El cambio climático ha provocado alteraciones masivas en el sistema alimentario mundial, agravando la inseguridad alimentaria en algunas de las comunidades más frágiles y vulnerables al clima de la Tierra.
Abordar los vínculos entre el cambio climático y la inseguridad alimentaria tanto en el debate climático mundial como en la acción local es esencial para gestionar de forma sostenible los riesgos para la seguridad humana y la paz.
La acción acelerada para alcanzar las cero emisiones netas —y abordar otros aspectos de la crisis ambiental— debe prevenir el riesgo de conflicto haciendo hincapié en la inclusión, la equidad y la paz.
Es un día caluroso y soleado de septiembre. Hawa, agricultora y pequeña comerciante del oeste de Chad, se encuentra en un campo de maíz devastado por las inundaciones. «Esta cosecha solo nos durará dos meses», dice. «En un año normal, nos daría suficiente alimento para ocho meses». Pero los años normales son cada vez menos frecuentes. El año pasado, la sequía arruinó la cosecha de Hawa. Para empeorar las cosas, la situación de seguridad —en particular, las insurgencias armadas que se extienden por el Sahel— ha hecho que sea demasiado peligroso para Hawa y sus vecinos compensar la mala cosecha pescando o criando ganado. Como resultado, les cuesta alimentarse.

El número de personas al borde de la inanición en todo el Sahel alcanza su nivel más alto en diez años y el número de personas desplazadas se ha disparado casi un 400 %. Esto contribuye a otras numerosas crisis y, a su vez, se ve agravado por ellas: la pobreza y la desigualdad, los conflictos armados y la migración. Si no se abordan, las repercusiones tanto para la población del Sahel como para la seguridad internacional podrían ser nefastas.
La interrelación entre el cambio climático, otros desafíos ambientales, el hambre, la pobreza, la migración y la seguridad no se limita al Sahel. Se manifiesta de distintas formas en muchas regiones del mundo.

Las soluciones a estas crisis interrelacionadas también deben estar conectadas entre sí. Con demasiada frecuencia, quienes planifican y aplican políticas descomponen las crisis complejas en sus partes, distribuyen las tareas y asignan a distintas agencias la responsabilidad de cada asunto. Así se dejan de lado los propios vínculos, aunque constituyen el núcleo del problema que debe abordarse. La acción climática no debe agravar la inseguridad alimentaria, la desigualdad ni el riesgo de conflicto y, a ser posible, debe contribuir a alcanzar varios objetivos a la vez. Del mismo modo, la consolidación de la paz debe tener en cuenta el clima, ser inclusiva y justa; no es solo una cuestión de principios, sino también la única manera de que pueda tener éxito a largo plazo. Y, en un mundo conectado a escala global, también debemos conectar los puntos geográficamente. Las cadenas de suministro y los sistemas globales hacen que las alteraciones locales puedan tener consecuencias graves incluso a miles de kilómetros de distancia.
Esto implica dos condiciones fundamentales: más oportunidades para que las comunidades locales encuentren soluciones y desarrollen resiliencia según sus propias necesidades; y un liderazgo político más responsable, receptivo y digno de confianza que cree las condiciones para el éxito.

