Las perspectivas económicas de África se ven afectadas por las fuertes alzas de los precios de los alimentos y los combustibles debido a la invasión rusa de Ucrania, afirma el FMI.
El FMI prevé que el crecimiento económico de África se desacelere al 3,8 por ciento este año, frente al 4,5 por ciento del año pasado.
Según el FMI, los países necesitan una respuesta de política económica cuidadosa para afrontar estos desafíos, que incluya transferencias directas para proteger a los hogares más vulnerables.
Otras opciones incluyen subsidios temporales o reducciones tributarias focalizadas con fechas de finalización claras.
Los países de África subsahariana se enfrentan a otro choque grave y exógeno. La invasión rusa de Ucrania ha provocado un aumento de los precios de los alimentos y los combustibles que amenaza las perspectivas económicas de la región. Este último revés no podía haber llegado en peor momento: el crecimiento empezaba a recuperarse y los responsables de formular políticas comenzaban a abordar el legado social y económico de la pandemia de COVID-19 y otros desafíos de desarrollo. Las consecuencias de la guerra serán profundas: erosionarán los niveles de vida y agravarán los desequilibrios macroeconómicos.
Impacto de la guerra en Ucrania en los países de África
Ahora prevemos que el crecimiento se desacelere al 3,8 por ciento este año, frente al 4,5 por ciento del año pasado, que superó las expectativas, según nuestras últimas Perspectivas económicas regionales. Aunque proyectamos que el crecimiento anual promediará el 4 por ciento a mediano plazo, será demasiado lento para recuperar el terreno perdido durante la pandemia. Se espera que la inflación de la región se mantenga elevada en 2022 y 2023, en el 12,2 por ciento y el 9,6 por ciento, respectivamente: será la primera vez desde 2008 que la inflación promedio regional alcanzará niveles tan altos.
Hay tres canales principales por los que la guerra está afectando a los países de África, con diferencias notables tanto entre los países como dentro de ellos:
Los precios de los alimentos, que representan cerca del 40 por ciento del gasto de los consumidores en África, están subiendo rápidamente. Alrededor del 85 por ciento del trigo que abastece a la región es importado. Los mayores precios de los combustibles y los fertilizantes también afectan la producción nacional de alimentos. En conjunto, estos factores perjudicarán de manera desproporcionada a las personas pobres, especialmente en las zonas urbanas, y aumentarán la inseguridad alimentaria.
Los mayores precios del petróleo elevarán en unos 19.000 millones de dólares la factura de importación de los países africanos importadores de petróleo, agravando los desequilibrios comerciales y aumentando los costos del transporte y de otros bienes de consumo. Los Estados frágiles importadores de petróleo serán los más afectados; se prevé que sus saldos fiscales se deterioren alrededor de un 0,8 por ciento del producto interno bruto en comparación con la proyección de octubre de 2021—el doble que en otros países importadores de petróleo. Sin embargo, los ocho exportadores africanos de petróleo se benefician de los mayores precios del crudo.
El choque hará más difícil una tarea fiscal ya delicada: aumentar el gasto en desarrollo, movilizar más ingresos tributarios y contener las presiones de la deuda. En general, las autoridades fiscales no están bien preparadas para afrontar nuevos choques después de la pandemia. La mitad de los países de ingreso bajo de África ya está en situación de sobreendeudamiento o corre un alto riesgo de estarlo. El aumento de los precios del petróleo también supone un costo fiscal directo para los países a través de los subsidios a los combustibles, mientras que la inflación hará impopular reducirlos. Las presiones sobre el gasto no harán más que aumentar a medida que se desacelere el crecimiento, mientras que el alza de las tasas de interés en las economías avanzadas puede encarecer y dificultar el acceso al financiamiento para algunos gobiernos.
Los países de África necesitan una respuesta de política económica cuidadosa para afrontar estos enormes desafíos. La política fiscal deberá ser focalizada para evitar agravar las vulnerabilidades de la deuda. En la medida de lo posible, los responsables de formular políticas deberían recurrir a transferencias directas para proteger a los hogares más vulnerables. También ayudaría mejorar el acceso al financiamiento para los agricultores y las pequeñas empresas.
Los países que no puedan ofrecer transferencias focalizadas pueden recurrir a subsidios temporales o reducciones tributarias focalizadas, con fechas de finalización claras. Si están bien diseñadas, estas medidas pueden proteger a los hogares dándoles tiempo para adaptarse gradualmente a los precios internacionales. Para aumentar la resiliencia ante futuras crisis, sigue siendo importante que estos países de África desarrollen redes de protección social eficaces. Se podrían utilizar tecnologías digitales, como el dinero móvil o las tarjetas inteligentes, para focalizar mejor las transferencias sociales, como hizo Togo durante la pandemia.
Los importadores netos de materias primas, como Benín, Etiopía y Malaui, tendrán que encontrar recursos para proteger a las personas vulnerables mediante la reasignación de prioridades del gasto. Es probable que los exportadores netos, como Nigeria, se beneficien del aumento de los precios del petróleo, pero solo podrán obtener un beneficio fiscal si contienen los subsidios a los combustibles que conceden. Es importante que las ganancias extraordinarias se destinen en gran medida a fortalecer los márgenes de maniobra de las políticas, respaldados por instituciones fiscales sólidas, como un marco fiscal creíble a mediano plazo y un sistema sólido de gestión de las finanzas públicas.
Para gestionar la disyuntiva entre contener la inflación y apoyar el crecimiento, los bancos centrales deberán vigilar atentamente la evolución de los precios y subir las tasas de interés si aumentan las expectativas de inflación. También deberán protegerse frente a los riesgos para la estabilidad financiera que plantean las tasas más altas y mantener un marco de políticas creíble, respaldado por una sólida independencia y una comunicación clara.
La necesidad de solidaridad internacional
La comunidad internacional debe redoblar sus esfuerzos para aliviar la crisis de seguridad alimentaria. La reciente declaración conjunta del FMI, el Banco Mundial, el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas y la Organización Mundial del Comercio pidió suministros de alimentos de emergencia, apoyo financiero, incluidas donaciones, un aumento de la producción agrícola y el libre comercio, entre otras medidas.
Cumplir el compromiso de los países del Grupo de los Veinte de reencauzar 100.000 millones de dólares de su asignación de Derechos Especiales de Giro del FMI hacia los países vulnerables supondría una importante contribución a las necesidades de liquidez de África a corto plazo y a su desarrollo a más largo plazo. Hay opciones para reencauzar los DEG, por ejemplo, a través del Fondo Fiduciario para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza del FMI o del recién creado Fondo Fiduciario para la Resiliencia y la Sostenibilidad, que ha recibido promesas de aportación por casi 40.000 millones de dólares.
Por último, en algunos países, restablecer la sostenibilidad de la deuda requerirá reestructurar el perfil de la deuda o llevar a cabo una reestructuración integral de la deuda pública. Para hacerlo realidad, el Marco Común del G20 debe definir mejor el proceso y el calendario de reestructuración de la deuda, así como la aplicación de la comparabilidad del trato entre acreedores. Es importante suspender los pagos del servicio de la deuda hasta que se alcance un acuerdo.



