África lleva tiempo buscando sus propias respuestas. Bajo el lema “Soluciones africanas a problemas africanos”, ya adoptado por la propia Unión Africana, han ido surgiendo iniciativas con las que superar los desafíos que enfrenta el continente. Respuestas políticas, sanitarias, educativas y ahora también financieras. Porque África también puede ser pionera en innovación económica.

Aunque cada uno de los 54 Estados que componen el continente tiene su propio perfil y poco tiene que ver la situación en Nigeria con la de Burundi, las perspectivas macroeconómicas del Banco Africano de Desarrollo apuntan a un crecimiento conjunto del 4,1% del PIB hasta 2020. Unas décimas más, hasta un 4,7%, en los países del norte (sin contar con Libia, dada su inestabilidad económica) y alrededor del 4,0% en la región subsahariana.

Unas proyecciones que confirman el desarrollo continuado que más allá de guerras y crisis humanitarias ha tenido el continente en los últimos 75 años: entre 1950 y 2016, al menos dos tercios de todos los países africanos han registrado crecimientos de más del 3,5% de la renta per capita durante ocho años consecutivos. De hecho, son varios los autores que apuntan a África como la gran protagonista de nuestro siglo.

Su territorio alberga alrededor del 35% de las reservas minerales del mundo y para 2050 se estima que uno de cada cuatro habitantes del mundo será africano. Un potencial que requiere de instrumentos financieros propios para su desarrollo. Instrumentos para evitar que esa máxima a la que puso voz la escritora y activista Naomi Klein, “África es pobre porque los inversionistas y sus acreedores son tan indeciblemente ricos”, siga estando vigente.

Estos son algunos ejemplos de innovación financiera desarrollados en el continente para el continente

M-PESA, el dinero móvil una década antes que Europa

El gran orgullo de África del Este. Acrónimo de M de móvil y pesa, de dinero en suajili, M-Pesa es un sistema para enviar dinero a través de terminales móviles: permite realizar transferencias entre particulares, pero también pagar la factura de un restaurante, la compra en el supermercado, un trayecto en taxi o cobrar la nómina.

Desarrollado en 2007 por Vodafone para Safaricom, el gigante keniano de las telecomunicaciones de participación pública, M-Pesa nació como un herramienta para ayudar a los colectivos de mujeres que recibían microcréditos a cobrar y devolver los préstamos de forma rápida y segura, pero pronto se convirtió en un fenómeno global: actualmente cuenta con más de 30 millones de usuarios en 10 países, 18 millones sólo en Kenia, lo que supone alrededor del 35% de su población total. Y en las próximas semanas será un servicio global tras el acuerdo con Western Union.

“Si bien las primeras pruebas se realizaron en un proyecto de microfinanzas, a lo largo del programa piloto Safaricom ya se dio cuenta de que la gente encontraba más útil el servicio para realizar transferencias entre sí. Cuando se lanzó comercialmente ya lo hizo como un producto de transacciones P2P (persona a persona), aunque actualmente tiene otros muchos usos: depósitos, reembolso de préstamos, retirada de efectivo, pago de facturas, etcétera…”, explica la investigadora del Banco Mundial en África Claudia Vonderohe.

El funcionamiento de M-Pesa es muy sencillo: basta con ir a una tienda con un carné de identidad o un pasaporte y una dirección postal para abrir la cartera virtual en la que depositar dinero. Actualmente hay más de 110.000 agentes registrados por todo el país, 40 veces más que el número de cajeros automáticos: hay locales de M-Pesa en isla de Lamu, en el Rift Vall o los slums de Nairobi en los que depositar o retirar dinero. Este hecho, “el de transferir dinero a otros usuarios pero permitir también convertirlo de nuevo en efectivo”, ha resultado clave en el éxito de M-Pesa, señala la investigadora del Banco Mundial.

Se estima que la compañía gestiona el 25% del PNB del país. Fluyen por el sistema las remesas que los trabajadores de las ciudades envían a sus parientes en zonas rurales, donde probablemente no haya una sucursal bancaria pero sí un agente con el servicio de M-Pesa. Su dominio del mercado es tal -algunas fuentes lo sitúan en un 80%- que un problema en el servicio supone el colapso del país. Esto unido a las dudas sobre su accionariado, con el escándalo de la compra-venta a cargo de Vodafone investigado por la Oficina Británica contra el Fraude, ha levantando algunas críticas en un país demasiado acostumbrado a la corrupción.

