La industrialización y el crecimiento mundial han generado riqueza y acelerado el progreso, pero también han provocado presión y desequilibrio ecológicos.
La naturaleza, la sociedad y el bienestar se consideran ajenos al crecimiento, mientras que el clima, la biodiversidad y el desarrollo humano se abordan por separado.
En cambio, es preciso combinar la escala, la innovación y la capacidad institucional de las empresas y los sistemas modernos con un reconocimiento más profundo de que el bienestar humano y el planetario son inseparables.
Los sistemas que impulsaron la industrialización y el crecimiento mundial han generado riqueza y acelerado el progreso, pero también han provocado presión ecológica y desequilibrio social. Hoy, esos mismos sistemas ejercen una presión creciente sobre los cimientos naturales y sociales que sostienen la prosperidad.
No se trata de una falta de intención, sino de un desajuste: el diseño de los sistemas ya no responde a las necesidades cambiantes de la sociedad.
La naturaleza, la sociedad y el bienestar humano siguen considerándose ajenos al crecimiento. El clima, la biodiversidad, los océanos y el desarrollo humano se abordan por separado: cada uno es importante, pero están fragmentados. El problema no es la falta de esfuerzos, sino la falta de coherencia. Es aquí donde el capital catalítico desempeña un papel clave.
La importancia de una agenda de sistemas terrestres
En este contexto, un sistema integrado de vida cobra cada vez más relevancia; de ahí la idea de una agenda de sistemas terrestres. Esta refleja una aspiración emergente: reconocer que la salud de los bosques, los océanos, las economías y las sociedades forma un sistema vivo interconectado. No bastará con abordar estos desafíos de forma aislada. Es necesario pasar de respuestas sectoriales a un diseño sistémico.
En el centro de esta transición hay una pregunta más profunda: no solo cómo actuamos, sino cómo pensamos.
La sostenibilidad no comienza con métricas de carbono ni instrumentos financieros. Comienza por comprender el lugar de la humanidad dentro del sistema. En muchas tradiciones ancestrales no existe separación entre la vida humana y el mundo natural. El principio de armonía entre las personas, la sociedad y la naturaleza ha guiado la toma de decisiones durante generaciones.
Esta perspectiva resulta familiar a las empresas familiares que han perdurado a lo largo del tiempo. La trayectoria de la familia Tsao, que comenzó a finales del siglo XIX, estuvo marcada no solo por el comercio, sino también por un sentido perdurable de responsabilidad hacia la comunidad, la continuidad y los sistemas más amplios que sustentan la vida.
Con el tiempo, a medida que la empresa se expandió por distintas regiones y sectores, esta orientación evolucionó, pero su esencia permaneció: las empresas existen dentro de un sistema más amplio, no al margen de él.
En cambio, gran parte del modelo económico moderno se ha construido sobre la separación: entre accionistas y partes interesadas, entre economía y ecología, y entre rendimientos a corto plazo y resiliencia a largo plazo. Es preciso combinar la escala, la innovación y la capacidad institucional de los sistemas modernos con un reconocimiento más profundo de que el bienestar humano y el planetario son inseparables.
Las empresas como palanca de transformación
Esto tiene importantes implicaciones para el papel de las empresas.
A menudo se presenta a las empresas como parte del problema en el debate sobre el clima y la naturaleza. Sin embargo, siguen siendo una de las palancas de transformación más poderosas. Determinan los flujos de capital, influyen en los mercados y construyen la infraestructura de la economía. La pregunta no es si las empresas deben liderar, sino cómo eligen hacerlo.
La siguiente etapa de la evolución económica exigirá un cambio: pasar de crear valor mediante la extracción a crearlo mediante la regeneración.
Este cambio no puede lograrse mediante iniciativas aisladas. Exige replantearse cómo se diseñan los sistemas, en particular cómo conectar de forma más coherente ámbitos que hoy están fragmentados.
Una forma de entenderlo es integrar los sistemas verdes, azules y humanos.
Los sistemas verdes —bosques, tierras y biodiversidad— son fundamentales para la estabilidad climática y la seguridad alimentaria, mientras que los sistemas azules —océanos y ecosistemas de agua dulce— regulan la salud del planeta y sustentan medios de vida a gran escala. Ambos se reconocen cada vez más como ámbitos esenciales para la inversión.
Sin embargo, ambos siguen en gran medida desconectados del sistema humano.
La manera en que piensan los líderes, las decisiones de las instituciones y el destino final del capital determinan los resultados. Sin coordinación en este nivel, incluso las soluciones tecnológicas o financieras mejor diseñadas tienen dificultades para lograr un impacto duradero.
Por tanto, una economía regenerativa exige conectar estos sistemas de forma más deliberada.
La restauración forestal y la innovación oceánica deben evolucionar hasta convertirse en sistemas financiables y escalables, en vez de seguir siendo proyectos aislados. El capital debe ir más allá de financiar activos individuales y propiciar ecosistemas de innovación y custodia.
Al mismo tiempo, el liderazgo debe evolucionar para que quienes despliegan capital se guíen no solo por incentivos, sino también por una comprensión más amplia del valor y la responsabilidad.
En este contexto, el papel de las empresas también evoluciona: de operar dentro del sistema a integrar distintos sistemas.
Las empresas familiares ocupan una posición única en este sentido. Al operar a lo largo de varias generaciones, no solo las moldean los indicadores de desempeño, sino también la continuidad: aquello que debe preservarse para quienes vendrán después. Esta orientación amplía de forma natural los horizontes temporales y fomenta una visión más integral de la creación de valor.
