Por qué debemos acoger la nueva era de los datos en la formulación de políticas medioambientales

The sun rises over mountain summits in the Austrian village of Soell, Austria, August 30 , 2017. REUTERS/Dominic Ebenbichler - RC169BE161B0
The Environmental Performance Index reflects the rising importance of dataImage: REUTERS/Dominic Ebenbichler
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Hace veinte años, la formulación de políticas medioambientales solía basarse en pruebas anecdóticas y opiniones de «expertos». A menudo, las catástrofes marcaban la agenda, desde Primavera silenciosa sobre la intoxicación por DDT hasta el derrame de petróleo del Exxon Valdez. Provocada por las crisis y los problemas ignorados durante mucho tiempo, la protección medioambiental del siglo XX pasó a trompicones de una emergencia a otra. Sin embargo, las leyes y políticas resultantes no siempre se basaron en un análisis reflexivo ni en una atención sistemática a la ciencia y los datos. El verdadero avance hacia la sostenibilidad exigía algo más que respuestas ad hoc desencadenadas por reacciones emocionales.

Con el paso del tiempo, quedó cada vez más claro que las políticas medioambientales resultantes eran desiguales y a menudo tenían un coste elevado que no podía justificarse plenamente.

Pero en la década de 1990 empezó a surgir una nueva generación de líderes medioambientales. No estaban imbuidos del activismo alimentado por las crisis de las décadas de 1960 y 1970; los motivaba, en cambio, lograr mejores resultados medioambientales sobre bases analíticas más sólidas. Varios de estos innovadores en sostenibilidad se reunieron en el Grupo de Trabajo sobre Medio Ambiente durante la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de 1999, convocada como parte de la iniciativa «Líderes Globales para el Mañana» de Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro (precursora del actual Foro de Jóvenes Líderes Mundiales).

Este grupo de trabajo debatió maneras concretas de impulsar a los presidentes, primeros ministros y líderes empresariales reunidos en Davos a prestar más atención a la sostenibilidad del planeta, y concluyó que un cuadro de indicadores del desempeño medioambiental podría centrar más la atención de la comunidad mundial. También reconoció la oportunidad paralela de hacer que la toma de decisiones medioambientales se basara más en datos y en evidencia empírica, y fuera así más reflexiva y duradera.

Al igual que las clasificaciones de competitividad del Foro ayudaron a destacar las bases normativas del crecimiento económico sostenido en el mercado, el Grupo de Trabajo sobre Medio Ambiente razonó que una herramienta de evaluación comparativa similar, que pusiera de relieve distintos aspectos del progreso medioambiental nacional, podría impulsar la atención hacia el emergente imperativo de la sostenibilidad. Además, vieron la oportunidad de destacar a quienes lideraban, a quienes se rezagaban y las mejores prácticas, y así impulsar mejores resultados medioambientales en todo el planeta.

Con el apoyo intelectual y financiero del Foro Económico Mundial y de otros socios mundiales, nació el Índice de Desempeño Ambiental (EPI). En las últimas dos décadas, se ha convertido en el principal marco para analizar la sostenibilidad, un componente fundamental para crear «un futuro común en un mundo fracturado». El mundo ha avanzado hacia una formulación de políticas con mayor rigor analítico, respaldada por las oportunidades que ofrece la ciencia de datos surgida en la era de la información.

El EPI de 2018clasifica a 180 países según 24 indicadores de desempeño distribuidos en 10 categorías que abarcan la salud medioambiental y la vitalidad de los ecosistemas. Estas métricas ofrecen una medida, a escala nacional, de la proximidad de los países a los objetivos establecidos de política medioambiental. Así, el EPI ofrece un cuadro de indicadores que permite conocer las mejores prácticas en una amplia variedad de desafíos normativos y orienta a los países que aspiran a liderar en sostenibilidad.

Seguimiento de dos dimensiones fundamentales del desarrollo sostenible: (1) la salud medioambiental, que mejora con el crecimiento económico y la prosperidad, y (2) la vitalidad de los ecosistemas, sometida a presión por la industrialización y la urbanización.

Dos décadas de avances en la formulación de políticas basadas en datos han desplazado la agenda mundial hacia un énfasis mucho mayor en el análisis científico y las métricas sólidas. Esta tendencia culminó en 2015 con la adopción de un conjunto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, estructurado cuidadosamente y respaldado por 169 metas cuantitativas. El Acuerdo de París sobre el Clima de 2015también representa una revolución en la política mundial, pues instó a los países a declarar sus «contribuciones determinadas a nivel nacional» para controlar las emisiones de gases de efecto invernadero, exigió informes de progreso e hizo responsables a los participantes de sus avances. El EPI fue pionero en esta forma de establecer objetivos medioambientales y mejoró la política medioambiental.

En la Reunión Anual de este año en Davos, el EPI de 2018 mantendrá el impulso de la formulación de políticas medioambientales basadas en datos como herramienta para lograr mejores resultados a lo largo del tiempo. En sus 20 años de trayectoria, el EPI ha identificado tendencias importantes en el desempeño medioambiental mundial y ha demostrado que la comunidad global ha avanzado en términos generales en algunos ámbitos, como los resultados sanitarios relacionados con el agua potable y el saneamiento, así como la protección de los ecosistemas marinos.

En otros ámbitos persisten desafíos importantes. Muchas pesquerías siguen deteriorándose, con problemas graves en El Salvador, Papúa Nueva Guinea y Portugal. Una parte considerable de la población sigue sufriendo por la mala calidad del aire, sobre todo en India, China, Pakistán y otras naciones en rápida industrialización. En algunos ámbitos, un pequeño número de países no está abordando problemas críticos. Por ejemplo, Indonesia, Malasia y Camboya han perdido una cantidad considerable de bosques en los últimos cinco años, mientras que la tendencia mundial de protección de los sistemas forestales ha sido, en general, positiva.

Los resultados del EPI de 2018 confirman que el éxito en materia de desarrollo sostenible requiere tanto prosperidad económica para invertir en infraestructura como una gestión cuidadosa de las amenazas de contaminación que surgen de la industrialización y la urbanización. Los países con mejor desempeño, en su mayoría de Europa y América del Norte, pero también Nueva Zelanda, Israel, Japón, Australia y Taiwán, obtienen buenos resultados en el EPI gracias a su desempeño positivo en las dos dimensiones de la sostenibilidad: la salud medioambiental y la vitalidad de los ecosistemas. En general, los países con puntuaciones altas muestran un compromiso de larga data con la protección de la salud pública, la conservación de los recursos naturales y la desvinculación de las emisiones de gases de efecto invernadero de la actividad económica.

El mundo ha entrado en una nueva era de formulación de políticas medioambientales basadas en datos. Cada vez se pide más a los gobiernos que expliquen su desempeño ante diversos desafíos de control de la contaminación y gestión de los recursos naturales con referencia a métricas cuantitativas. Un enfoque de la protección medioambiental más basado en datos y en evidencia empírica promete facilitar la detección de problemas, el seguimiento de tendencias, la identificación de éxitos y fracasos de las políticas y de mejores prácticas, y la optimización de los beneficios de las inversiones en protección medioambiental. A medida que avanzan los datos y las herramientas estadísticas de la era de la información se incorporan más plenamente al ámbito medioambiental, parece considerable el potencial para que los gobiernos, las empresas y la comunidad académica tomen decisiones medioambientales aún más rigurosas.

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