Por qué necesitamos los humedales

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The world's wetlands are declining.Image: Unsplash/ Avatar of user sofia wang sofia wang @sofiawang sofia wang
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Se llama el Ala de la Extinción. Situada en un rincón oscuro del Museo Nacional de Historia Natural de París, alberga una inquietante colección de especies que desaparecieron hace mucho tiempo del mundo natural. Con una pérdida de biodiversidad que avanza más rápido que en cualquier otro momento de la historia humana, ¿qué tamaño de museo necesitarán las generaciones futuras?

Nos enfrentamos ahora a una sexta extinción masiva, en la que se estima que un millón de especies están previstas para desaparecer. ¿Importa? Sobrevivimos a la desaparición del dodo y, aunque trágica, ¿afectará realmente a nuestras vidas la inminente extinción del rinoceronte blanco del norte?

De hecho, sí lo hará. Todos los seres vivos de nuestro planeta dependen de ecosistemas sanos y diversos para el aire, el agua y los alimentos nutritivos. Estos mismos ecosistemas regulan el clima y proporcionan las materias primas y los recursos de los que dependen nuestras economías –y nuestras vidas–. El valor global anual de los servicios naturales cada año se estima que asciende a 125 billones de dólares.

Sin embargo, la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se cuentan entre los mayores riesgos para la prosperidad económica y el desarrollo mundial, según el Foro Económico Mundial. Para muchos, es una cuestión de vida o muerte. Para todos nosotros, es una amenaza existencial tan amplia, compleja y urgente como el cambio climático.

El incumplimiento de casi la totalidad de sus metas de biodiversidad pone de manifiesto cómo hemos subestimado esa amenaza. La humanidad se maravilla ante el mundo natural, pero no logra valorarlo. Contaminamos los ecosistemas, explotamos sus recursos sin reparos y los volvemos inhóspitos. Con demasiada frecuencia nos obsesionamos con la extinción amenazada de especies emblemáticas –los osos polares y los koalas cuyo sufrimiento acapara titulares– mientras ignoramos la enorme variedad de organismos que quizá nunca veamos, pero que son esenciales para sostener los hábitats que dan cobijo y sustento a toda la vida, incluida la nuestra.

Los ecosistemas más amenazados son los humedales, entre ellos los ríos de agua dulce, lagos, arrozales, marismas y turberas, y los estuarios de agua salada, manglares, arrecifes de coral, praderas marinas y lagunas. Hemos perdido el 87 % de nuestros humedales en los últimos 300 años y un 35 % desde 1970. Hoy en día desaparecen más rápido que cualquier otro ecosistema, tres veces más rápido que incluso los bosques. A medida que desaparecen, también desaparece la vida que albergan. Más del 25 % de las plantas y animales de los humedales, que constituyen hasta el 40 % de todas las especies del mundo, están en riesgo de extinción, y las existencias de otras especies restantes disminuyen rápidamente.

Las implicaciones de esta tendencia son preocupantes, dado que los humedales son nuestro ecosistema más valioso. Desde el punto de vista económico, se estima que proporcionan 47 billones de dólares en servicios anuales y un medio de vida para unos mil millones de personas.

Más fundamentalmente, los humedales limpian y almacenan el agua. En un momento en que una de cada tres personas en el mundo carece de acceso a agua potable segura, y los conflictos relacionados con el agua están en aumento, proteger estos ecosistemas salva vidas. También ahorra dinero: proteger una cuenca natural que proporciona agua limpia a la ciudad de Nueva York, por ejemplo, eliminó la necesidad de una planta de tratamiento de agua de 10.000 millones de dólares que habría costado 100 millones de dólares al año en funcionamiento.

Los humedales son también una fuente importante de nutrición, incluidos el pescado y el arroz, alimento básico del que 3.500 millones de personas dependen. El mayor proyecto de restauración de manglares del mundo en Senegal muestra cómo la conservación y la restauración de los humedales puede ser una estrategia valiosa para combatir el hambre y la pobreza. La restauración dio lugar a una mayor biodiversidad, mayores rendimientos del arroz y un aumento de las existencias de pescado, ostras y camarones. Junto con la mejora de la seguridad alimentaria, las capturas excedentarias siguen aportando ingresos valiosos a los habitantes de las aldeas.

Los humedales también se cuentan entre los sumideros de carbono más eficaces del planeta y, por tanto, desempeñan un papel central en la regulación climática. Por eso algunos países, como Escocia, Dinamarca, y otros, han emprendido la restauración de turberas a gran escala, con efectos positivos en cascada para la fauna silvestre.

Pero, pese a las pruebas claras, los humedales están en gran medida relegados en las políticas nacionales y mundiales. Para corregir esta anomalía, este año las partes en el Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica adoptarán una hoja de ruta mundial ambiciosa para evitar la extinción masiva de especies y, al mismo tiempo, redefinir un futuro en el que los seres humanos vivan verdaderamente en armonía con la naturaleza.

Los objetivos propuestos, entre ellos la pérdida neta cero y la integridad de los ecosistemas para 2030 y un aumento del 20 % de esa superficie para 2050, son esenciales. Se trata de una oportunidad decisiva para incluir metas específicas y medibles para la protección de los humedales, y no debe desaprovecharse.

Ya existen compromisos para proteger y gestionar mejor la biodiversidad de los humedales, como la Convención de Ramsar sobre los Humedales. Pero integrar de manera transversal el papel decisivo de los humedales en las soluciones mundiales y nacionales relativas a la biodiversidad proporcionaría el impulso necesario para la acción transformadora que se requiere. También contribuiría a alcanzar múltiples objetivos internacionales en materia de cambio climático y desarrollo sostenible.

Las generaciones futuras no deberían tener que deambular por vastos museos de la extinción imaginando mundos perdidos y lamentando oportunidades desaprovechadas. No deberían tener que esforzarse por acceder a los servicios naturales vitales que nuestro planeta debería poder proporcionar. A menos que actuemos con urgencia para frenar la próxima extinción masiva, ese será el futuro que les aguarda.

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