Con un destello de luz verde, un robot chisporrotea y cruza zumbando la habitación, obedeciendo las órdenes que Xaviera Nguefo, de 15 años, y su equipo le envían con el control remoto.
Es una escena que no desentonaría en una fantasía futurista de ciencia ficción, pero que en realidad transcurre en Yaundé, la polvorienta capital de Camerún, con sus calles llenas de baches y frecuentes cortes de electricidad.
En un país donde una de cada cuatro niñas ni siquiera aprende a leer, Xaviera, una de los cerca de 20 jóvenes cameruneses que estudian en el centro NextGen de Yaundé, está aprendiendo los fundamentos de la inteligencia artificial.
«Me encanta hacerlo porque aquí aplicamos todo lo que nos enseñan de física (en la escuela)», contó a la Fundación Thomson Reuters. «¡Y eso me hace un poco más inteligente!»
El centro es una iniciativa de Janet Fofang, científica y docente pionera que se propone formar a las futuras innovadoras tecnológicas de su país, con especial atención a las niñas.
Permite a los jóvenes cameruneses aprender a programar, construir robots y adquirir conocimientos informáticos avanzados, y forma parte de varias iniciativas que Fofang ha puesto en marcha, entre ellas una escuela tecnológica para 800 alumnos.
«Hemos visto que la tecnología demuestra a todos que es una buena forma de salir de la pobreza. Y todos sabemos que en estas regiones las mujeres siempre siguen en el umbral de la pobreza», afirmó.
Según un estudio de 2016 de UNICEF, el organismo de las Naciones Unidas para la infancia, casi una de cada tres niñas de Camerún se casa antes de los 18 años, lo que a menudo significa que abandona pronto la educación a tiempo completo.
En 2016, las niñas representaban el 95 por ciento de todos los niños que no asistían a la escuela, y los datos de la ONU correspondientes a 2010 —los más recientes disponibles— mostraban que las mujeres y las niñas constituían el 60 por ciento de la población analfabeta de Camerún.
Los estudios indican que educar a las niñas beneficia a la sociedad en un sentido más amplio, mucho más allá de cada niña en particular.
Si todas las niñas recibieran educación secundaria, las muertes infantiles se reducirían a la mitad y se salvarían casi 3 millones de vidas en todo el mundo, según una investigación de la UNESCO, el organismo cultural de las Naciones Unidas.
Fofang afirma que enseñar tecnología a las niñas puede ayudar a romper el ciclo de la «pobreza de generación en generación», pero añade que las actitudes sociales y la falta de oportunidades todavía las frenan.
«En Camerún, una niña demasiado ambiciosa no está bien vista; si eres demasiado ambiciosa, la sociedad te juzga», afirmó.
El techo de cristal
Persis Mbangsi, ingeniera química, es una de las pocas mujeres camerunesas que han roto el techo de cristal y no han permitido que la sociedad las frene.
Es la única mujer entre 500 ingenieros varones en la planta de aluminio de Camerún donde trabaja.
Junto con otras ingenieras, Mbangsi creó una iniciativa en redes sociales llamada Hidden No More Cameroon para dar a conocer los logros de las mujeres en tecnología.
La iniciativa se inspiró en la película de Hollywood «Hidden Figures», que cuenta la historia de tres matemáticas afroestadounidenses que en la década de 1960 desafían las probabilidades al ir a trabajar para la NASA.
«Tenemos un trasfondo cultural que dice que la mujer se queda en la cocina», señaló Mbangsi. «Pero imagina que alguien de una comunidad diga... “Ah, la he visto, es ingeniera petrolera”»
Camerún, un país de ingreso mediano bajo situado entre África Central y África Occidental, cuenta con recursos naturales como petróleo y gas, madera y minerales; sin embargo, el 40 por ciento de sus 23,7 millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza.
En abril, el Banco Mundial afirmó que el país necesita aumentar la productividad y liberar el potencial de su sector privado.
«¡Funcionó!»
Tras titularse como ingeniera eléctrica, Fofang trabajó en una de las escuelas más pobres de Yaundé, donde la mayoría de los docentes carecía incluso de conocimientos informáticos básicos.
En 2009 fundó su propia escuela, la Academia Tassah, y la financió con sus propios medios, con ayuda de su madre y su hermana. La escuela se especializa en tecnología y el 60 por ciento de sus alumnos son niñas.
Cinco años después, con el objetivo de acercar la tecnología a las alumnas de todo el país, puso en marcha un programa para animar a otras escuelas a crear clubes que despertaran el interés de las niñas por la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM).
En agosto, Xaviera y su equipo viajarán a México para participar en una competición internacional en la que diseñarán robots capaces de proporcionar sistemas de suministro eléctrico fiables, un tema muy cercano a ellas debido a los frecuentes cortes de electricidad en Camerún.
«A veces es muy frustrante. Justo mientras hablamos puede haber... un apagón», dijo Xaviera, que quiere seguir trabajando en este problema.
Mientras tanto, la robótica la ayuda a hacerse valer frente a los chicos del equipo y de la escuela, quienes, según dice, a menudo creen saber más que los demás.
Xaviera recordó un caso reciente en el que propuso la solución a un problema y los obligó a admitir que tenía razón.
«¡Y me puse tan contenta!», se rio. «¡Mi solución funcionó!»



