Las grandes cifras pueden impulsar el cambio; aquí va una enorme: 800.000. Hace 800.000 años que la atmósfera de la Tierra no contenía tanto dióxido de carbono como ahora. El pronunciado aumento de este gas que atrapa el calor subraya la necesidad de una economía sostenible a escala mundial si queremos evitar los efectos más costosos del cambio climático en este siglo.
Las nuevas políticas y tendencias del mercado muestran que la transición hacia una economía baja en carbono, tal como se concibió en el Acuerdo de París de 2015, se está acelerando en todo el mundo, pero no lo suficiente. Los compromisos climáticos nacionales asumidos por los países en virtud del pacto de París solo nos llevarán aproximadamente a un tercio del camino hacia las reducciones de emisiones necesarias para mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de los 2 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales. Para recorrer el resto del camino, harán falta medidas aceleradas a corto plazo y una mayor ambición nacional a más largo plazo, según el informe de 2017 de la ONU Brecha de emisiones .

Las empresas tienen un papel fundamental que desempeñar para alcanzar el nivel de descarbonización necesario. De hecho, algunas grandes compañías con cadenas de suministro globales generan emisiones de gases de efecto invernadero equivalentes a las de países enteros: la huella de carbono de Mars, Incorporated tiene una magnitud similar a la de Panamá. Esta escala conlleva una responsabilidad. Al innovar y aumentar la eficiencia, y al trabajar con proveedores y economías locales, las empresas están encontrando formas de reducir las emisiones de carbono y los costos.
De aquí a 2030, el mundo gastará 90 billones de dólares en infraestructura. La forma en que se dirijan esas inversiones marcará toda la diferencia. Estos gastos pueden hacer más sostenibles las ciudades, la energía, la agricultura y otros sectores, o pueden afianzar tecnologías obsoletas que añadan aún más carbono a la atmósfera y eleven todavía más la temperatura mundial. Ha llegado el momento de que la industria transforme su papel en la creación de un mundo más sostenible. Las empresas que dan prioridad a las tecnologías limpias, como las energías renovables, y evitan invertir en infraestructura con altas emisiones de carbono no solo actúan con responsabilidad ambiental, sino que también protegen su crecimiento frente al futuro al tener en cuenta los riesgos a largo plazo y posicionarse como ganadoras de la economía baja en carbono.
Por eso, invertir en operaciones sostenibles es tanto lo correcto como lo inteligente. En Mars, ya estamos viendo los beneficios financieros de la caída de los precios de las energías renovables y el ahorro de costos a largo plazo que ofrece la tecnología limpia. Además, las empresas que adoptan la sostenibilidad demuestran que se toman en serio sus responsabilidades, algo relevante para socios esenciales como clientes, gobiernos y ONG, así como para los empleados actuales y futuros.
Aunque el liderazgo nacional sigue siendo primordial, las empresas son socios esenciales de los gobiernos en su labor para alcanzar sus objetivos climáticos. Por ejemplo, empresas e inversores han registrado más de 2.600 compromisos, desde la compra de energía 100 % renovable hasta reducciones drásticas de emisiones, en la plataforma mundial NAZCA (Zona de Actores No Estatales para la Acción Climática) establecida por la CMNUCC. Más de 650 empresas, con una capitalización de mercado total superior a 15 billones de dólares, están tomando medidas climáticas audaces a través de la campaña We Mean Business de la coalición Take Action. Y a la vanguardia están las empresas que se han comprometido a fijar sus propios objetivos basados en la mejor ciencia disponible para mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de los 2 °C. Desde diciembre de 2015, el número de empresas de la iniciativa Objetivos Basados en la Ciencia se ha más que triplicado, hasta llegar a 338, entre ellas marcas como Mars, Hewlett Packard, PepsiCo, Carlsberg, Fujitsu, GlaxoSmithKline, Nestlé, Pfizer, Walmart y Xerox.

Este será un año decisivo para la acción climática: los negociadores tienen previsto finalizar las normas y las nuevas directrices de aplicación del Acuerdo de París a finales de 2018. Los países también se reunirán para evaluar sus planes climáticos nacionales, en un proceso que durará todo el año y debería culminar con una señal clara de los gobiernos —junto con las empresas, las ciudades y los estados— de que reforzarán sus compromisos nacionales antes de 2020 e impulsarán el cambio a gran escala que necesitamos.
El sector privado tiene una oportunidad única para contribuir a definir estas estrategias climáticas nacionales y orientar a los gobiernos hacia una dirección política clara, lo que ayudará a las empresas a invertir con más confianza en la economía baja en carbono. De aquí a la próxima cumbre climática de la ONU, en diciembre, las empresas deberían alzar la voz para argumentar que los riesgos climáticos y financieros están inextricablemente vinculados, del mismo modo que la acción climática eficaz y la prosperidad pueden —y deben— ir de la mano.
Los líderes empresariales también pueden vincular los objetivos climáticos de sus compañías con los objetivos climáticos de los países, tal como se expone en el Manual de acción global 2018 elaborado por el Pacto Mundial de las Naciones Unidas y el World Resources Institute. Cuando las empresas explican cómo la reducción de sus emisiones aporta beneficios económicos y sociales, promueven políticas gubernamentales más inteligentes y una mayor ambición. Y cuanto más participen las empresas y las instituciones en un diálogo constructivo sobre las medidas políticas, más fácil será para los países cumplir y superar sus compromisos.
Lo que ocurra este año mostrará qué líderes comprenden de verdad lo mucho que está en juego con la acción climática y las enormes oportunidades que ofrece la transición hacia un futuro bajo en carbono, sostenible y más próspero.