Resiliencia en primera línea ante el cambio climático
La resiliencia es la capacidad de resistir y recuperarse rápidamente de distintos tipos de presión: tanto impactos repentinos, como los huracanes, como presiones de evolución lenta, como el acortamiento gradual de la temporada de lluvias que amenaza los cultivos y los medios de vida con el paso del tiempo. El cambio climático está poniendo a prueba la resiliencia de algunas de las comunidades más frágiles, a veces hasta llevarlas al límite. No solo soportan el embate de inundaciones, tormentas, sequías y olas de calor, sino que también carecen de redes de protección y recursos a los que recurrir cuando se ve afectada su seguridad alimentaria y de sus medios de vida. La amenaza de la violencia armada agrava estos problemas y puede crear dificultades adicionales a través de vías, como la competencia por los recursos, la migración, el descontento con el Estado y el reclutamiento oportunista por parte de grupos armados.
Es esencial desarrollar resiliencia. Ayudar a las comunidades y los hogares más frágiles a prepararse para lo desconocido —por ejemplo, mediante una mayor concienciación y alertas tempranas sobre los riesgos relacionados con el clima— podría transformar de forma muy eficaz, incluso revolucionaria, el papel de la gobernanza pública. Las políticas tienen un papel que desempeñar, pero la resiliencia no puede construirse solo desde arriba. Los esfuerzos deben centrarse en las personas y tener como objetivo empoderar a las comunidades locales. Por ejemplo, esto podría significar duplicar los esfuerzos para desarrollar las microfinanzas y los microseguros, ofrecer formación en agricultura y producción sostenibles y facilitar el intercambio de mejores prácticas mediante aplicaciones y otras tecnologías.
La acción comunitaria centrada en la producción de alimentos es una de las mejores formas de mejorar la resiliencia general de las comunidades. Puede aumentar la seguridad alimentaria, al hacer que la producción y los ingresos sean más resilientes ante los fenómenos meteorológicos extremos, y contribuir a reforzar la cohesión social, lo que podría convertirse en un nuevo dividendo de paz.
Aprovechar los conocimientos tradicionales y compartir las mejores prácticas es fundamental para este tipo de acción comunitaria. La agricultura regenerativa puede ser un buen punto de partida, especialmente cuando la deforestación y la mala gestión del suelo y el agua han empobrecido las tierras agrícolas. En el Sahel, como en muchas otras partes del mundo, la degradación del suelo es un problema grave. Más de la mitad de los suelos del mundo están moderada o gravemente degradados. Al reducir su contenido de carbono, esto constituye uno de los principales factores que impulsan la crisis climática. Regenerar el suelo no solo impulsa la producción agrícola, sino que también extrae carbono de la atmósfera. Las soluciones son sencillas, requieren poca tecnología y han demostrado ser eficaces, incluso con las escasas precipitaciones del Sahel, pues se basan en métodos tradicionales. Así, con relativamente poco apoyo social y técnico, los pequeños agricultores pueden convertirse en agentes de acción climática y resiliencia y salir de la pobreza.
El crecimiento verde e inclusivo es clave para una transición justa y pacífica
La transición hacia economías más sostenibles es fundamental para frenar el cambio climático y la crisis ambiental en sentido amplio. Pero la sostenibilidad social es inseparable de la sostenibilidad ambiental. Cualquier transición que ignore o ponga en peligro los imperativos de justicia y paz está destinada al fracaso. La transición no se refiere solo al clima, sino también a las personas; no se trata solo del crecimiento, sino también del derecho universal a una vida digna y de la oportunidad de ofrecer a la próxima generación un futuro mejor.
En lo que respecta a la justicia en la transición, el acceso a la tecnología es fundamental. Si se gestiona adecuadamente el acceso a las nuevas tecnologías, estas pueden tener un poder verdaderamente transformador para reducir la desigualdad social y económica, al redistribuir de forma más equitativa las oportunidades económicas, la atención sanitaria y la educación en toda la sociedad. En general, quienes son más vulnerables a los efectos del cambio climático son quienes menos acceso tienen a la tecnología. Un estudio de 2022 de la Brookings Institution mostró cómo mejorar el acceso a las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial podría generar un crecimiento económico sustancial y beneficios para el bienestar en el África subsahariana.
Un mejor acceso a la tecnología también permite liberar la innovación local para las comunidades locales, con ellas y desde ellas. Las tecnologías modernas pueden posibilitar prácticas más sostenibles en la agricultura y la silvicultura que contribuyan, entre otras cosas, a reducir las emisiones de carbono, proteger la biodiversidad y apoyar los medios de vida rurales, la cohesión social y la seguridad alimentaria.
Una vez más, lo local está inextricablemente vinculado a lo global. Estos impactos locales pueden generar beneficios de gran alcance. Al mismo tiempo, las alianzas globales y la armonización de las políticas de desarrollo, comercio, salud, asuntos sociales y seguridad con la agenda de sostenibilidad desempeñan un papel clave en la creación de las condiciones adecuadas. Por ello, es urgente reducir las tensiones geopolíticas, o al menos encontrar formas de colaborar en los desafíos comunes a pesar de ellas.
Una transición justa y pacífica se basa en la cooperación, la participación y la inclusión mientras abordamos las crisis clave de nuestra época.





