Ninguna gran pandemia de la Historia ha acabado sin provocar grandes transformaciones en la sociedad, la economía, la política y las ideologías y, por ende, en nuestra forma de vida. Así ocurrió con la Peste Negra del siglo XIV, la gripe mal llamada española de 1918 y así ocurrirá ahora con el COVID-19. Segar la vida de decenas de miles de personas de golpe y a escala global, hace que nada pueda ser luego igual, ni que deba ser igual.

Precisamente, de los grandes desastres colectivos, como cada uno hace también de los grandes fracasos individuales, se sacan grandes lecciones que todos acordamos aceptar. Sin embargo, la memoria es frágil y el paso de nuevas generaciones con nuevos intereses y problemas hace que se termine olvidando. Cuando los acontecimientos son recientes es más fácil recordarlos. Por ejemplo, parece que una de las claves que además de la mayor extensión de la tecnología y modelos sociales más colectivistas, explica el mayor éxito en el combate del COVID-19 de los países asiáticos, ha sido precisamente que habían pasado por pandemias en los años recientes y habían aprendido de ellas. De esa manera pusieron en marcha mecanismos de detección de posibles contagios incluso con síntomas leves que permitieron aislar muy pronto a los posibles contagiados y a las personas que habían tenido contacto con esas personas.

Ahora, desde nuestro confinamiento nos toca aprender a nosotros también, y convertir esta tragedia en oportunidad. Nos toca recuperar valores que teníamos un poco oxidados antes de la pandemia como el cuidado, la solidaridad, la responsabilidad, el civismo, la humildad o el heroísmo para llevarlos a una sociedad que lleva decenios siendo egoísta y predadora con los recursos comunes, explotadora y generadora de cada vez más desigualdades. Desde la década de 1980 hasta esta crisis sabemos que el capitalismo neoliberal sin bridas, basado en la desregulación financiera y en el abaratamiento y mayor velocidad de los flujos mundiales de personas, tecnología, y mercancías, ha llevado a esas explotaciones y desigualdades a las que nos acabamos de referir y que sí bien no nos gustaban eran difíciles de cambiar porque, precisamente, alteraban nuestro modo de vida planetario. El calentamiento global, la desigualdad, el hambre, la pobreza, el abuso laboral, el enriquecimiento de agentes económicos adaptados como peces en el agua a la hiperglobalización financiera son males a cambiar, pero no acabábamos de cambiarlos.

Parece claro que las primeras respuestas a las crisis actual deben concentrarse en salvar vidas, también las de nuestros mayores, en el sostenimiento de los sistemas sanitarios y en aplacar en la medida de lo posible los efectos económicos de la paralización de la actividad económica que permitan a las personas no solo sobrevivir sino seguir con sus vidas en condiciones dignas y con capacidad de vislumbrar un futuro igualmente digno. Pero al mismo tiempo, y justo después de lo inmediato tienen que orquestarse otra serie de respuestas que nos lleven a mejorar nuestros sistemas sanitarios, nuestras economías, nuestro bienestar y nuestra convivencia. Y es justo al diseño de lo que debe venir dónde queremos aportar. Necesitamos garantizar la transmisión veraz, y crítica, reflexiva, de conocimiento que pueda hacer entender a la sociedad alguno de los retos que plantea la pandemia actual, y hechos presentes y pasados que puedan arrojar luz para que políticos y gestores que tomen decisiones eviten errores pasados y se inspiren para considerar herramientas de construcción de nuestro futuro colectivo.

Es cierto que ese día después viene preñado de incertidumbre, pero nos gustaría hacer dos reflexiones al respecto. La primera es que si nos apoyamos en el conocimiento científico que tenemos, incluidas las enseñanzas de la Historia, quizás podamos domar parcialmente esa incertidumbre y sepamos más sobre cómo debería ser ese día después. Necesitamos agarrarnos al conocimiento científico. La frontera del conocimiento está en constante evolución, pero sabemos muchas cosas y desde distintas disciplinas y saberes que bien utilizadas pueden servir de base para repensar, poco a poco, desde nuestro confinamiento en el hogar -o incluso quienes están en primera línea salvando vidas o permitiendo que nuestras sociedades sigan funcionando-, qué podemos hacer mejor, qué podríamos cambiar, cómo recombinar lo preexistente que no puede desaparecer de un plumazo, con cosas nuevas que hagan que funcionemos mejor, todos juntos. Repensar lo que hacemos para hacerlo distinto, y mejor, es innovar. Estos momentos son los que pueden servir para plantear una innovación basada en el conocimiento, no sólo en el ámbito tecnológico sino también en el económico, social, o cultural, y en el organizativo. Innovar para cooperar, innovar para colaborar, innovar para el bienestar.

La segunda es que, como nos recuerda Nassim Taleb en con su concepto de antifragilidad, la incertidumbre no tiene por qué ser negativa sino todo lo contrario. Siguiendo la propia explicación de Taleb, mientras que el concepto de resilencia hace referencia a quien resiste y sobrevive a los shocks, el antifrágil es quien no sólo sobrevive sino quien sale mejor parado de ellos, que no es lo mismo. De hecho, a lo largo de la historia los cambios más radicales y que nos han hecho progresar, han sido respuesta a situaciones excepcionales. Desde la modernización de la gestión hospitalaria y la respuesta política a las pandemias tras la gripe de 1918, el desarrollo de los antibióticos durante y después de la II Guerra Mundial, a la puesta en marcha de los estados de bienestar y los sistemas públicos de seguridad social tras la Segunda Guerra Mundial, o las modernas tecnologías de transporte, información y comunicación salidos de las grandes contiendas bélicas en el mundo, la historia está llena de estos momentos y de estas respuestas.

