Por qué el capital natural es la próxima gran frontera de la inversión climática

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The wider agricultural ecosystem has magnetized an increasing flow of capital from some of the world’s largest alternative asset managers.Image: Getty Images
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  • Los ecosistemas agrícolas y el capital natural ofrecen coberturas resilientes frente a la inflación y, al mismo tiempo, respaldan la seguridad alimentaria mundial.

  • Los inversores institucionales destinan cada vez más capital a proyectos regenerativos para mitigar el cambio climático y las emisiones.

  • Estos activos a largo plazo pueden aportar resiliencia a las carteras en un contexto de creciente polarización, al aunar objetivos de conservación en entornos ideológicos diversos.

A finales del siglo XVIII, el economista francés François Quesnay presentó su famoso tableau économique, según el cual la agricultura se considera la forma de comercio más productiva y noble, y las sociedades se verían «seducidas» por los lujos de la producción industrial, para su propio perjuicio.

Más de 250 años después, en medio del temor generalizado a que la aceleración de la información, la tecnología y la robótica diezme algunos segmentos del mercado laboral, el ecosistema agrícola sigue siendo un pilar clave de las economías posindustriales de todo el mundo. La escasez de trabajadores, los controles a las exportaciones, el aumento de las fricciones comerciales y las perturbaciones del suministro derivadas de las crisis energéticas en todo el mundo han llevado a las autoridades a volver a centrar su atención en la seguridad alimentaria e incluso en el acopio de reservas locales de alimentos. Mientras tanto, los fenómenos meteorológicos extremos están provocando cambios estructurales en la producción de alimentos: incluso la antigua práctica de la vinificación —tan ensalzada en tiempos de Quesnay— se está desplazando lentamente hacia el norte de Europa, impulsada por los cambios en los patrones meteorológicos.

El sistema alimentario mundial también se reconoce como un frente crucial en los esfuerzos colectivos por mitigar el cambio climático. La ONU estima que representa casi un tercio de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero; el desperdicio de alimentos, por sí solo, genera al año más emisiones de carbono que todo el sector de la aviación. En este contexto, algunos de los mayores productores de alimentos del mundo y destacadas oficinas familiares han aumentado de forma constante la asignación de capital a la agricultura regenerativa; es decir, mejorar la salud del suelo y restablecer los ciclos naturales del agua, potenciar la biodiversidad de los ecosistemas locales y, al mismo tiempo, aumentar la productividad de los cultivos y reducir las emisiones de carbono.

El ecosistema agrícola en sentido amplio —que incluye terrenos forestales, silvicultura, tierras de cultivo y la restauración de hábitats naturales— ha atraído un flujo cada vez mayor de capital de algunos de los mayores gestores de activos alternativos del mundo, ahora agrupados bajo el concepto más amplio de «capital natural». Los fondos de pensiones, las compañías de seguros y las firmas de inversión globales han descubierto que la inversión a largo plazo en capital natural (y lo que se conoce como soluciones basadas en la naturaleza, o SbN) puede responder a varias necesidades claras de las carteras: preservar el capital; invertir en activos reales como cobertura frente a la inflación; y también generar impacto mediante el impulso del empleo local, el refuerzo de la seguridad hídrica y la generación de compensaciones de carbono y créditos de biodiversidad.

El capital natural ofrece una forma de invertir a largo plazo en la ecología, potencialmente aislada de los vaivenes de las políticas públicas.

De hecho, algunas de las mayores empresas del mundo actúan como inversores privados al destinar fondos al capital natural con horizontes de varias décadas. Al seguir una estrategia de eliminación de carbono —para compensar las crecientes emisiones de los centros de datos con un elevado consumo energético—, las empresas tecnológicas también invierten activamente en agricultura regenerativa mediante la compra de créditos de carbono del suelo.

Como veremos, los inversores y directivos de empresas que adoptan una mentalidad inversora harían bien en seguir su ejemplo y aumentar de forma constante la asignación de sus carteras al capital natural. Aunque muchos líderes empresariales y responsables políticos se centran en reforzar la resiliencia frente al cambio climático, los inversores también deberían considerar la resiliencia de algunas de sus carteras ante los cambios en el panorama político.

La vida útil y el horizonte de rentabilidad de muchos activos reales suelen extenderse mucho más allá de un ciclo electoral, y ciertos proyectos de infraestructura o inmobiliarios podrían cancelarse debido a cambios en las preferencias de los gobiernos centrales. Sin embargo, al centrarse en la conservación, el empleo local y la forma de comercio más «noble» —la agricultura—, el capital natural ofrece una forma de invertir a largo plazo en la ecología, potencialmente aislada de los vaivenes de los responsables políticos en entornos políticos polarizados.

