David Autor, economista laboral del Instituto Tecnológico de Massachusetts, tiene un historial de abordar los asuntos más importantes y apremiantes. Ha alertado sobre la desaparición de empleos de cualificación media, señalado los inconvenientes del comercio con China, advertido sobre la creciente concentración industrial y cuestionado si la automatización destruirá empleos.
En una conferencia reciente en la reunión de la Asociación Económica Estadounidense en Atlanta, Autor intentó entrelazar muchos de esos temas en un solo relato. Parafraseando ampliamente, la historia sería más o menos así: Hace cuarenta años, los estadounidenses que no iban a la universidad podían mudarse a las ciudades y conseguir buenos empleos en la industria manufacturera o en oficinas. Pero, a partir de alrededor de 1980, esos empleos empezaron a desaparecer, en parte debido a la deslocalización y la automatización. Para el año 2000, la industria manufacturera estaba en franco retroceso:
Cada vez más, quienes no tenían estudios universitarios se veían empujados a empleos de servicios de baja cualificación: limpieza, seguridad, comercio minorista, restauración y trabajo manual. Por fortuna, más estadounidenses que antes fueron a la universidad, pero quienes no lo hicieron quedaron cada vez más marginados.
Al mismo tiempo que aumentaba la desigualdad educativa, también lo hacía la desigualdad geográfica. Los empleos de alta cualificación se concentraban cada vez más en las ciudades, mientras que los empleos de servicios de baja cualificación abundaban más fuera de los centros urbanos. A la vez, los salarios de los empleos de cualificación media, como los de la industria manufacturera y las oficinas, se igualaron entre las ciudades y las zonas rurales: quienes trabajan en estos empleos ya no pueden obtener un gran aumento salarial por mudarse a la ciudad.
Así, se ha cerrado una importante vía hacia la prosperidad de la clase media. Antes, incluso las personas sin estudios universitarios podían mudarse a una gran ciudad y trabajar en una fábrica o una oficina por un buen salario; ahora, les convendría quedarse en sus localidades de origen. Como muestra Autor, la brecha educativa entre las zonas urbanas y rurales se ha ampliado: en 1970, la probabilidad de que un estadounidense de una zona rural tuviera un título universitario era apenas un 5 % menor que la de alguien de una zona urbana, pero para 2015 la brecha había aumentado a 20 puntos. En otras palabras, la gran división social de Estados Unidos —personas sin estudios universitarios en pueblos pequeños y personas con estudios en las ciudades— tiene su origen en profundas fuerzas económicas.
En realidad, es probable que los datos salariales de Autor subestimen lo precarias que son las perspectivas en las grandes ciudades para quienes no tienen títulos universitarios. El alquiler y otros costos de vida son mucho más altos en las zonas urbanas, por lo que allí el sueldo rinde mucho menos. Jed Kolko, economista de la empresa de búsqueda de empleo Indeed, observa que, al ajustar los salarios según el costo de vida local, el trabajador promedio gana en realidad menos en Nueva York o Los Ángeles que en Toledo, Ohio, o Birmingham, Alabama:
Por su parte, un mapa del Hamilton Project, perteneciente al centro de estudios Brookings Institution, muestra que los salarios ajustados al costo de vida varían poco en Estados Unidos.
Para los trabajadores con estudios universitarios, el panorama probablemente sea muy distinto. Autor muestra que estos trabajadores todavía obtienen un gran aumento salarial al mudarse a zonas densamente pobladas, probablemente más que suficiente para compensar el mayor costo de vida.
¿Por qué las ciudades ya no son tierra de oportunidades para los trabajadores con cualificación media y quienes no tienen títulos universitarios? Las fuerzas económicas que impulsan la urbanización están cambiando, a medida que la economía estadounidense pasa de la industria manufacturera a las industrias del conocimiento, como el software y las finanzas.
Parte de esto puede explicarse por las dos razones económicas básicas por las que existen las ciudades en una economía moderna: la aglomeración y la concentración. La aglomeración se refiere a la tendencia de las empresas de todo tipo, en especial las manufactureras, a ubicarse unas cerca de otras. Esto ocurre porque los empleadores quieren estar cerca de sus empleados, quienes, a su vez, quieren vivir cerca de las empresas donde trabajan y a las que compran productos. El resultado es una ciudad con muchas industrias diferentes.
La concentración, en cambio, se refiere a la tendencia de las empresas de un mismo sector, como la tecnología, a querer estar cerca unas de otras. Sus efectos son mucho más fuertes en las industrias basadas en el conocimiento, como la tecnología y las finanzas, porque las ideas son su sustento, y los trabajadores que viven cerca tienden a compartir ideas entre sí y con distintos empleadores. La concentración también surge porque los empleadores necesitan tener acceso a una amplia reserva de trabajadores cualificados. Estas son las fuerzas que impulsan Silicon Valley y otros polos tecnológicos.
A medida que la economía estadounidense ha trasladado la producción manufacturera al extranjero o la ha automatizado, y los consumidores han pasado de comprar más bienes físicos a adquirir más bienes y servicios digitales, la aglomeración ha perdido importancia frente a la concentración. Las ciudades industriales del siglo pasado han dado paso a centros tecnológicos y financieros. El economista Enrico Moretti ha documentado este proceso con gran detalle en su libro La nueva geografía del empleo. Este cambio probablemente explica muchas de las tendencias que observa Autor.
Entonces, ¿qué se puede hacer para ayudar a los trabajadores de cualificación media y a quienes no tienen estudios universitarios a llevar una vida digna de clase media? ¿Y cómo se puede frenar o mitigar la creciente brecha entre los pueblos pequeños y las grandes ciudades? La propuesta de Moretti, que han secundado algunos grupos activistas de desarrollo urbano, es construir muchas más viviendas en las ciudades, bajar los alquileres y hacerlas más habitables para todos. Otra idea es recurrir a las universidades de investigación para revitalizar las regiones en declive, dispersando a los trabajadores del conocimiento en zonas menos pobladas.
Pero, en última instancia, quizá el gobierno tenga que intervenir en favor de la clase trabajadora de los servicios. Se pueden aplicar subsidios salariales, atención médica pública, ayudas a los ingresos, pensiones transferibles, políticas favorables a los sindicatos y otros incentivos para elevar los salarios, con el fin de que los empleos poco cualificados de hoy se parezcan más a los buenos empleos de oficina y fábrica de antaño. La alternativa podría ser ver cómo los trabajadores sin estudios universitarios y los pueblos pequeños se quedan aún más rezagados.


