Los humedales se cuentan entre los mayores depósitos de carbono del mundo, proporcionan abundante agua dulce y albergan una gran variedad de fauna silvestre.
El valor de los humedales se reconoce desde la Convención de Ramsar de 1971.
Desde entonces, 171 países se han comprometido a proteger 2400 sitios.
Los países deberían tomar medidas para proteger los humedales y aumentar sus conocimientos sobre ellos, ya que pueden constituir un ecosistema de gran utilidad.
Considerados en otro tiempo como pantanos húmedos e infestados de insectos, buenos únicamente para ser drenados y destruidos con el fin de obtener tierras de cultivo, los humedales del mundo podrían por fin estar viviendo su momento de gloria. En el Reino Unido, se espera que el gobierno proponga como patrimonio mundial una extensa superficie de turberas de cobertura en el extremo norte de Escocia. Puede que a algunas personas no les resulten atractivas, pero estas turberas se cuentan entre los mayores depósitos de carbono del mundo, proporcionan abundante agua dulce y albergan una asombrosa variedad de fauna silvestre.
Este reconocimiento de que los humedales merecen protección tiene su origen en un acuerdo firmado hace 50 años, el 2 de febrero de 1971, en Ramsar (Irán). La Convención de Ramsar es el único convenio internacional dedicado a proteger un ecosistema específico, aunque, en realidad, los «humedales» a los que se refiere la convención pueden abarcar desde pantanos y turberas hasta lagos poco profundos y estuarios.
Hasta el momento, 171 países se han adherido a la convención y más de 2400 sitios están protegidos en virtud de ella, lo que representa entre el 10 % y el 20 % de los humedales que quedan en el mundo y abarca en conjunto una superficie mayor que México. En virtud de la convención, los gobiernos se comprometen a hacer un «uso racional» y a mantener los humedales de sus territorios, pero esto no garantiza necesariamente su conservación. Casi el 90 % de los humedales del mundo se ha perdido desde 1700, y los que quedan se están perdiendo a un ritmo tres veces más rápido que los bosques.
Desde la expansión agrícola y el desvío de ríos hasta las especies invasoras y el cambio climático, los humedales se enfrentan a numerosas amenazas. Pero una de las más graves podría ser la ignorancia. Aún no sabemos lo suficiente sobre estos hábitats, y todavía pueden sorprender incluso a científicos experimentados como nosotros. Quizás lo más sorprendente de todo sea que existan humedales que parecen desafiar toda lógica al prosperar en algunos de los lugares más áridos de la Tierra.
Auge y declive en medio del polvo
Las tierras secas son regiones del mundo donde se evapora más agua de la que cae del cielo. Las tierras secas cálidas cubren alrededor del 40 % de la superficie terrestre, pero aproximadamente el 28 % de esta superficie se superpone con ríos y humedales continentales. El resultado son marismas, pantanos, llanuras aluviales y oasis en un paisaje donde el agua es, por lo demás, escasa.
Los humedales son especialmente importantes en los paisajes secos, ya que pueden ser la única fuente de agua dulce y de alimento para las personas y la fauna silvestre en muchos kilómetros a la redonda. Algunos humedales de tierras secas son célebres. Los Pantanos de Mesopotamia de Irak (considerados en gran medida como la inspiración del Jardín del Edén) y la llanura aluvial del río Nilo están ambos rodeados en gran parte por desierto, pero fue precisamente en estos humedales de Oriente Medio donde surgió la civilización humana moderna.
Por cada ejemplo célebre, hay miles que siguen sin identificarse y sin cartografiarse. Esto se debe en parte a que estos hábitats únicos cambian con frecuencia, a veces desaparecen por completo antes de reaparecer. Las lluvias estacionales pueden mantener estos parches verdes durante un tiempo si el suelo no drena bien y retiene el agua especialmente bien. Otros humedales de tierras secas son más permanentes gracias a una fuente de agua subterránea, con suficiente filtración hasta la superficie para mantener las condiciones húmedas. Pero algunos humedales pueden permanecer inactivos hasta que las crecidas de los ríos los reactivan y, de repente, estallan en vivos tonos de verde.
Muchos humedales de tierras secas son pequeños y temporales, y solo albergan un ecosistema próspero durante unos pocos meses tras lluvias abundantes que pueden producirse con años o incluso décadas de diferencia. Según su escala y su momento, los estudios científicos pueden pasar por alto estos tesoros ocultos. Los humedales de auge y declive, adaptados para surgir tras pulsos ocasionales de agua, están tan poco estudiados que corremos el riesgo de perderlos antes incluso de darnos cuenta de su presencia y comprender todo su valor.
Todos los humedales son propensos a cambiar con el tiempo. A veces los ríos alteran su curso y cambian el destino de las aguas de inundación, los sedimentos y los nutrientes. Los humedales más antiguos se secan, mientras que se forman otros nuevos. Estos cambios crean un mosaico de distintas formas del terreno con diferentes grados de humedad y tipos de suelo, lo que ayuda a generar una amplia gama de hábitats que sostienen una variedad de fauna igualmente vasta. Comprender los procesos que dan origen a estos humedales puede ayudarnos a conservarlos, pero el primer paso debe ser desterrar la idea de que estos hábitats son elementos estáticos e inmutables del paisaje.
A pesar de algunas limitaciones, la Convención de Ramsar sigue siendo uno de los mejores mecanismos para proteger y destacar el valor de los humedales, aunque muchos todavía pasen desapercibidos. Aun así, hay señales de cambio. La India ha incluido recientemente en la lista de Ramsar un complejo de lagos poco profundos situado en lo alto de una montaña seca. Numerosas especies amenazadas podrían beneficiarse de este hábitat, entre ellas el leopardo de las nieves, especie vulnerable. Esperemos que otros países sigan su ejemplo y reconozcan más de estos lugares raros y hermosos antes de que sea demasiado tarde.