Los ejemplos son incontables. Fue a raíz de la gran mortandad de la Guerra de Crimea, o la Guerra de Secesión norteamericana, o las grandes mortalidades de las guerras franco-prusianas y ruso-japonesa entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, que la moderna enfermería y la moderna industria del plasma nacieron para salvar cientos de miles de vidas. Y más cercano a nosotros, las semanas que llevamos de respuesta al coronavirus han visto disminuir la contaminación en la región de Wuhan, extender sistemas de teletrabajo y tele educación para los que ya existían las tecnologías sin que estuvieran plenamente en uso, reestablecer vínculos de solidaridad vecinal y hasta avanzar en corresponsabilidad con la llegada siempre bienvenida de muchos papás a los chats de clase infantiles. También ha acelerado la búsqueda de fármacos para frenar la pandemia, y de uso de mecanismos de open source para el trabajo colaborativo en la invención de aparatos de respiración artificial baratos y abundantes, o los avances colectivos que se están realizando para encontrar una vacuna porque la ciencia tampoco debe tener fronteras.

Hagamos que esta pandemia y este confinamiento también sirvan para transformar en positivo nuestras sociedades. Con ello no queremos decir que sólo salgan cosas positivas de esta situación. Cada día se pierden miles de vidas y en muchos casos, esas personas se van sin el calor de sus seres queridos. Y también es cierto que el confinamiento no es sólo una oportunidad y que está creando conflictos, e incluso peligros especialmente para las mujeres y menores víctimas de violencia de género, y que no todos los encierros son iguales porque nuestras viviendas son muy distintas. Pero sí que miremos con valentía al futuro para cambiarlo porque en el día a día ya lo estamos haciendo.

Estamos extendiendo el uso de tecnologías que teníamos a mano pero a las que no exprimíamos su potencias. La tecnología y las redes sociales se están usando para reducir los problemas psicológicos del encierro y el aislamiento de millones de personas en el mundo, también de los niños, creando la percepción que es una oportunidad para conversar más, reírnos más, compartir miedos, y organizar la solidaridad entre los que se sienten más fuertes y los que se sienten más frágiles en estos momentos. Las redes nos permiten seguir clases de los gimnasios en vivo, leer todas las revistas y periódicos que generosamente han abierto el acceso a su información, hacer recetas juntos con las cámaras y el audio, que nuestros hijos tengan clases online, evaluar a nuestro alumnado día a día sin que pierdan el curso académico, tener debates en streaming en redes que permitan acercar la acción política a la ciudadanía, que nuestras madres aprendan a usar Skype y charlen con vecinos a los que apenas daban los buenos días hasta ahora. Las redes tecnológicas están creando y reforzando redes sociales dinámicas. Nos están enseñando algo que no hacíamos con tanta intensidad, con tal diversidad de ángulos, que tendremos cuando todo esto acabe, para hacer las cosas distintas, conversando más y escuchando más.

Así que tenemos que aprovechar esta situación no solo para resistir sino para salir mejor y hacerlo con estructuras, protocolos y políticas nuevas para poder avanzar. Las mujeres sabemos muy bien que siempre que ha habido ideas, organismos, estructuras nuevas, nos ha sido más fácil innovar y progresar porque nos hemos colado por las rendijas nuevas que quienes tenían el poder no necesitaban ocupar. Sobre todo si de esas innovaciones salen estructuras que maximizan la interconexión y la asunción de la interdependencia. Cuando se reorganiza lo pre-existente hay que hacerlo al mismo tiempo creando estructuras nuevas que compitan con las antiguas porque sino es muy difícil sacar de éstas a las garrapatas y los parásitos que se alimentan de aquello que ya existe y es grande.

Esta crisis nos debe hacer reflexionar con rigor y empatía sobre la necesidad de volver a situar la sanidad y la educación en el epicentro de las prioridades de gestión política de largo plazo, y los sistemas y retórica fiscal que deben sostenerlos. La importancia de apostar por la ciencia y la investigación para avanzar en la frontera del conocimiento, ponerlo al servicio del bienestar de las personas, generar sociedades más críticas y responsables con lo común, y mejorar la toma de decisiones políticas. De repensar los tiempos, y los espacios de trabajo y en cómo nos repartimos esos tiempos y esos trabajos, de manera que podamos avanzar hacia sociedades más igualitarias gracias a la innovación social y un nuevo contrato social feminista. La oportunidad digital para la gestión de las distintas fases del proceso productivo, con especial incidencia en la organización empresarial, nuestra educación o nuestros hábitats, especialmente los urbanos. Sobre la economía real que debe imponerse a la economía financiera y hacerse circular, sostenible, verde y centrada en el bienestar de las personas. Sobre la necesidad de un nuevo sujeto político distinto del que nos ha traído el neoliberalismo como razón rectora; y finalmente sobre la relación existente entre innovación y poder, en un momento de revolución tecnológica donde el poder y las ganancias se están acumulando en unos pocos en una especie de distopía del juego del monopoly aplicado a la vida real.

Estamos en unos momentos de confinamiento individual y colectivo que nos obliga a todos y todas a reflexionar en nuestro modo de vida. Deberíamos de haberlo hecho ya en la crisis de 2007/8, pero su efecto fue muy desigual y no acabó actuando de catalizador de cambios de esta naturaleza, como hubiera sido deseable que ocurriera. Debemos reflexionar sabiendo qué se hace en otros países, no para criticar cómo lo hace nuestro gobierno sino para aprender, como también debemos aprender de qué se hizo en otros momentos, en otras situaciones que aunque distintas resultaban pavorosamente similares a la actual. Debemos reflexionar con rigor, urgencia y empatía sobre qué hemos de hacer cuando todo esto se acabe, que se acabará.