Han pasado ya más de 50 años desde que se advirtió al mundo por primera vez de que los recursos se estaban utilizando a un ritmo insostenible. Ahora se ha estimado que entre casi una cuarta parte y un tercio de las tierras del mundo están degradadas en alguna medida.
La degradación se refiere a tierras que han perdido nutrientes o han sufrido cambios físicos y, por tanto, producen menos o sustentan menos vida. Esto se debe principalmente a la pérdida de suelo, a cambios en su calidad o a cambios en la cubierta terrestre, como la tala de árboles.
Aproximadamente el 20% de las tierras agrícolas y el 40% de los bosques están degradados. La degradación reduce nuestra capacidad para alimentar a una población mundial que alcanzará al menos los 9.000 millones de personas en 2050 y destruye servicios ecosistémicos, como el suministro de agua limpia. Además, cuando el suelo se degrada y se destruyen los árboles, el carbono que contienen se libera a la atmósfera. Los altos niveles de carbono en la atmósfera son una de las principales causas del cambio climático.
Dado que se ha transformado una gran cantidad de tierras para producir alimentos, la agroforestería —la práctica de introducir deliberadamente árboles en las explotaciones agrícolas— es una importante forma de restaurar las tierras degradadas. Estos árboles, fuera de los bosques, tienen un enorme valor comercial y ecológico.
Por ello, la agroforestería se está reconociendo cada vez más como una práctica clave que contribuye a nueve de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, la acción mundial para acabar con la pobreza y proteger el planeta.
Lamentablemente, quienes formulan las políticas todavía no se han puesto al día. Muy pocas políticas agrícolas en el mundo promueven la agroforestería, y pocas universidades agrícolas e institutos de formación la incluyen en sus programas de estudio.
Esto debe cambiar para que la agroforestería se adopte ampliamente en todas las explotaciones agrícolas y permita afrontar los desafíos locales y mundiales de la producción de alimentos, la protección del medio ambiente y la mitigación del cambio climático.
Proteger los árboles y el suelo
Los árboles son esenciales para un medio ambiente sano y equilibrado, pues almacenan carbono —contienen tres cuartas partes del carbono presente en las tierras agrícolas—, lo que influye en el cambio climático, y protegen el suelo. El suelo favorece el crecimiento de las plantas, también almacena carbono y es fundamental para casi toda la producción agrícola.
La comunidad internacional lo ha reconocido y está librando una batalla para restaurar los bosques degradados. Los países se han comprometido a restaurar unos 170 millones de hectáreas de tierras en todo el mundo.
Se trata de compromisos enormes, y la cuestión es dónde se pueden concentrar los esfuerzos y encontrar tierras.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ha identificado 160 millones de hectáreas de tierras en 26 países con potencial de restauración.
Pero la mayoría de estas zonas serán tierras en «mosaico», donde los árboles tendrán que crecer en paisajes gestionados, principalmente agrícolas. La razón es muy sencilla: la mayor parte de los bosques perdidos se ha transformado en tierras agrícolas, y esas tierras no se recuperarán mientras siga creciendo la demanda de alimentos. Si necesitamos más árboles, muchos tendrán que incorporarse a paisajes agrícolas gestionados en mosaico.
Por suerte, los árboles pueden ser componentes valiosos y rentables de los sistemas agrícolas. Proporcionan madera, alimentos y combustible. Aumentan la fertilidad del suelo y protegen los servicios ecosistémicos de los que depende la agricultura. Los árboles en las explotaciones agrícolas aportan beneficios inmediatos a los agricultores y representan el 17% de los ingresos brutos de los hogares que cultivan árboles en el África subsahariana.
Adopción lenta
El aumento de la cubierta arbórea en las explotaciones agrícolas es más que una aspiración: ya está ocurriendo en todo el mundo, sobre todo en explotaciones pequeñas y diversificadas. Una investigación reciente muestra que el 45% de las explotaciones agrícolas del mundo tienen más de un 10% de cubierta arbórea.
Sin embargo, la agricultura convencional, por su parte, sigue tendiendo a ignorar la necesidad de plantar árboles, y hay dos razones para ello.
En primer lugar, la agroforestería como enfoque moderno de la producción agrícola y la gestión de tierras —a diferencia de la agroforestería como práctica agrícola tradicional— es una idea relativamente nueva, que se remonta apenas a la década de 1970. Las instituciones agrícolas y forestales de todo el mundo han tardado en adaptarse.
En segundo lugar, la agroforestería queda relegada entre los ministerios y departamentos de agricultura y silvicultura: a menudo, una institución la acoge y la otra la ignora. Esto impide unir las fuerzas de los distintos especialistas necesarias para impulsar la integración de árboles en las explotaciones agrícolas.
Algunos países están rompiendo esta tendencia. India, por ejemplo, ha desarrollado una política nacional pionera de agroforestería, respaldada a nivel federal, financiada hasta el nivel estatal y con incentivos para que las universidades estatales reformen sus programas de estudio de agricultura e incluyan la agroforestería.





