Hoy, el mundo está más fracturado que nunca desde la Guerra Fría, y comienza a surgir un nuevo discurso aislacionista. Pero, ¿acaso pueden los países gozar de los beneficios de la globalización y evadir las responsabilidades propias de una economía globalizada sin sufrir las consecuencias?

Quizás muchos hayan perdido la fe en el globalismo, pero las fuerzas detrás de él no se dejarán vencer tan fácilmente. Formidables tendencias seguirán impulsando tanto la globalización como el globalismo y traerán consigno nuevos desafíos para todos nosotros. Por ejemplo, entre otras cosas, harán que sea más difícil prevenir el contagio de enfermedades infecciosas mortales. Así, a la vista de estas crecientes amenazas a la seguridad sanitaria internacional, debería quedar claro que priorizar el interés nacional no siempre significa enfocar toda la atención en casa.

De hecho, algunos de los aspectos del mundo moderno que han posibilitado el comercio internacional y el crecimiento mundial también han sentado las bases para algunos de los mayores desafíos a los que probablemente nos enfrentemos durante el siglo 21. El cambio climático, el crecimiento demográfico, la migración y la urbanización son solo algunos ejemplos. Todos estos fenómenos tienen un impacto sobre la seguridad sanitaria internacional.

De la misma manera que podemos cenar en Nairobi, desayunar en Londres y almorzar en Nueva York, ahora también podemos encargar bienes desde el otro lado del mundo y recibirlos en un plazo menor al período de incubación de muchas enfermedades infecciosas.

Cada año, más de mil millones de personas viajan a destinos fuera de sus países o regiones de origen, por lo que hoy es más fácil que nunca para los virus diseminarse por el mundo. Fuimos testigos de ello recientemente en dos oportunidades: primero con la epidemia de Ébola en África Occidental, que alcanzó a 10 países e infectó a casi 29 000 personas en todo el mundo, de las cuales 11 000 fueron víctimas fatales; y, luego, con el virus de Zika, que afectó a más de 80 países y territorios y produjo más de 220 000 casos confirmados.

Si queremos mantener estas amenazas a raya, no basta con la seguridad fronteriza y el control inmigratorio. En su lugar, debemos preguntarnos cómo podemos prevenir los brotes en primer lugar. Esto implica adoptar el globalismo en su totalidad e invertir en salud mundial para fortalecer los sistemas de salud nacionales, la vigilancia de las enfermedades y la vacunación de rutina en los países más pobres. El mundo entero será un lugar mucho más seguro si reconocemos que las enfermedades infecciosas no son un problema exótico de una tierra lejana sino un problema global, y si compartimos la responsabilidad por su prevención, diagnóstico y control.

El problema es que, gracias a los efectos combinados del crecimiento demográfico, el cambio climático, la migración y el conflicto, es probable que la seguridad sanitaria internacional se vuelva un desafío cada vez mayor durante los próximos años. La degradación de la tierra, el aumento del nivel del mar, el hambre y los conflictos bélicos seguirán forzando a muchas personas a migrar de sus hogares a las ciudades. En efecto, las megaciudades como la Ciudad de México y Lagos son cada vez más comunes en algunas de las regiones más pobres del mundo. Si no tomamos medidas, este fenómeno podría tener un efecto profundo sobre la seguridad sanitaria internacional porque, a medida que aumenta la densidad urbana, aumenta también el riesgo de epidemias urbanas.

Ritmo de crecimiento de las aglomeraciones urbanas. Imagen: Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU

El hecho de que viva más gente en menos espacio puede representar una demanda mayor para los ya limitados recursos sanitarios, y esto puede crear un ambiente propicio para la proliferación de las enfermedades infecciosas transmitidas por el agua y de los insectos que las transmiten. Al mismo tiempo, el tamaño de las ciudades y la cantidad de personas vulnerables que viven en ellas puede desbordar el suministro de vacunas y antibióticos y limitar nuestra capacidad para prevenir los brotes o responder a ellos.

Esta no es simplemente una situación hipotética. En 2016, fuimos testigos precisamente de esto con el brote de fiebre amarilla más grande de las últimas tres décadas. Este brote ocurrió en Luanda, la capital de Angola, y se expandió por Angola y otros dos países africanos, incluida la ciudad de Kinsasa en la República Democrática del Congo. Durante este brote, la escasez de vacunas fue tal que la Organización Mundial de la Salud y UNICEF debieron recurrir a recomendar el uso de dosis cinco veces menores a la dosis normal en Kinsasa como parte de la respuesta.

Tuvimos suerte, no solo al evitar epidemias urbanas a gran escala en dos capitales superpobladas, sino también al evitar que la fiebre amarilla llegara a Asia. Nadie sabe exactamente por qué la fiebre amarilla nunca se afianzó en Asia pero, si tenemos en cuenta que en esa región viven 1800 millones de personas no vacunadas, que el mosquito que transmite la enfermedad —Aedes aegypti— es endémico de la región y que no existe una cura para la enfermedad, la posibilidad de que esto ocurra debería ser una gran preocupación. No olvidemos que otras dos infecciones transmitidas por el mosquito Aedes, el dengue y la chikunguña, han causado grandes epidemias.

Dado que hay muchos trabajadores chinos en Angola, 11 casos de fiebre amarilla lograron llegar a China pero, por suerte, se contuvieron exitosamente y el virus no logró expandirse. Otro brote importante ocurrió unos pocos meses después en Brasil. A pesar de enfrentarse nuevamente a una escasez de vacunas, la comunidad sanitaria internacional reunió sus fuerzas y logró evitar que el brote se convirtiera en una epidemia urbana. Sin embargo, estuvimos cerca de un desastre en ambos casos.

Conforme la población mundial crece y se torna más y más urbana, es importante que estemos preparados para lo que vendrá. Aunque esto seguramente ayudará a abrir nuevos mercados e impulsar la globalización, se necesita un esfuerzo internacional continuo para prevenir los brotes que ocurran mediante la vacunación de rutina y el fortalecimiento de los sistemas sanitarios. De lo contrario, casos como los anteriores podrían convertirse en pandemias de gran magnitud que podrían tener consecuencias humanas y económicas catastróficas.