Los actores, los activos y el mercado

Los 50 principales inversores en capital natural gestionan actualmente alrededor de 155.000 millones de dólares en activos de SbN. Entre los principales actores figuran compañías de seguros, bancos de inversión globales, bancos de importancia sistémica mundial y gestores de activos alternativos. Con el objetivo de preservar el capital, cubrirse frente a la inflación y la volatilidad del mercado, y lograr un impacto medioambiental, sus inversores incluyen personas con un elevado patrimonio neto, oficinas familiares, fondos patrimoniales universitarios y algunas de las mayores empresas del mundo. A menudo, los inversores pueden elegir fondos con una estrategia específica (como la producción forestal o la reforestación) o activos combinados (como tierras de cultivo con prácticas de agricultura regenerativa o alimentadas por energía renovable). Históricamente, algunos fondos de capital natural han ofrecido una rentabilidad de alrededor del 7-8 %, con un máximo de cerca del 13 % para ciertas estrategias.

Algunos de los mercados más importantes son Estados Unidos y América Latina, que no solo cuentan con abundantes tierras, sino también con un entorno regulatorio favorable para la agricultura y la silvicultura, así como para iniciativas de agricultura regenerativa y biotecnología. Australia y Nueva Zelanda también son mercados incipientes para el capital natural. En Europa, el Reglamento sobre la Restauración de la Naturaleza busca dirigir capital hacia más del 80 % de los hábitats naturales de la UE que están degradados y, en el Reino Unido, los objetivos de descarbonización del Gobierno están afianzando el paso de los mercados voluntarios de carbono a los obligatorios, lo que impulsa el cambio hacia las SbN. De hecho, investigaciones recientes indican que más de la mitad de las oficinas familiares del Reino Unido han invertido en capital natural.

Una estrategia ganadora

Al considerar el capital natural en el contexto más amplio de los activos alternativos (alts) y el capital privado, un tema dominante en los alts es la convergencia de clases de activos. Es decir, para generar alfa (o rentabilidades superiores) hoy, los gestores de fondos suelen tener que buscar puntos de convergencia entre clases de activos específicas; por ejemplo, combinando capital privado con fondos públicos, eliminando los compartimentos estancos entre los bienes inmuebles y la infraestructura, o aportando capital inicial a iniciativas que puedan potenciar el rendimiento de un activo subyacente. En regiones con un crecimiento económico estructural más lento —como el Reino Unido, la eurozona y Japón—, los gestores de fondos de pensiones tendrán que identificar oportunidades de convergencia en la inversión en activos alternativos para atender la creciente necesidad de aumentar las pensiones privadas en un contexto de niveles crecientes de deuda pública.

Por tanto, como pilar de las inversiones alternativas, el concepto amplio de capital natural ofrece una oportunidad armoniosa para la convergencia de clases de activos. Por ejemplo, la restauración de ecosistemas en el Reino Unido puede considerarse infraestructura, junto con la inversión inmobiliaria en zonas urbanas en proceso de gentrificación. El concepto de «naturaleza como infraestructura» también ofrece a los gestores de fondos y a los inversores finales una vía clara para ampliar el impacto, ya que trabajar en la restauración ecológica puede mejorar los medios de vida de las comunidades.

Los inversores también pueden descubrir que ciertos avances en tecnología agrícola y biotecnología, como mejorar la arquitectura del sistema radicular, pueden aumentar el rendimiento de los cultivos y secuestrar un mayor volumen de carbono en el suelo, logrando así una mayor rentabilidad y, al mismo tiempo, mitigando el cambio climático. Al destinar parte de sus fondos a iniciativas que mejoran las raíces y el rendimiento de los cultivos, los grandes gestores también pueden ofrecer a sus socios comanditarios (LP) oportunidades de invertir en innovación, que puede ampliarse a distintas geografías para lograr una mayor eficiencia agrícola.

Fomentar la resiliencia ante los cambios en el panorama político

La creciente profundidad y amplitud de la polarización en algunas economías avanzadas lleva a ciertos inversores a largo plazo a centrarse en la durabilidad de sus activos durante horizontes prolongados. En concreto, el auge de la derecha y su asociación ideológica con el escepticismo climático han obligado a algunos inversores institucionales e instituciones financieras a gestionar la cancelación de proyectos de energía limpia, lo que ha perjudicado la rentabilidad de las inversiones en infraestructura a largo plazo.

Sin embargo, algunos responsables políticos de la derecha se han centrado en el medio ambiente, o la ecología, y han expresado la necesidad de reforzar la conservación. El capital natural ofrece a los inversores institucionales y las oficinas familiares una forma de invertir en sostenibilidad acorde con algunos de estos ideales de la «derecha ecologista». De hecho, la reforestación, la restauración de tierras de cultivo y la agricultura regenerativa y «climáticamente inteligente» —incluido el secuestro de carbono en el suelo— constituyen un ámbito poco común con apoyo político bipartidista en Washington en la actualidad. Al impulsar la agricultura mediante inversiones «nostálgicas» y restaurar los sistemas ecológicos, los inversores en capital natural pueden generar empleo local, fortalecer las comunidades locales y contribuir a mitigar el cambio climático en una subclase de activos que une a la izquierda y a la derecha; un logro que, por sí solo, podría generar valor mucho más allá de la rentabilidad de las carteras.

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