Vivimos en un mundo marcado por transformaciones políticas, sociales y tecnológicas de proporciones épicas, por lo que necesitamos, más que nunca, líderes responsables y receptivos. Sin embargo, los modelos de liderazgo imperantes en la actualidad tienen dificultades para conciliar ambas cualidades. El liderazgo tecnocrático privilegia la responsabilidad sobre la capacidad de respuesta, mientras que el liderazgo populista hace exactamente lo opuesto.

Además, existe el problema crítico de que ninguno de estos modelos de liderazgo se preocupa ni interesa por el juicio y la voluntad de los ciudadanos. Como remarcó recientemente el profesor Jan-Werner Müller, mientras que los populistas actúan como si solo existiera una única y verdadera “voluntad popular”, los tecnócratas asumen que solo hay una "solución correcta". ¿Qué pueden hacer los líderes modernos en este contexto?

El rol de los agentes intermedios, desde partidos políticos hasta sindicatos, comienza a menguar conforme los líderes buscan conectarse con sus audiencias de manera directa. Esta tendencia se torna incluso más marcada en el período de elecciones, cuando los líderes que se enfrentan a las incesantes demandas de los ciclos de noticias en las redes sociales buscan otras formas de legitimación, lo que la teórica política Nadia Urbinati llama “representación directa”.

El referendo sobre el Brexit en el Reino Unido es un excelente ejemplo, donde quienes sometieron el tema a votación y propusieron que el Reino Unido abandonara la UE no se hicieron responsables por las consecuencias. La ilusión de que la política puede simplemente recoger las preferencias de las personas y hacerlas realidad mecánicamente amenaza con destruir la idea detrás de la representación política.

En una democracia representativa, la misión de los líderes debe ser moderar las opiniones y respuestas emocionales de los ciudadanos en lugar de fomentarlas. En otras palabras, la relación entre los representantes y los representados debe ser una relación continua que involucre juicio de ambas partes.

De allí la necesidad de contar con líderes responsables y receptivos; líderes que reconquisten, rediseñen y expandan el exiguo espacio que los líderes populistas y tecnocráticos de hoy dejan entre ellos y el electorado. Este espacio está destinado a convertirse en el teatro de operaciones de nuevas formas de liderazgo político.

La buena noticia es que, mientras que la participación política tradicional sufrió una fuerte erosión, la expresión democrática y la participación política no convencional ganaron terreno. Los ciudadanos no perdieron su interés en los asuntos públicos. Al contrario. Por lo tanto, el desafío para los líderes es canalizar el creciente interés en los procesos democráticos mediante la creación de nuevas vías de participación, la construcción conjunta de políticas y la supervisión de las decisiones. En nuestras sociedades repolitizadas, los representantes políticos exitosos serán los que logren transformar la desconfianza en virtud cívica.

Lamentablemente, esto exige cualidades personales de las que muchos de nuestros líderes carecen. Se destacan cinco cualidades:

1. Compasión e inteligencia emocional

Los líderes deben ser capaces de ponerse en el lugar del otro. Aunque la empatía excesiva puede distorsionar nuestro juicio, la compasión y la inteligencia emocional mejoran la capacidad de resolución de problemas de los líderes y, en última instancia, maximizan su impacto sobre la sociedad. Para lograrlo, los líderes deben compartir y experimentar el dolor y el sufrimiento de las personas, así como sus momentos de alegría y felicidad. Deben salir de las oficinas, pasar más tiempo en la calle y, cuando navegan por Internet, no limitarse a las burbujas de contenido filtrado.

2. Integridad y franqueza

Los líderes deben estar libres de toda sospecha antes, durante y después de ejercer el poder. Deben comprometerse a democratizar el acceso a los partidos políticos y abrirlos a los ciudadanos de ambientes diferentes, no políticos y no convencionales, incluidos los emprendedores. Hoy, las restricciones para ingresar a un partido político son muy altas y los costos de oportunidad de una vida política son incluso mayores. Una vez que son electos, los líderes políticos deberían garantizar la total transparencia de sus acciones (p. ej. listas de reuniones, presencia legislativa y donantes) y aceptar distintos tipos de supervisión ciudadana (p. ej. juntas de evaluación, grupos de guardianes y organismos de investigación). Al abandonar sus puestos, deben resistir la tentación de alternar entre puestos públicos y privados para monetizar sus redes y su experiencia.

3. Justicia e inclusión

A diferencia de la mayoría de los votantes, los lobbies y otros grupos organizados con mucho dinero y contactos siempre conocen a los representantes electos. Los líderes responsables deberían nivelar las cosas y asegurarse de escuchar y entender a todas las partes afectadas antes de tomar decisiones. Para hacerlo, los líderes deben ir más allá de la igualdad formal y apoyar en forma proactiva la representación de todos los intereses en el proceso de definición de políticas. Para lograrlo, se podrían brindar recursos financieros que se transfirieran de quienes tienen a quienes no (p. ej., a través de honorarios de audiencia pública) o se podrían aprovechar redes de ciudadanos expertos dispuestos a servir a organizaciones civiles de manera gratuita para alentar a la socialización del conocimiento. Un ejemplo de esto es la organización sin fines de lucro que fundé, The Good Lobby, que busca servir como contrapeso de la influencia de las empresas.

4. Competencia y respeto por la evidencia

En un mundo de recursos limitados, cualquier acción de liderazgo puede ser costosa, sobre todo cuando genera consecuencias no deseadas. Para mitigar esos riesgos, los líderes deben comprometerse a basar sus decisiones en la evidencia disponible en lugar de la ideología. El liderazgo responsable debe basarse en la evidencia, ser competente y transparente, y estar dispuesto a desenmascarar a los “comerciantes de la duda”, expertos que se presentan como autoridades científicas imparciales pero en realidad representan intereses corporativos.

5. Consistencia y sobriedad

Los líderes deben pregonar con el ejemplo. Su conducta diaria debe ser consistente con los valores que predican y defienden. En una época de desigualdad sin precedentes, deben hacer de la austeridad una marca de su éxito y mantenerse alejados de los conflictos de intereses. Deben temer más a la desaprobación social que a las sanciones legales y éticas. Ser un líder exige adoptar estándares morales más altos.

El liderazgo exitoso tiene su base en la interacción —y exposición— diaria responsable y receptiva con una red de partes involucradas, que incluyen a grupos organizados, organizaciones comunitarias y ciudadanos individuales. En particular, al fomentar una cultura de supervisión ciudadana, los líderes políticos pueden proteger a la sociedad (y a sí mismos) contra sus (propios) excesos y así mejorar su capacidad de cumplir sus promesas y servir al bien común.

No se me ocurre un antídoto mejor contra el populismo que líderes responsables y receptivos.

Alberto Alemanno es profesor de la cátedra Jean Monnet de Derecho de la Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París, profesor internacional de la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York y fundador de The Good Lobby.