¿Desaparecerán los abogados en la era de la automatización?

Graduating Law School students cheer as they receive their degrees during the 365th Commencement Exercises at Harvard University in Cambridge, Massachusetts, U.S. May 26, 2016. REUTERS/Brian Snyder - S1BETGHJWQAA
AI offers young lawyers the chance to do more than spend their first two years in a data room.Image: REUTERS/Brian Snyder
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«Los robots vienen». Se está convirtiendo rápidamente en el mantra de nuestra época. Y lleva consigo una clara amenaza. He notado que, especialmente durante el último año más o menos, esta frase se ha convertido en el titular recurrente de las noticias jurídicas cuando informan sobre tecnología en nuestro sector.

En nuestra profesión —donde desde hace miles de años la confianza, la diligencia y el «buen criterio» son principios fundamentales—, la idea de que la inteligencia artificial «sustituya» a los abogados sigue siendo controvertida. Desde la facultad de Derecho y a lo largo de toda nuestra carrera, nos enseñan que todo buen abogado aspira a convertirse en un asesor de confianza.

Las relaciones más duraderas en la profesión jurídica son aquellas en las que el cliente siente y cree que el abogado está de su parte. Y, a menudo, el asesoramiento que más valoran nuestros clientes no depende solo de cómo respondemos cuando preguntan: «¿Debería hacer esto?», sino también de cómo respondemos cuando preguntan: «¿Usted lo haría?».

La confianza se gana con esfuerzo y con el tiempo, en las relaciones y, a menudo, en nuestro bufete, a través de las fronteras. Pero el mundo acelera; la globalización, los avances tecnológicos y el Internet de las cosas generan una enorme presión para actuar con mayor rapidez, inteligencia y productividad. Así que, si las máquinas pueden aprender, ¿desaparecerán los abogados?

El cambio está ocurriendo

La IA que vemos ahora en el mercado y en el futuro previsible —que no me atrevo a situar más allá de los próximos 3-5 años— nos permitirá prestar mejores servicios jurídicos con más rapidez, eficiencia y, a veces, a menor costo. Pero, por ahora, no cambia las reglas del juego de manera fundamental.

Pero el cambio está ocurriendo, y ser simplemente un buen abogado ya no basta. Seamos claros: esto no es nuevo. El sector de los servicios financieros atraviesa retos similares, pero será necesario que evolucionen las leyes y la regulación para permitir que la tecnología despliegue todo su potencial en el sector jurídico.

Si pensamos en la revisión de documentos, hace 30 años un cliente pagaba millones para que se revisaran manualmente miles de documentos. Gracias a la tecnología, ahora las máquinas realizan gran parte de ese trabajo. Muchos otros procesos jurídicos pueden automatizarse. La IA y las herramientas que «la hacen realidad» son más una oportunidad que una amenaza: una oportunidad para centrarse en el trabajo valioso para los clientes; para disponer de más información que permita a los abogados tomar mejores decisiones con mayor rapidez; y para ofrecer a los abogados jóvenes algo más que pasar sus dos primeros años en una sala de datos.

Esta revolución influye no solo en cómo ejercemos el derecho, sino también en cómo se aplica la ley a sectores completamente nuevos. El equipo especializado en drones de nuestro grupo mundial de aviación, pionero en su género, es un buen ejemplo de cómo nos adaptamos a los cambios del mundo. Los drones están revolucionando las industrias y, al mismo tiempo, ampliando los límites del derecho aeronáutico, porque no encajan en el marco aeronáutico estándar. Muchas empresas que se adentran por primera vez en este ámbito necesitan asesoramiento específico de su sector para orientarse en este panorama jurídico en rápida evolución y aprovechar al máximo las capacidades de los drones.

Los coches autónomos son otro ejemplo. Si atropellan a alguien, ¿quién tiene la culpa? ¿Quién va a pagar? ¿Dónde recae la responsabilidad? Es un ámbito fascinante para un abogado.

El futuro es prometedor

La cuestión fundamental es la confianza. Nuestro instinto humano nos lleva a querer hablar con otra persona. No creo que eso cambie. Anhelamos la confianza; es lo que nos distingue de las máquinas: la empatía, el instinto humano, la capacidad de captar matices, estrechar manos y construir relaciones de colaboración.

Como vemos cada año en la reunión anual del Foro Económico Mundial, gracias a nuestra participación de larga data, el mundo ha cambiado más, y más rápidamente, en los últimos cinco años que en los últimos 50.

Las empresas (nuestros clientes) exigen que no solo entendamos el ritmo al que avanza su sector, sino también que, como abogados, aprovechemos la IA para hacer más con menos. No nos limitamos a hablar: hemos destinado a algunos de nuestros abogados al Centro para la Cuarta Revolución Industrial del FEM para asegurarnos de estar en pleno centro de los cambios que se avecinan y aprender haciendo.

En pocas palabras, la innovación no tiene que ver con el negocio del derecho, sino con el negocio de las empresas. Entonces, ¿cómo podemos seguir el ritmo? Manteniendo mejores conversaciones y comprendiendo mejor el mundo. Escuchando y aprendiendo para estar mejor preparados.

La inversión en tecnología debe ir de la mano de la inversión en talento. Seamos francos: el mercado acabará con quienes no se adapten. Ellos son quienes deberían temer a las máquinas. Para ellos, los robots vienen. Los abogados verdaderamente sensatos saben que no se trata de elegir entre unos u otras.

Creo que el futuro es realmente muy prometedor para quienes encuentren formas de usar la IA para potenciar, y no sustituir, el criterio y la empatía.

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