estados Unidos y China ha ido acompañada de un enfoque estadounidense mucho más firme para afianzar su influencia geopolítica en Asia-Pacífico, incluida la puesta en marcha de la llamada «Estrategia Indopacífica», una rival incipiente, pero seria, de la BRI.
A medida que avanzan estos importantes acontecimientos geopolíticos, Japón sigue apostando a largo plazo. Los promotores y las instituciones financieras japonesas (incluida su agencia de crédito a la exportación) han creado con cautela y a lo largo del tiempo amplias redes y experiencia en el desarrollo de infraestructuras en el Sudeste Asiático y otros lugares, principalmente para apuntalar el débil crecimiento interno. Esto, junto con su relativa neutralidad geopolítica, coloca hoy a Japón en la posición singular de que tanto China como Estados Unidos cortejen su participación en sus respectivos esfuerzos de desarrollo de infraestructuras.
Como reflejo de esta posición singular, en una reciente cumbre en Tokio, los dirigentes de Japón y cinco países del Sudeste Asiático acordaron adoptar una nueva política para impulsar más de 150 proyectos en la región del Mekong, mediante la «asistencia oficial para el desarrollo» de Japón en el marco de la Estrategia Indopacífica. Menos de tres semanas después, el primer ministro japonés Shinzō Abe estaba en Pekín para firmar un acuerdo entre Japón y China con el fin de facilitar conjuntamente alrededor de 50 proyectos de infraestructura del sector privado en Asia y otros lugares (el primero será una nueva «ciudad inteligente» en Tailandia), mientras que el Banco Japonés de Cooperación Internacional acordó establecer un marco de financiación conjunta con el Banco de Desarrollo de China.
Está por verse durante cuánto tiempo Japón podrá apoyar y participar activamente tanto en las iniciativas indopacíficas como en la BRI sin que Estados Unidos, China o ambos presionen al Gobierno de Abe para que, en la práctica, tome partido.

De lo bilateral a lo multilateral
A medida que siguen desarrollándose estas fuerzas históricas, ¿cómo pueden los gobiernos, los promotores y las organizaciones del sector privado aprovechar esta competencia geopolítica en beneficio de sus clientes y ciudadanos?
Tomemos el ejemplo de Tailandia. Por su posición en el corazón de la región del Mekong y por ser la segunda economía más grande del Sudeste Asiático, el reino es un objetivo prioritario tanto para la BRI como para las iniciativas indopacíficas. Dadas las limitaciones fiscales, es inevitable que el Gobierno tailandés siga buscando asistencia internacional de instituciones de financiación del desarrollo, bancos comerciales, inversores y promotores para cerrar su brecha de infraestructura.
Pero ¿cómo eligen las autoridades y los promotores tailandeses lo mejor para el éxito a largo plazo de sus proyectos y de la nación? Para muchos gobiernos, la promesa de préstamos bilaterales de un banco chino de política pública, aparentemente con menos condiciones, ha sido el principal atractivo de la BRI durante los últimos cinco años. Sin embargo, ante la creciente preocupación por los niveles de deuda a largo plazo y algunas difíciles relaciones de trabajo surgidas al desarrollar proyectos únicamente con China, esta primera fase de la BRI empieza a perder impulso.
Más alentadoramente, como demuestra el nuevo acuerdo sino-japonés sobre el desarrollo de infraestructuras en «terceros países», ya se vislumbra la siguiente fase de la BRI. Países como Tailandia tendrán una gama más amplia de proveedores muy activos de financiación multilateral para el desarrollo, incluidos préstamos conjuntos de China y Japón. Según nuestra investigación reciente sobre la financiación de infraestructuras en mercados emergentes, aunque la financiación multilateral puede tener criterios de préstamo más estrictos, es probable que estos acuerdos fomenten un mayor interés de los prestamistas comerciales, los inversores y otros participantes del sector privado.
Desde 2017, el Gobierno chino también ha ordenado a los bancos de política pública y a los promotores chinos que evalúen y gestionen con mayor eficacia las preocupaciones sociales y medioambientales en los países anfitriones; un enfoque multilateral debería contribuir aún más a ello.
Además, desde el punto de vista político, es probable que resulte mucho más fácil defender en el país un proyecto con financiación multilateral; países como Tailandia, que llevan décadas haciendo negocios de infraestructura con Japón, pueden aprovechar las redes ya establecidas y el grado de confianza existente.

La variedad de proyectos acordados recientemente en distintas cumbres importantes deja claro que las autoridades tailandesas se sienten cómodas trabajando con ambas partes de la división geopolítica entre Estados Unidos y China.
Tomemos la mencionada ciudad inteligente tailandesa, anunciada en Pekín y que actualmente se está desarrollando a unas dos horas al sudeste de Bangkok. La Yokohama Urban Solution Alliance de Japón, junto con la empresa constructora china JSCC y Amata, el principal nombre de Tailandia en la construcción de parques industriales, tienen previsto comenzar casi de inmediato las obras del proyecto.
En la balanza
Mientras tanto, el Banco Japonés de Cooperación Internacional, la Corporación de Inversión Privada en el Extranjero de Estados Unidos y la Corporación de Financiación y Seguro de Exportaciones de Australia han firmado un memorando de entendimiento para trabajar juntos en la financiación de futuros proyectos de infraestructura indopacífica. Tailandia será uno de los primeros beneficiarios clave de este esfuerzo multilateral.
En otras naciones del Sudeste Asiático, los cambios políticos pueden generar incertidumbre sobre cómo se financiarán los grandes proyectos de infraestructura y quién lo hará. Pero, pese a los vientos de cambio político que soplan en algunas capitales de la ASEAN, nada indica que se esté cerrando por completo la puerta a los proyectos de la BRI.
Así pues, si se mantiene el equilibrio geopolítico actual, las perspectivas son favorables, sobre todo para el Sudeste Asiático. Una mayor competencia y una contratación de proyectos más sofisticada por parte de todos deberían dar a las naciones del Sudeste Asiático más margen para negociar mejores condiciones y una mayor participación de la mano de obra local (si cuentan con asesoría jurídica competente), así como una mayor proporción de los beneficios para el sector privado local; al mismo tiempo, los préstamos multilaterales deberían aliviar algunas preocupaciones sobre la influencia a largo plazo de una nación sobre otra. Para los gobiernos, las autoridades locales y los promotores privados de mercados emergentes que tengan en cartera planes viables para proyectos de infraestructura, este podría ser un momento excepcionalmente oportuno para seguir adelante.