En cualquier caso, es innegable que la aparición de esta herramienta ha transformado por completo la atmósfera económica del país. Si en 2010 apenas el 40% de la población adulta tenía acceso a algún tipo de servicio financiero formal, en 2014 esta cifra ya incluía a tres de cada cuatro kenianos. No solo eso, según un estudio de Jamie Zimmerman y Sascha Meinrath para la American Association for the Advancement of Science, la expansión de M-Pesa ha sacado de la pobreza al 2% de los hogares de Kenia al facilitar los intercambios comerciales y la posibilidad de ahorro.

‘Fintech’: la City mira a África

Durante su viaje oficial del pasado verano a África, la primera ministra británica, Theresa May, viajó acompañada de una delegación de especialistas tecnofinancieros (fintech, como se conoce en la jerga económica). “Las oportunidades para los inversos en África son enormes. 111 compañías africanas ya han venido a Londres a recaudar fondos para invertir y crecer. Ahora queremos ir más lejos para asegurarnos de que el Reino Unido sea el socio preferido de las naciones africanas”, declaró May durante su gira que la llevó por Suráfrica, Kenia y Nigeria.

Estos tres países son los principales receptores de inversión de un sector, el de las empresas emergentes (startups), que captó el pasado año más de 195 millones de dólares, un 51% más que el año anterior, según el último informe del African Tech Startups. A diferencia de Europa y Estados Unidos, con un mercado de servicios financieros mucho más consolidado, el continente africano ofrece la oportunidad de levantar un sector desde cero. “Las fintech no están perturbando la industria financiera en África, la están construyendo”, resumió en un artículo el fundador de Goodwell Investments, Wim van der Beek.

Siguiendo el camino marcado por M-Pesa, compañías de todo el continente están desarrollando productos e instrumentos con los que hacer frente a los tres grandes retos financieros de la región: facilitar pagos y transacciones, facilitar el ahorro y garantizar el acceso al crédito de personas y pequeños comerciantes.

En este primer objetivo podemos incluir media docena de iniciativas que partiendo de una misma idea, el pago a través de dispositivos móviles –se espera que el número de usuarios alcance los 935 millones a finales de 2019-, han desarrollado soluciones adaptadas a sus propios mercados: Cinetpay, en Costa de Marfil, o Paga, Kongapay o Jumiapay en Nigeria. Un paso más allá va Moneywave, una plataforma creada por otra startup nigeriana Flutterwave, para tratar de unificar el atomizado sistema de pagos en el continente. Además de transacciones entre personas o de pagar servicios, permite realizar pagos o transferencias a bancos y carteras digitales de otros países y operar con tarjetas bancarias.

Los avances no terminan aquí. Yoco, una compañía surafricana, ha desarrollado su propio terminal de pagos compatible con las principales tarjetas del mundo, mientras que Bitpesa, con base en Kenia, ha sido señalada como una de las grandes innovaciones del sector al crear una herramienta de tecnologíablockchain para facilitar los intercambios comerciales en continente. Actualmente cuenta con más de 23.000 usuarios y actúa en 85 países.

Los otros dos ejes de la innovación económica en África, el ahorro y el flujo de crédito, mantienen a menudo un estrecho vínculo: a medida que se han desarrollado herramientas de ahorro, estas se han convertido también en sistema de crédito. StokFella, una aplicación surafricana que ha trasladado al mundo digital las tradicionales comunidades de ahorro del país, las denominadas stokvels con más de 11 millones de usuarios, o Pinggybank, en Nigeria, son los modelos más conocidos. Pezesha, que pone en contacto a inversores y emprendedores, para financiar proyectos que mejoren la vida de las comunidades locales o la ugandesa Numida son otros ejemplos destacados.

