¿Podemos controlar las noticias falsas?

Children, mimicking the actions of their paired adult, read newspapers at Martin Place in Central Sydney September 8, 2008. The campaign,? Children see, children do, make your influence positive? was launched at the first day of the National Child Protection week. REUTERS/Daniel Munoz (AUSTRALIA) - RTX8J9Z
Yes, we need news organizations to deliver reliable information; but we also need those receiving it to be savvy consumers.Image: REUTERS/Daniel Munoz
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En respuesta a la oleada de noticias falsas que inundó la reciente campaña electoral presidencial en Estados Unidos, se ha prestado mucha atención a quienes producen o difunden esas historias. Se da por sentado que, si los medios de comunicación informaran únicamente de los «hechos», los lectores y espectadores siempre llegarían a la conclusión correcta sobre una noticia determinada.

Pero este enfoque solo aborda la mitad de la ecuación. Sí, necesitamos que las organizaciones de noticias proporcionen información fiable, pero también necesitamos que quienes la reciben sean consumidores avezados.

Durante décadas, el Gobierno de Estados Unidos ha apoyado programas para promover medios de comunicación independientes en países autoritarios, con pocos recursos o disfuncionales. Sin embargo, esos programas presuponen tácitamente que Estados Unidos es inmune a los problemas que afrontan las personas de otros países al crear o consumir información. En Estados Unidos también suponemos que los medios estadounidenses, sostenidos por la publicidad, seguirán prosperando; que el periodismo independiente es la norma; y que la mayoría de las personas son capaces de pensar de forma crítica y emitir juicios sensatos sobre la información que reciben.

De hecho, algunas de las lecciones que hemos aprendido al apoyar la recopilación y difusión dinámica de información en el extranjero son igualmente pertinentes para Estados Unidos. En las elecciones de 2016, las creencias personales que impulsaron las decisiones de millones de votantes se basaron no solo en las experiencias de cada persona y la información a la que accedió, sino también en cómo procesaron esas experiencias y esa información. Las relaciones de los propios votantes con los productores de contenido, su motivación para creer o no creer los hechos y sus habilidades de pensamiento crítico determinaron cómo interpretaban la información y actuaban en consecuencia.

Durante las elecciones, la mayoría de los comentaristas de los principales medios no parecían «entender» las creencias o los puntos de vista de millones de estadounidenses, por lo que no es de extrañar que esos millones de estadounidenses acabaran hartos de su parloteo incesante. Para esos votantes, los comentaristas no eran más que vendedores de información sin ningún vínculo con los asuntos que importan. Los hombres y mujeres que hablan frente a las cámaras de televisión están demasiado alejados de las fábricas, oficinas, bares, iglesias, escuelas y hospitales donde los espectadores entablan las relaciones que determinan cómo procesan la información. La llamada revolución digital no hizo superflua la importancia de los vínculos humanos a la hora de moldear la interpretación y la respuesta de las personas ante la información que reciben.

Las relaciones se construyen sobre la confianza, esencial para que los consumidores acepten información que cuestiona sus convicciones más arraigadas. Pero, según Gallup, solo el 32 % de los estadounidenses confía «mucho» o «bastante» en los medios de comunicación tradicionales, una cifra sin precedentes. Esto es profundamente preocupante y sugiere que muchos ciudadanos están descartando la información buena junto con la mala.

Como ocurre con cualquier otro bien, el modo en que se consume la información refleja las oportunidades económicas y políticas, los incentivos personales y las normas institucionales o culturales. Los trabajadores de Ohio cuyos salarios se han estancado, o los votantes desempleados de Michigan cuyos puestos de trabajo se han trasladado al extranjero, consumirán información de una manera que refleje su situación económica. No sorprende que a menudo elijan fuentes —sean fiables o no— críticas con la globalización y las políticas fiscales y económicas actuales.

Disponer de abundante información sólida no basta para tomar buenas decisiones; los consumidores de noticias necesitan habilidades de pensamiento crítico. La información se parece mucho a los alimentos que comemos: necesitamos entender sus ingredientes, dónde y cómo se produce, y cuáles son los efectos de consumirla en exceso.

Image: Statista

Probablemente se necesitarán décadas para reconstruir relaciones de confianza entre los consumidores y los principales medios de comunicación. Los consumidores de información siempre tendrán prejuicios e incentivos para elegir una información en lugar de otra. Aun así, podemos mejorar las habilidades de pensamiento crítico para que los ciudadanos sepan elegir fuentes fiables y resistir sus propios prejuicios.

Cultivar habilidades de pensamiento crítico requiere tiempo y práctica, por lo que invertir en educación es más importante que nunca. Algunos de los modelos que se han utilizado en el extranjero también podrían funcionar en Estados Unidos. Por ejemplo, en Ucrania, una iniciativa reciente de IREX movilizó a bibliotecarios en un esfuerzo por neutralizar los efectos perjudiciales de la propaganda financiada por el Kremlin. Se enseñaron habilidades concretas a quince mil ucranianos para evitar la manipulación emocional, verificar fuentes y credenciales, detectar contenido pagado y discursos de odio, y desmentir videos y fotos falsos.

Los resultados fueron impresionantes: los participantes mejoraron un 24 % su capacidad para distinguir las noticias fiables de las falsas. Mejor aún, después formaron a cientos de personas más para detectar la desinformación, multiplicando así el impacto general de la iniciativa.

Con una inversión bastante modesta, podemos hacer que la enseñanza de estas habilidades se convierta en una práctica habitual en los planes de estudio escolares. Los filántropos también pueden crear o apoyar organizaciones de base que colaboren con los ciudadanos para fortalecer su capacidad de consumir información de forma crítica.

La información precisa y las habilidades de pensamiento crítico son indispensables para la democracia. No podemos darlas por sentadas, ni siquiera en Estados Unidos. Así es como triunfan las noticias falsas.

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