Por qué necesitamos tanto las ciencias como las humanidades para una educación en la Cuarta Revolución Industrial

A young girl looks at school stationery in a supermarket in Nice August 23, 2012. The new school year will start on September 4 in France. REUTERS/Eric Gaillard (FRANCE - Tags: EDUCATION SOCIETY BUSINESS) - PM1E88N1BPD01
What is the true purpose of education at a time when machines are getting smarter and smarter?Image: REUTERS/Eric Gaillard
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La posible automatización de muchos empleos plantea algunas cuestiones importantes y complejas, pero una de ellas no ha recibido suficiente atención: ¿cuál es el verdadero propósito de la educación en una época en la que las máquinas son cada vez más inteligentes?

He dedicado mi carrera a trabajar con algunos de los ingenieros más brillantes del sector tecnológico y con los humanitarios más destacados de la ONU, reflexionando sobre cómo podríamos llevar los beneficios de la innovación a nuestros clientes y a la sociedad en todo el mundo. Lo más reciente y más potente de estos avances es el inminente lanzamiento de la red inalámbrica de quinta generación (5G), que puede gestionar 1.000 veces más volumen de datos que los sistemas actuales.

A medida que la tecnología evoluciona, me resulta cada vez más claro que nuestros sistemas educativos no preparan a las personas para las oportunidades que traerán el 5G y otros avances de la Cuarta Revolución Industrial. Educadores, responsables de políticas, organizaciones sin ánimo de lucro y la comunidad empresarial deben afrontar este hecho, incluso (y especialmente) si ello implica cuestionar prácticas arraigadas desde hace mucho tiempo y supuestos de moda.

A medida que más computadoras igualan o superan las capacidades cognitivas humanas, veo tres propósitos generales para la educación:

  • En primer lugar, y lo más evidente, inculcar las competencias STEM de calidad necesarias para satisfacer adecuadamente las necesidades de nuestra sociedad, cada vez más tecnológica;

  • Igual de importante: inculcar la comprensión cívica y ética que permitirá a los seres humanos utilizar estas poderosas tecnologías con sabiduría, perspectiva y el debido respeto por el bienestar de los demás;

  • Encontrar formas mucho más creativas y atractivas de satisfacer estas dos primeras necesidades en un abanico de edades y situaciones vitales mucho más amplio de lo que tradicionalmente ha sido el caso en nuestros sistemas educativos.

Comprensiblemente, el debate sobre la educación para el futuro se ha centrado en las STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). De hecho, la educación STEM es una prioridad importante para nuestra propia empresa; nuestro programa Verizon Innovative Learning proporciona conectividad gratuita, equipos de última generación, un currículo STEM y formación práctica para ayudar a menores de bajos ingresos a cerrar la brecha digital.

La lógica de esto es sencilla: como se ha señalado anteriormente, el valor de estas materias en una era impulsada por la tecnología es indiscutible. Si acaso, nuestra sociedad debe mejorar de forma significativa su educación STEM en todos los niveles de ingresos y grupos de edad, y entre ambos géneros.

Sin embargo, cabe argumentar que el creciente énfasis de nuestra sociedad en las STEM, aunque es loable y necesario, ha generado una mentalidad de o una cosa o la otra que subestima precisamente las materias que podrían ayudarnos a convertirnos en los mejores custodios de la tecnología. Entre esas materias se incluyen humanidades fundamentales como la historia, la filosofía, la literatura y las artes.

La idea no es dar prioridad a unas materias sobre otras, sino sacarnos de la dicotomía cada vez más carente de sentido entre ciencias y humanidades. Para dominar esta nueva época, necesitamos ambas, y debemos integrarlas como nunca antes.

En definitiva, lo que realmente necesitamos son ingenieros genéticos que hayan asimilado en profundidad Un mundo feliz y historiadores capaces de realizar análisis de datos sofisticados. Las ciencias tienen cada vez más que aportar a las humanidades, y viceversa.

El argumento a favor de esta integración surge directamente de los titulares. Una y otra vez en los últimos años, hemos visto a ejecutivos expertos en tecnología cometer errores evitables al interactuar con la sociedad en general en cuestiones complejas y delicadas, como la privacidad de los consumidores y la integridad del sistema político.

La lección es clara: para que la tecnología cumpla su promesa de mejorar la condición humana, necesita una brújula cultural y moral. Durante demasiado tiempo, las disciplinas que inculcan esa brújula, es decir, las humanidades, han sido descartadas como algo anacrónico; cuando, por el contrario, quizá sean precisamente lo que nos permite aprovechar al máximo tecnologías cada vez más poderosas.

Hay algo más que necesitamos de un sistema educativo para la Cuarta Revolución Industrial: la plena adopción del concepto de aprendizaje permanente.

Soy consciente de que no soy el primero en defender el ideal del aprendizaje permanente, pero necesitamos ser más contundentes para hacerlo realidad. En lugar de ser un complemento agradable a nuestro actual sistema de educación formal, debería ser el concepto en torno al cual se entienda y organice todo el sistema.

La idea de que la educación formal debe terminar a los 22 o 25 años (y mucho menos a los 18) está ya completamente desfasada. A medida que la tecnología cambia más rápidamente y las personas viven más años, con más gente trabajando mucho después de las edades tradicionales de jubilación, la necesidad de modelos de escolarización y formación flexibles y adaptables es acuciante.

Por ejemplo, podemos y debemos dejar de asociar de forma automática los «años universitarios» con el final de la adolescencia y los primeros veinte años. Las universidades del futuro verán cada vez más estudiantes de 40 o 60 años cursando nuevas titulaciones, y probablemente también a algunos adolescentes precoces que ya hayan demostrado dominio de una materia a través de cursos en línea.

Este es solo un pequeño ejemplo de los cambios que los sistemas escolares, desde la educación primaria hasta el nivel de posgrado, tendrán que asimilar para garantizar que las personas estén preparadas para la Cuarta Revolución Industrial.

Como optimista tecnológico incurable, creo firmemente que podemos seguir siendo los capitanes de nuestro propio destino, incluso cuando la tecnología se vuelva más poderosa, si educamos a nuestra gente para afrontar el desafío.

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