También las grandes empresas internacionales del sector se han interesado por el continente africano. Mastercard ha desarrollado Kionect, una herramienta que permite a los pequeños comerciantes adquirir productos en stock a través de micro-préstamos, mientras que 4G Capital, uno de los grandes inversores en África del Este, realiza préstamos de entre 20 y 500 dólares a pequeños comerciantes a través de un servicio de dinero móvil semejante a M-Pesa. Alrededor del 80% de sus clientes son mujeres y el 75% de ellas residen en área rurales: de media, sus negocios crecen hasta un 82% en solo un año, según los datos de la propia compañía.

En esta línea, la African Business Magazine destacaba el pasado mes de octubre el “boom de los servicios tecnofinancieros” en el continente y aludía a su éxito como clave para el desarrollo de las pymes y, por extensión, de todo el continente. Sirva como paradigma el proyecto Esoko, originario de Ghana, que ofrece información básica a los agricultores a lo largo de toda la cadena de valor de sus cosechas. Un potencial transformador tan grande que entidades como Ecobank ha puesto en marcha un programa de becas para apoyar iniciativas tecnofinanciaras en África.

Créditos de proximidad

Buena parte de estas iniciativas que hemos nombrado, como las StokFellasurafricana o MaTontine, su equivalente en Senegal, no han hecho más que recoger y actualizar las prácticas tradicionales que siempre han existido en el continente. Porque África sigue siendo un lugar en el que las relaciones familiares y comunitarias marcan el día a día: todavía son frecuentes las tiendas de barrio en las que se fía la compra. El 66% de la población -con datos de 2014- no tiene acceso a una cuenta bancaria y menos todavía son los que pueden acceder a servicios financieros. Así que han sido las propias comunidades, fundamentalmente a través de colectivos de mujeres, las que han desarrollado servicios financieros locales.

Impulsados por la cooperación internacional, desde hace más de una década han vuelto a proliferar los denominados Merry-Go-Rounds, grupos de ahorro en los que cada uno de los miembros del grupo -casi siempre mujeres- aporta una cantidad fija de dinero cuya suma total es entregado en cada reunión a uno de los integrantes. Uno distinto cada turno hasta completar el círculo de miembros. De esta manera, “sin necesidad de ahorrar pueden disponer de dinero para invertir o hacer frente a gastos que de otra manera no podrían”, explica Álvaro Pérez-Pla, presidente de Kukuba, una ONG española que promueve proyectos de desarrollo en Kibera, la mayor barriada de Nairobi.

El modelo, ahora replicado en aplicaciones móviles, ha ido evolucionando hacia el bautizado como table banking, un sistema que incluye préstamos a corto y medio plazo con suelen oscilar entre el 1 y 10%. A diferencia de los modelos bancarios formales, aquí la relación entre los miembros del grupo es siempre cercana, lo que facilita las soluciones en caso de impagos.

Además, los beneficios que se generan pueden invertirse en proyectos comunitarios: letrinas, instalaciones eléctricas, tanques de agua o incluso pequeños negocios con los que seguir alimentando los ingresos de la cooperativa. Gracias a este modelo, en Kibera se han puesto en marcha, entre otros proyectos, un estudio de grabación, varias cooperativas de transporte y un centro de reciclaje. Según los datos del Banco Mundial, el 26% de los adultos residentes en África Subsahariana recurrió el pasado año a este tipo de servicios de ahorro.

En los entornos musulmanes como Eastleigh, la barriada de Nairobi donde residen hasta 200.000 personas de origen somalí, funciona el denominado hawala, un sistema de transferencias en el que el proveedor del servicio recibe fondos en moneda local y a través de un homólogo en otro país efectúa el pago en divisa de ese segundo Estado al receptor que posee el código de identificación entregado al cliente original. A pesar de la mala fama que ha adquirido en los últimos años tras ser utilizado por varias organizaciones terroristas, se trata de un modelo muy ágil en la que la confianza de la comunidad resulta fundamental. No obstante, la aparición de los métodos electrónicos ha ido ganando terreno al hawala. En Somalia se realizan ya 155 millones de transacciones de dinero a través del móvil cada mes, y el 73% de los mayores de 16 años usan el servicio al menos una vez al mes: casi la mitad de ellos lo utilizan para pagar las tarifas de la escuela de los niños.

Sea cual sea el sistema utilizado, todas estas herramientas financieras tienen un elemento común: están pensadas para responder a las necesidades propias del continente.