¿Cómo puede Argentina seguir siendo competitiva en la Cuarta Revolución Industrial?

A man walks past the main entrance of the Buenos Aires Stock Exchange, Argentina, January 12, 2017. REUTERS/Marcos Brindicci - RTX2YPX1
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Hace dos semanas tuve la oportunidad de participar en el Foro Económico Mundial sobre América Latina, celebrado en Buenos Aires, y aproveché mi estancia allí para visitar a miembros de la Administración Macri y a líderes del empresariado. He visitado Argentina en varias ocasiones en el pasado y atesoro un respetable conjunto de experiencias previas.

Mi participación se centró en el Índice de Competitividad Global que el Foro publica cada año y que mide la eficiencia con la que los países utilizan sus recursos y capacidades para brindar prosperidad a sus ciudadanos.

En 2016, los primeros puestos del Índice correspondieron, en este orden, a Suiza, Singapur, Estados Unidos, Alemania, los Países Bajos y Japón. Argentina, un país con abundantes recursos naturales, una alta tasa de alfabetización y una sólida base industrial, ocupa un decepcionante puesto 104 (de 142 países). ¿Qué puede hacer la Administración Macri para mejorar su desempeño en este Índice?

A finales de 2015, Mauricio Macri heredó un país con una situación económica extraordinariamente complicada en todos los frentes: un déficit fiscal del 5,7 % del PIB, un déficit creciente en la cuenta de pagos, una inflación del 40 %, el cierre de los mercados internacionales de crédito, unas reservas de divisas mínimas, una moneda sobrevalorada, la pérdida de autosuficiencia energética, etc.

No sin grandes esfuerzos y desgaste político, se están poniendo en marcha políticas adecuadas de ortodoxia económica que deberían permitir estabilizar la economía a corto plazo, como la liberalización del mercado cambiario, el fin del impago tras un acuerdo con los acreedores holdout, la eliminación de las barreras arancelarias y de las retenciones a las exportaciones, etc. A esto hay que añadir las medidas que se están adoptando para mejorar la transparencia (incluidas las estadísticas oficiales) y fortalecer las instituciones. Todas estas iniciativas han tenido un efecto inmediato: la colocación total de la masiva emisión de bonos de abril de 2016, un aumento del 50 % de las reservas internacionales y una reducción de la inflación.

Aunque el crecimiento económico anunciado por las instituciones internacionales está tardando en ponerse en marcha, mi impresión es que el país podría iniciar pronto un círculo virtuoso gracias a la recuperación del consumo de los hogares, la formación bruta de capital público (el país necesita enormes inversiones en infraestructura) y las inversiones privadas de capital (especialmente en el sector inmobiliario, gracias a la repatriación de capitales). Si hay estabilidad política después de las elecciones legislativas de octubre, la economía podría pasar página pronto, tras algunos años de desequilibrios.

Sin embargo, esta ortodoxia económica y el fortalecimiento de las instituciones quizá no basten para garantizar la competitividad a largo plazo. Como dije durante mis debates en paneles, es muy difícil predecir la prosperidad a medio y largo plazo de los países que atraviesan este proceso de automatización y conectividad extremas que llamamos la Cuarta Revolución Industrial. Lo que será relevante en el futuro puede ser muy distinto de lo que ha sido relevante hasta ahora. Por ejemplo, el crecimiento económico basado en el excedente de mano de obra podría tener poca importancia en el futuro (¿por qué fabricar con mano de obra barata en Vietnam si se puede fabricar con robots que requieren pocos gastos operativos en California?).

En el índice de competitividad actual, Argentina está mal posicionada prácticamente en todos los frentes: instituciones (130), infraestructura (85), entorno macroeconómico (130), salud (63), eficiencia de los mercados de bienes (135), eficiencia del mercado laboral (130), desarrollo del mercado financiero (127), innovación (81) y sofisticación empresarial (88).

Sin embargo, el país tiene algunos aspectos favorables que le ayudarán a adaptarse adecuadamente a la Cuarta Revolución Industrial.

En primer lugar, el país está relativamente bien posicionado en educación superior (40), sobre todo en cuanto al número de estudiantes en educación primaria (13), secundaria (29) y terciaria (16), más que en cuanto a la calidad de la educación (92). Además, la innovación orientada a la investigación científica también obtiene una buena puntuación (33), al igual que la penetración de Internet (50) y la infraestructura de comunicaciones fijas (54) y móviles (46). Argentina también cuenta con un mercado lo bastante grande como para garantizar su prosperidad (28).

Estos aspectos son más relevantes que nunca. Una vez que el país haya estabilizado su situación macroeconómica, debería reforzar la educación, la ciencia y la infraestructura de comunicaciones. En este nuevo mundo que se avecina, estos tres elementos serán extremadamente importantes. Si Argentina flexibiliza su mercado laboral y le permite adaptarse al nuevo entorno, podría tener un futuro prometedor, además de su potencial inagotable para liderar la producción mundial de alimentos.

Durante mi reciente visita a Buenos Aires, muchos de los funcionarios públicos y empresarios que conocí acababan de regresar para servir al país, tras haber tenido vidas profesionales exitosas en el extranjero. Cuando un país consigue recuperar tanto talento, como aprendí en mi propio país durante los años 80, sus posibilidades de éxito aumentan extraordinariamente.

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