Por qué armonizar las necesidades sanitarias mundiales y locales es clave para una distribución sostenible de vacunas

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  • Los países desarrollados han inmunizado contra la COVID-19 a más del 70 % de su población, mientras que en la mayoría de los países africanos la cifra es inferior al 10 %.

  • Esta desigualdad pone de manifiesto la desconexión y la desconfianza que sienten las comunidades de los países en desarrollo respecto de las vacunas.

  • Debemos garantizar que la seguridad sanitaria y económica mundial esté vinculada a las necesidades sanitarias universales de las familias y las comunidades.

La pandemia de COVID-19, aún en curso, es un crudo recordatorio del daño que los agentes infecciosos pueden causar a la vida y los medios de subsistencia de las personas. Las vacunas se cuentan entre las herramientas más eficaces para proteger la salud pública mediante la prevención de enfermedades infecciosas: representan el poder tangible de la ciencia y la tecnología para mejorar la condición humana.

Las vacunas evitan la pérdida de al menos 2,5 millones de vidas al año a causa de enfermedades infecciosas como la tuberculosis, la difteria, la tos ferina, el tétanos, las neumonías bacterianas y el sarampión. Son la herramienta más eficaz para frenar la pandemia, salvar vidas y empezar a reparar los daños económicos, que hasta ahora han costado a la economía mundial al menos 22 billones de dólares estadounidenses.

Sin embargo, en el impulso para conseguir vacunas contra la COVID-19 es importante que reconozcamos la necesidad de crear sistemas básicos de atención de salud que permitan administrar las vacunas habituales y prestar los servicios esenciales que necesitan las comunidades. Conciliar las necesidades percibidas a escala mundial (la seguridad sanitaria) con las necesidades percibidas por las comunidades (las causas inmediatas de las enfermedades y las muertes) será clave para combatir la pandemia actual y abordar otras causas prevenibles de enfermedad y muerte en las regiones más pobres del mundo.

Las vacunas protegen cada año a más de 100 millones de niños frente a enfermedades mortales prevenibles, muchos de ellos en países pobres y vulnerables. La viruela se ha erradicado gracias a las vacunas y el poliovirus salvaje está cerca de ser erradicado. La reducción de la mortalidad, la disminución del número de hijos deseado y el aumento de la esperanza de vida hacen que las estructuras demográficas sean menos dependientes y permiten a los países cosechar los dividendos demográficos del crecimiento económico.

Para aprovechar a gran escala el potencial de las vacunas seguras y eficaces se necesitan sistemas de atención primaria de salud operativos, bien gestionados y con financiación adecuada, además de una infraestructura de cadena de frío y personal capacitado que llegue hasta la primera línea de las comunidades. También se necesitan sistemas seguros de datos e información, así como una comunicación fiable con las familias y los padres sobre la seguridad y la eficacia de las vacunas. Sin la infraestructura para distribuirlas, millones de niños y adultos quizá nunca lleguen a beneficiarse de estas poderosas herramientas.

La creciente desigualdad mundial en el acceso a las vacunas contra la COVID-19 refleja el estado de nuestro mundo. Mientras los países desarrollados, que han inmunizado a más del 70 % de su población, contemplan administrar dosis de refuerzo y ampliar la elegibilidad a niños menores de 12 años, muchos países en desarrollo apenas han empezado a ampliar la cobertura de las vacunas contra la COVID-19 entre su población. En la mayoría de los países africanos, la cobertura de vacunación contra la COVID-19 es inferior al 5 %. Esto se debe en gran medida a que los países desarrollados acaparan dosis para sus propias poblaciones y a que los líderes mundiales no han logrado unirse en torno a un mecanismo multilateral común ni financiarlo para garantizar el acceso a todas las poblaciones, independientemente de sus ingresos.

Para aprovechar a gran escala el potencial de las vacunas seguras y eficaces se necesitan sistemas de atención primaria de salud operativos, bien gestionados y con financiación adecuada.

Muhammad Ali Pate.

Ha surgido un mundo dividido en dos, según el acceso al suministro de vacunas contra la COVID-19, y la evolución de la pandemia viral viene acompañada de una pandemia de desinformación sobre la seguridad, la eficacia y el valor de la vacunación. Las economías avanzadas, que tardíamente han comprendido que para que sus países estén realmente seguros todos los países deben tener acceso a las vacunas, han intensificado sus promesas de donar las dosis excedentes de vacunas contra la COVID-19.

Centrarse exclusivamente en las vacunas contra la COVID-19 según las necesidades percibidas a escala mundial, sin reconocer las necesidades percibidas por las comunidades más pobres, podría alimentar inadvertidamente la resistencia a estas vacunas y a otras que salvan vidas.

En 2009, durante la campaña de erradicación de la poliomielitis en el norte de Nigeria, recuerdo que una de las principales razones por las que las comunidades locales rechazaban el esfuerzo mundial para erradicar la polio eran las teorías conspirativas, que ponían de relieve la desconexión entre las necesidades percibidas a escala mundial y las locales. Los líderes comunitarios se preguntaban por qué la comunidad mundial promovía la vacunación oral contra la polio yendo casa por casa, mientras que los centros de atención primaria de salud del norte de Nigeria carecían de vacunas contra el sarampión y tratamientos contra la malaria, que causaban enfermedades y muertes más visibles.

¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para facilitar el acceso a las vacunas?

Algunos de estos elementos también están apareciendo ahora en las campañas contra la polio en Afganistán y Pakistán. En el caso de Nigeria, cuando replanteamos la campaña de erradicación de la polio y la convertimos en punta de lanza para transformar la inmunización sistemática y la atención primaria de salud, los líderes comunitarios tradicionales se implicaron más en apoyar la iniciativa mundial de erradicación de la polio y contribuyeron a interrumpir con éxito la transmisión del poliovirus, como parte de esfuerzos más amplios para mejorar la prestación de servicios esenciales a nivel comunitario.

La seguridad sanitaria y económica mundial depende de la cobertura universal de las necesidades básicas de salud de las familias y las comunidades, así como de fomentar relaciones de confianza en todo el mundo. El impulso para aumentar la financiación de la preparación ante pandemias y de los bienes públicos mundiales, como el Fondo Mundial para Amenazas propuesto, de entre 10.000 y 15.000 millones de dólares al año, está justificado a la luz de las lecciones de la pandemia. Pero si se destinan los recursos adicionales desde la óptica de la seguridad mundial de los países más ricos, sin abordar la realidad de que la mitad de la población mundial carece de acceso a servicios de salud básicos que salvan vidas, es poco probable que la inversión permita lograr una seguridad sanitaria sostenible a largo plazo. Avanzar hacia la cobertura sanitaria universal sobre la base de una atención primaria de salud replanteada es un mejor camino hacia la resiliencia económica y sanitaria mundial sostenible.

A los países desarrollados les conviene, por interés propio y con visión de futuro, garantizar que ningún país ni población carezca de acceso a los servicios de salud más básicos, entre los cuales la vacunación es la herramienta más poderosa.

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