No menos de siete informes institucionales y académicos sobre sistemas alimentarios mundiales sostenibles se publicaron en 2019. Nunca se había prestado tanta atención al papel que desempeñan nuestros sistemas alimentarios en la protección de la salud de las personas y del planeta.
La mala noticia es la siguiente: todos los informes coinciden en la misma conclusión, a saber, que nuestros sistemas alimentarios actuales son insostenibles desde una perspectiva ambiental, de recursos y de nutrición.
Tras décadas de descenso constante, la tendencia del hambre en el mundo se ha invertido. Mientras los líderes mundiales se reúnen en Ciudad del Cabo para la reunión sobre África del Foro Económico Mundial, sabemos que el hambre aumenta en casi todas las subregiones de África. Con más de 820 millones de personas en el mundo que aún pasan hambre, alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible de hambre cero para 2030 empieza a parecer una tarea titánica.
Más de 250 millones de personas están desnutridas en África, lo que las hace vulnerables a enfermedades y carencias, y propensas al retraso del desarrollo que limita su pleno potencial. Los costes económicos a largo plazo de esta situación son enormes: esto debe cambiar.
Dado que se espera que los efectos del cambio climático afecten aún más negativamente a la producción mundial de alimentos en las próximas décadas, será vital que todos trabajemos juntos. El sector público debe centrarse en políticas económicas y sociales que funcionen para todos. Y el sector privado debe desarrollar una agricultura más eficiente y regenerativa, protegiendo mejor el suelo y la biodiversidad, y reduciendo aún más la pérdida y el desperdicio de alimentos.
Pero también hay buenas noticias que comunicar: sí sabemos cómo revertir la tendencia del hambre y la malnutrición en África. Royal DSM, junto con nuestros socios en Africa Improved Foods (AIF), ha demostrado que las inversiones en agricultura y transformación local de alimentos funcionan. AIF es una nueva asociación público-privada multisectorial que alimenta a la población de Ruanda y, al mismo tiempo, impulsa el crecimiento económico.
Esta es la primera gran asociación público-privada dedicada a combatir el hambre y la malnutrición. Sin embargo, AIF no es una organización benéfica, sino una empresa conjunta con ánimo de lucro con accionistas de los sectores público y privado. Con una inversión de 70 millones de dólares, AIF llega ya a más de 2 millones de niños en Ruanda con una nutrición mejorada, gracias a la cooperación de pequeños agricultores, gobiernos, donantes y socios privados.
AIF adquiere cultivos básicos cultivados localmente a más de 24.000 pequeños agricultores, en su mayoría mujeres, a precios que garantizan unos ingresos previsibles. Los cultivos se procesan en la fábrica de AIF en Kigali y se distribuyen por todo el país.
Un estudio independiente realizado por la Universidad de Chicago estima que, entre 2016 y 2031, AIF generará 756 millones de dólares para la población de Ruanda. Tras dos años de funcionamiento exitoso, es momento de replicar este modelo en todo el continente.
Sería una forma de hacer obsoleta la ayuda alimentaria estructural. Los alimentos producidos localmente, con los nutrientes adecuados para una población local, son en cualquier caso una solución mejor y más sostenible para la población de África que importar alimentos básicos de Occidente, práctica aún habitual. Según la OCDE, en 2017 la ayuda oficial a África ascendió a 29.000 millones de dólares.
Invertir en la producción alimentaria local, con los nutrientes adecuados para la población local, es la única forma de lograr que África sea autosostenible, permitiendo que todos alcancen su pleno potencial. Con la población más joven del mundo, brindará una oportunidad histórica para alcanzar la prosperidad para todos. No la desaprovechemos.

