El mundo se tambalea ante una serie de amenazas que se multiplican. El cambio climático, las pandemias, la desigualdad, los conflictos, el terrorismo e incluso la aterradora posibilidad de una guerra nuclear van en aumento. Sin embargo, justo cuando más se necesita urgentemente la cooperación internacional, la acción colectiva no está a la altura. Una de las razones es que el experimento de cuatro siglos con los Estados nación se está desmoronando. Y, con nuestros Estados nación contra las cuerdas, instituciones del siglo XX como las Naciones Unidas y el Banco Mundial están paralizadas.
A los países les cuesta seguir el ritmo y la magnitud del cambio. Están cediendo rápidamente su soberanía a configuraciones alternativas de gobernanza, poder e influencia. La Cuarta Revolución Industrial está acelerando este cambio. Aunque los Estados nación no desaparecerán de la noche a la mañana, el poder se distribuye cada vez más entre redes no estatales, incluidas las reaccionarias. No solo ejercen una influencia cada vez mayor las empresas multinacionales y las organizaciones filantrópicas, sino también las vastas aglomeraciones de megaciudades y sus periferias.
Las ciudades grandes y medianas están especialmente bien preparadas para resolver muchos de los desafíos más abrumadores del planeta. Para empezar, más del 54% de la población mundial vive ahora en una ciudad, frente a menos del 1% cuando aparecieron los Estados nación. Esta es una de las razones por las que las ciudades son el nuevo centro de poder de la economía mundial: son plataformas para la innovación, el emprendimiento y el crecimiento impulsados por las personas. Mientras que los Estados nación son instintivamente independientes y competitivos, y se definen por fronteras rígidas e ideas provincianas de soberanía, las ciudades son mucho más interdependientes, cooperativas y abiertas. Las ciudades son el antídoto perfecto contra el nacionalismo reaccionario.

Aunque las ciudades están acumulando poder económico, todavía carecen de influencia política mundial. A su favor, algunos grandes centros urbanos están invirtiendo mucho en la diplomacia entre ciudades. Ciudades globales como Chicago, Los Ángeles, Nueva York, París, Singapur y Shanghái han elaborado una visión mundial vinculada a sus intereses y capacidades municipales. Pioneras de la diplomacia entre ciudades, como Berlín, Ciudad del Cabo, Hong Kong y Toronto, se están asociando con universidades, centros de estudios y mediadores del sector privado para forjar vínculos económicos, culturales y de seguridad con sus homólogos en el extranjero.
Las ciudades están encontrando objetivos comunes. Pero, para fijar realmente la agenda mundial, deben actuar colectivamente y hacer oír una voz común. Y hoy eso empieza a ocurrir. Cientos de ciudades de todo Estados Unidos se han unido para plantar cara a la Casa Blanca en cuestiones que van desde la acción climática hasta la protección de los llamados migrantes indocumentados. A medida que los Estados nación incumplen sus obligaciones de soberanía nacional, las ciudades ejercen sus propias responsabilidades soberanas.

También se ha producido una auténtica explosión de redes que conectan ciudades, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Actualmente hay más de 200 de ellas, entre ellas Ciudades y Gobiernos Locales Unidos, la red ICLEI y C40, que abordan temas tan diversos como la acogida de refugiados y la seguridad pública, además de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Ya hay más redes de ciudades que de Estados nación, aunque las primeras no tienen ni de lejos tanto poder.
Una muestra del potencial de la colaboración entre ciudades es el recién creado Pacto de los Alcaldes por el Clima y la Energía, que cuenta con más de 7.500 signatarios europeos y abarca al menos a 250 millones de personas. El pacto compromete a las ciudades a reducir las emisiones de CO2 en al menos un 40% para 2030. Mientras tanto, 382 de los llamados «alcaldes por el clima», que representan a 68 millones de estadounidenses, también reafirmaron sus compromisos con el Acuerdo de París días después de que Estados Unidos anunciara su retirada.
En 2016 se puso en marcha un Parlamento Mundial de Alcaldesprecisamente para dar a las ciudades más capacidad de liderazgo y permitirles expresarse con una voz común. Más de 70 alcaldes de todo el mundo se han inscrito para unir fuerzas en la acción climática, el apoyo a los migrantes y el fortalecimiento de la gobernanza local. Aunque todavía es pronto, el parlamento podría convertirse en una fuerza poderosa cuando el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de las Naciones Unidas no pueden o no quieren abordar los desafíos mundiales más extremos.
El Parlamento Mundial de Alcaldes está concebido para que los alcaldes puedan hacer lo que mejor saben: actuar. Les da voz y un puesto en la mesa donde se toman las decisiones. También les concede derecho a voto sobre una agenda urbana emergente. Los Estados nación siguen resistiéndose a dar a las ciudades más voz en los asuntos mundiales, una situación que ya no es aceptable dada la creciente influencia de estas. El parlamento también refuerza la capacidad de las ciudades para vetar decisiones contrarias al imperativo urbano, especialmente en aquellas partes del mundo en desarrollo donde las ciudades son más débiles.
Las ciudades ya están tomando la iniciativa en algunos de los asuntos más urgentes de nuestro tiempo. No necesitan pedir permiso a los Estados nación. Aunque no hay respuestas sencillas a los problemas más intratables del mundo, la lucha por la energía limpia, la igualdad, la seguridad, la justicia y el desarrollo sostenible tendrá lugar en nuestras ciudades y debe contar con la participación de sus habitantes. Al fin y al cabo, las ciudades son donde el futuro se hace realidad primero. Que sus dirigentes ya estén forjando alianzas mundiales y proponiendo soluciones prácticas —mientras los países siguen estancados— ofrece un raro destello de esperanza.