Cómo la custodia fomenta una visión a más largo plazo
Por tanto, la custodia no es una idea abstracta. Es una práctica que se vive.
Cambia la pregunta central de «¿Qué se puede crear?» a «¿Qué debe preservarse y regenerarse?». Fomenta una visión a más largo plazo, relaciones más profundas y el reconocimiento de que el valor no puede separarse de los sistemas que lo hacen posible.
A medida que evolucionan las iniciativas mundiales, algunas plataformas empiezan a explorar cómo llevar estos principios a la práctica. Reflejan un reconocimiento cada vez mayor de que los desafíos relacionados con el clima y la naturaleza no pueden abordarse únicamente mediante intervenciones aisladas, sino que requieren formas de colaboración más integradas, catalíticas e intersectoriales.
GAEA, del Foro Económico Mundial, es un ejemplo de esta dirección: el Acelerador Global para la Acción por la Tierra. Refleja un esfuerzo por reunir a actores catalíticos —filantropía, fundaciones y capital orientado al impacto— con partes interesadas del sector público y privado en torno a un enfoque más coherente de la acción climática y por la naturaleza, que conecte el liderazgo, el capital y la creación de alianzas al servicio de la transformación de los sistemas a largo plazo.
En este sentido, su papel no consiste simplemente en apoyar iniciativas individuales, sino en ayudar a crear las condiciones para que surjan formas de acción más catalíticas y coordinadas.
Estas condiciones propicias actúan simultáneamente en varios niveles. Incluyen el desarrollo de sistemas fiables de datos y medición que permitan verificar y comparar nuevas soluciones; la absorción de riesgos en las primeras etapas que el capital comercial aún no puede valorar; y la armonización de los incentivos de las políticas, los mercados y el liderazgo para que se refuercen mutuamente en lugar de debilitarse.
Lo que distingue el enfoque catalítico de los esfuerzos convencionales es que se orienta a un resultado concreto: llegar al punto en que una solución ya no necesite apoyo continuo porque el propio mercado se haya reestructurado para recompensarla. El objetivo no es financiar soluciones indefinidamente, sino crear las condiciones para que la sostenibilidad se convierta en la opción más fácil para inversores, empresas y gobiernos por igual.
Un ejemplo de este enfoque procede del Sudeste Asiático. La Southeast Asia Clean Energy Facility (SEACEF) utilizó capital catalítico para absorber el riesgo de inversión en las primeras etapas, con el fin de acelerar y ampliar los proyectos de energía limpia en Indonesia; así atrajo a socios comerciales y catalizó un rendimiento de más de 20 veces el capital desplegado inicialmente en un plazo de dos años.
La magnitud potencial de este cambio es real. La brecha anual entre la financiación actual para el clima y la naturaleza y la necesaria asciende a aproximadamente entre 5 y 7 billones de dólares: una cifra equivalente a toda la producción económica de Alemania, repetida cada año. La evidencia de las primeras intervenciones catalíticas sugiere que esta brecha no se cerrará únicamente aumentando el volumen.
Es necesario aplicar la combinación adecuada de herramientas en el punto preciso de un sistema para que el cambio se acelere mucho más allá de la inversión inicial. En India, la iniciativa catalítica de la Asociación de Mujeres Trabajadoras por Cuenta Propia (SEWA), una garantía de primera pérdida ayudó a financiar 600 bombas solares para agricultoras de Gujarat; fue una prueba de concepto que llevó a un importante banco comercial a conceder préstamos para otras 15 000 bombas, lo que aumentó los ingresos de las agricultoras hasta un 30 %. Una intervención específica desbloqueó un cambio en todo el sistema. Aplicada con la misma lógica a los sistemas oceánicos, forestales y energéticos, esta dinámica apunta a una transformación de mucha mayor escala.
Iniciativas como GAEA señalan una dirección importante: armonizar el capital con la innovación, conectar el liderazgo con la implementación e integrar perspectivas diversas entre sectores.
También hay que reorientar el énfasis hacia la ejecución y construir sistemas tangibles que conecten el liderazgo, el capital y los resultados en el mundo real. Esto incluye desarrollar modelos financiables en bosques y océanos, fortalecer ecosistemas de innovación y movilizar actores catalíticos capaces de operar más allá de las fronteras tradicionales.
Asia como laboratorio vivo para nuevos modelos catalíticos
Asia ofrece un contexto especialmente importante para este trabajo.
Es una región caracterizada por el rápido crecimiento y la complejidad, donde se entrecruzan el desarrollo económico, las presiones ambientales y las tradiciones culturales; por ello, está bien situada para desarrollar y probar nuevos modelos catalíticos de este tipo. También es una región donde coexisten múltiples cosmovisiones: los sistemas modernos conviven con filosofías arraigadas de equilibrio e interdependencia.
En lugar de considerar Asia únicamente una región donde implementar soluciones, también puede entenderse como un posible laboratorio vivo donde probar, perfeccionar y ampliar nuevos modelos de integración económica.
La oportunidad que tenemos por delante no consiste en sustituir un sistema por otro, sino en hacer evolucionar el propio sistema: diseñar una economía capaz de sostener tanto la prosperidad como las condiciones que la hacen posible.
Esta transición no se logrará únicamente mediante políticas o capital. Exige un cambio más profundo en la forma de entender el valor, el liderazgo y la responsabilidad.
Una economía que no funcione como parte del sistema de vida no perdurará.
Chavalit Frederick Tsao, líder empresarial de cuarta generación, es ampliamente reconocido por sus valiosas reflexiones sobre cómo se crea y se mantiene el valor y cómo, con el tiempo, se erosiona gradualmente si no se adoptan medidas clave.


