China puede enseñar a Occidente una importante lección sobre innovación

Aug 6, 2016; Rio de Janeiro, Brazil; The American flag flies above the Chinese flags after Virginia Thrasher took the gold medal in the 10m air rifle competition at Olympic Shooting Centre. Mandatory Credit: Geoff Burke-USA TODAY Sports Picture Supplied by Action Images
Chinese entrepreneurs are showing a drive to innovate for themselves rather than copying whats out there.Image: Action Images / Reuters
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Desde principios del siglo XIX hasta principios del siglo XX, los países occidentales atribuyeron su crecimiento económico a los descubrimientos de «científicos y navegantes». A un país solo le hacía falta el «entusiasmo» para desarrollar aplicaciones comerciales «evidentes» y construir las instalaciones necesarias para satisfacer la demanda de nuevos productos.

Hasta hace poco, los chinos creían lo mismo. Pero ahora, los empresarios y emprendedores chinos muestran cada vez más no solo el impulso emprendedor para adaptarse a nuevas oportunidades, sino también el deseo y la capacidad de innovar por sí mismos, en lugar de limitarse a copiar lo que ya existe.

De hecho, cada vez más empresas chinas se dan cuenta de que deben innovar para adelantarse a sus competidores en la economía mundial y mantener esa ventaja. Varias empresas —en particular Alibaba, Baidu y Tencent— lograron avances decisivos al ofrecer infraestructuras propias de la era digital que facilitan la actividad innovadora. Y las empresas industriales se han adentrado recientemente en los campos de la robótica y la inteligencia artificial.

El auge de TencentImage: Statista

Por su parte, el Gobierno de China apoya claramente que las empresas chinas desarrollen la capacidad de producir innovaciones propias. Sin duda, reconoce que estas innovaciones son aún más valiosas cuando la innovación sigue siendo débil en Occidente, donde el crecimiento de la productividad total de los factores (PTF) continúa su prolongada desaceleración.

En los últimos años, el Gobierno de China ha puesto en marcha iniciativas destinadas a impulsar tanto el emprendimiento como la innovación. Ha acortado drásticamente el proceso para crear una empresa. Ha construido un gran número de escuelas, donde los niños chinos aprenden más sobre el mundo al que se enfrentarán. Y recientemente facilitó la entrada de expertos extranjeros para trabajar en nuevos proyectos del sector empresarial.

Las autoridades también han reconocido la importancia de permitir una mayor competencia en la economía. Se debería dar libertad a las personas para crear nuevas empresas y a las empresas existentes para entrar en nuevas industrias. La competencia resuelve muchos problemas, un hecho que Occidente parece olvidar cada vez más.

En la reunión anual del Foro Económico Mundial celebrada en enero en Davos, Suiza, funcionarios chinos debatieron reformas básicas que el Gobierno introdujo hace dos años para aumentar la competencia. Según la nueva política, el exceso de capacidad indica ahora que se debería permitir que la oferta se contraiga y que las empresas redundantes salgan del mercado. Por supuesto, el exceso de demanda indica que se debería permitir que la oferta aumente, lo que daría lugar a la entrada de nuevas empresas.

La idea clave es que, cuando se protege a las empresas existentes frente a nuevos participantes en el mercado que aportan ideas nuevas, el resultado es menos innovación y menos «adaptación» a un mundo cambiante, por usar la expresión de Friedrich Hayek.

Cabe plantear otro argumento. En cualquier economía moderna, prácticamente todas las industrias operan ante un futuro en gran medida imprevisible. Cuantas más empresas de una industria reflexionen sobre un problema, más probable será encontrar una solución. Una empresa que no ha podido entrar en una industria podría saber algo que desconocen todas las empresas que ya operan en ella. O alguna experiencia singular podría haber proporcionado a una persona «conocimiento personal» imposible de transmitir a quienes no han vivido la misma experiencia. Sea cual sea el caso, la sociedad se beneficia —con precios más bajos, más empleos, mejores productos y servicios, entre otras cosas— cuando quienes vienen de fuera y tienen algo que aportar pueden hacerlo libremente.

Todo esto ya lo sabían los grandes teóricos de las décadas de 1920 y 1930: Hayek, Frank Knight y John Maynard Keynes. Y ahora también lo saben los chinos, que entienden que un país se beneficia cuando las empresas —cada una con sus propias ideas y conocimientos— pueden competir libremente.

Occidente parece haberlo olvidado. Desde la década de 1930, la mayoría de los gobiernos occidentales han considerado que es su deber proteger a las empresas establecidas de la competencia, incluso cuando esta procede de nuevas empresas que ofrecen nuevas formas de adaptación o innovación. Estas protecciones, que adoptan innumerables formas, casi con toda seguridad han disuadido a muchos emprendedores de presentar ideas nuevas y mejores.

La historia está repleta de pruebas del valor de la competencia. En la Gran Bretaña de posguerra, hasta bien entrada la década de 1970, las industrias estaban controladas por clubes exclusivos dentro de la Confederación de la Industria Británica, que impedían la entrada de nuevos participantes. Cuando Margaret Thatcher se convirtió en primera ministra en 1979, la PTF se había estancado. Pero Thatcher puso fin a las prácticas anticompetitivas de la Confederación, y la PTF británica volvió a crecer a mediados de la década de 1980.

Ahora vemos algo parecido en China. Para 2016, la tasa de crecimiento de la PTF china llevaba varios años desacelerándose. Pero desde las reformas de ese año, ha ido en aumento.

Occidente debe hacer frente a la fuerte desaceleración de la PTF, que se prolonga desde finales de la década de 1960. Acabar con la protección de las empresas establecidas frente a nuevos participantes que aportan ideas para nuevas adaptaciones e innovaciones es un buen punto de partida.

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