La contaminación por partículas está reduciendo en más de dos años la esperanza de vida media de las personas en todo el mundo.
Sin embargo, la inversión para combatir la contaminación del aire está muy por debajo de la magnitud del problema.
La inversión mundial en infraestructura para gestionar la calidad del aire es muy insuficiente, y ahora es el momento de invertir en ella.
A principios de este verano, el Air Quality Life Index (AQLI) del Energy Policy Institute de la Universidad de Chicago publicó su informe más reciente. En él se detallaba la situación de la contaminación del aire y sus efectos en la esperanza de vida en todo el mundo en 2020. Los resultados fueron desalentadores.
A pesar del inicio de la pandemia de COVID-19 y de la posterior desaceleración económica, durante los cuales en muchos lugares se registraron breves períodos con un aire más limpio, los niveles mundiales de contaminación por partículas (PM2.5) —el tipo de contaminación más perjudicial para la salud humana— se mantuvieron prácticamente iguales en 2020 que el año anterior. Según los datos más recientes del AQLI, la contaminación por partículas está reduciendo en más de dos años la esperanza de vida media de las personas en todo el mundo. Esta pérdida de años de vida supera la causada en conjunto por las lesiones de tráfico, el VIH/sida, la malaria y la guerra.
Mientras tanto, nuestra inversión para combatir la contaminación del aire está muy por debajo de la magnitud del problema. Según un informe del Clean Air Fund, por ejemplo, las organizaciones filantrópicas de todo el mundo invierten apenas 40 millones de dólares al año. Esto contrasta marcadamente con el VIH/sida, que, tras décadas de iniciativas eficaces, ahora tiene un impacto menor en la esperanza de vida mundial, pero aun así recibe 16 veces más apoyo financiero que la lucha contra la contaminación del aire. En cuanto a la asistencia oficial para el desarrollo internacional de gobiernos y organizaciones internacionales, la brecha es aún mayor: problemas como el VIH/sida reciben 225 veces más financiación que la contaminación del aire exterior (6.500 millones de dólares frente a 28,9 millones de dólares).
Países que están limpiando el aire
Aunque los niveles actuales de contaminación mundial y la financiación destinada a combatirla ofrecen un panorama desalentador, hay muchos motivos para la esperanza. Abundan los ejemplos de países y ciudades que han logrado limpiar su aire.
Por ejemplo, entre 2013 y 2020, China logró una impresionante reducción del 40 % de la contaminación por partículas y aumentó en promedio más de dos años la esperanza de vida de sus habitantes, siempre que se mantengan estos niveles más limpios. Estas mejoras fueron resultado de medidas políticas coordinadas y ambiciosas del Gobierno chino, que incluyeron la creación de objetivos generales y medibles para mejorar rápidamente la calidad del aire, así como soluciones específicas, como limitar el número de vehículos en las principales ciudades, reducir la capacidad de producción de acero y reducir las emisiones de las centrales eléctricas de carbón, o incluso trasladarlas o prohibirlas.
Mientras tanto, en otra época y bajo un sistema político completamente distinto, Estados Unidos es otro ejemplo de un país que ha conseguido un aire mucho más limpio y se ha beneficiado de ello. En 1970, cuando comenzaron a entrar en vigor la Ley de Aire Limpio y otras medidas regulatorias, cerca del 50 % de los estadounidenses perdían más de 1,5 años de esperanza de vida debido a la contaminación del aire. En 2020, la contaminación por PM2.5 redujo en dos meses la esperanza de vida media de los estadounidenses.
Las iniciativas políticas de estos países tuvieron éxito porque ambos invirtieron en la tecnología, la infraestructura y el personal necesarios para gestionar el problema. Esto incluyó la capacidad de medir y vigilar la calidad del aire a largo plazo.
La vigilancia fiable es clave para mejorar la calidad del aire
Los datos fiables de vigilancia son esenciales para hacer cumplir las políticas, evaluar los avances y comunicar al público la calidad del aire, a fin de generar confianza y mantener el impulso necesario para sostener los objetivos políticos. Sin embargo, a menudo los gobiernos carecen de la capacidad o los conocimientos especializados para instalar monitores, recopilar datos, hacer un seguimiento de los resultados e interpretarlos.
La infraestructura para la calidad del aire —o su ausencia— suele ser la diferencia crucial entre unas políticas eficaces y otras ineficaces. En muchos países, el problema no es que falten buenas políticas de calidad del aire: ya existen. El problema es contar con los conocimientos especializados, el personal y la tecnología necesarios para hacerlas cumplir.
Sin embargo, al examinar cómo se distribuyen los fondos oficiales para el desarrollo en el mundo, vemos que faltan los elementos básicos de la infraestructura para gestionar la calidad del aire: sistemas sólidos de vigilancia de datos y herramientas de comunicación pública. Según el informe de 2021 del Clean Air Fund sobre el estado de la financiación mundial para la calidad del aire, los proyectos de datos y de comunicación representan cada uno el 1 % o menos de la financiación oficial para el desarrollo destinada a la calidad del aire. Pero ahí reside la oportunidad. Dada la escasa inversión actual en la contaminación del aire y la situación aún más precaria de la infraestructura para gestionar la calidad del aire, un pequeño aumento absoluto de la financiación de estos proyectos podría traducirse en un gran aumento relativo de la capacidad mundial para abordar la contaminación del aire.
La carga para la salud pública causada por la mala calidad del aire es enorme, pero las deficiencias de la infraestructura básica para gestionar la calidad del aire no lo son. Es posible subsanarlas; simplemente se han desatendido. Abordar estas deficiencias olvidadas es una oportunidad excepcional para las organizaciones filantrópicas y de asistencia internacional para el desarrollo que buscan avanzar en la lucha contra una de las mayores amenazas para la salud pública de nuestro tiempo.







