Cómo podemos abordar nuestro problema con el plástico, según el responsable de Medio Ambiente de la ONU

Workers sort bottles to throw them in a plastic bottle chipper at a recycling workshop in Islamabad, Pakistan September 12, 2017. REUTERS/Caren Firouz TPX IMAGES OF THE DAY
Erik Solheim,explains how we can tackle the world's plastic problem.Image: REUTERS/Caren Firouz
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El plástico ha sido poco menos que milagroso. En nuestras cocinas y supermercados, ha ayudado a reducir el desperdicio de alimentos. Es la fuente de avances médicos, de una nueva era del transporte con consumo eficiente de combustible y de lo último en tecnología de energías renovables. Pero nuestra incapacidad para gestionarlo adecuadamente hace que hasta 12 millones de toneladas lleguen cada año a los océanos, donde dañan plantas, animales y comunidades costeras, además de incorporarse a nuestra cadena alimentaria. Es hora de poner fin a esta catástrofe del plástico.

Estamos viendo sus efectos con toda claridad. En mi país, Noruega, una ballena varada murió tras ingerir 30 bolsas de plástico. En el alto Ártico o en el agitado océano Austral, pueden verse trozos de poliestireno flotando entre los icebergs. Incluso se ha descubierto que el agua embotellada de todos los rincones del planeta contiene partículas microscópicas de plástico. Nuestros mares, desde las profundidades de la fosa de las Marianas hasta las aguas costeras más remotas y agrestes, se están convirtiendo poco a poco en una sopa de plástico.

Cuando visité Bombay, en India, vi con mis propios ojos el daño que causa la contaminación marina por plástico. En la playa de Versova, la espantosa imagen de la arena cubierta de plástico impulsó al abogado local Afroz Shah a empezar a organizar limpiezas semanales de la playa. Desde octubre de 2015, y con el respaldo de un creciente ejército de voluntarios de todos los ámbitos de la vida, se han recogido más de 7.000 toneladas de residuos. Ahora están ampliando la iniciativa a otras 13 playas de India e inspirando acciones similares en todo el mundo.

La cantidad de plástico en el océano está aumentando rápidamenteImage: Foro Económico Mundial

Las acciones voluntarias como esta son motivo de celebración, pero la cruda realidad es que el plástico sigue llegando a la playa. Ha llegado el momento de que se entienda el verdadero mensaje: el cambio debe producirse desde el origen.

Aunque todos y cada uno de nosotros hagamos lo que podamos para reducir nuestra propia huella de plástico —y, por supuesto, debemos hacerlo—, la actual marea de plásticos de un solo uso es abrumadora. La producción mundial de plástico, aproximadamente un tercio de la cual no es reciclable y a veces se utiliza apenas unos segundos antes de desecharse, está creciendo rápidamente. Se estima que este año se producirán 360 millones de toneladas. Para 2025, la cifra aumentará a casi 500 millones y, para 2030, podríamos estar ante la asombrosa cifra de 619 millones de toneladas de plástico producidas en todo el mundo.

A la luz de estas proyecciones, está clarísimo que necesitamos una firme intervención de los gobiernos si queremos tener alguna posibilidad de gestionar este crecimiento sin saturar por completo nuestros océanos. Al fin y al cabo, las deficiencias normativas, sumadas a la desidia y a la falta de previsión, nos han llevado a la crisis actual. Muchos países ya han dado pasos importantes en esta dirección. Panamá prohibió recientemente las bolsas de plástico. Kenia hizo lo mismo el año pasado, y varios otros países aplican gravámenes a distintos tipos de productos de plástico de un solo uso. Mientras tanto, la estrategia de la UE sobre los plásticos ofrece la posibilidad de realizar un análisis fundamental y exhaustivo del problema y de las soluciones propuestas.

Las personas también ejercen su poder como consumidoras. Rechazan las pajitas y los cubiertos de plástico, limpian playas y costas, y se replantean sus hábitos de compra en los pasillos de los supermercados. Si esto ocurre a suficiente escala, los comercios recibirán rápidamente el mensaje y pedirán a sus proveedores que hagan más.

En última instancia, este es un problema de diseño. Debemos cambiar la forma en que hemos diseñado nuestros sistemas de fabricación, distribución, consumo y comercio; de hecho, nuestra economía mundial. Hay que replantearse el modelo lineal de obsolescencia programada, en el que los productos están diseñados para desecharse inmediatamente después de usarlos, a veces tras apenas unos segundos.

En el centro de todo esto está la responsabilidad ampliada del productor, que exige que los productores rindan cuentas por el ciclo de vida de los productos de consumo, incluidos los costos que recaen más adelante en otras personas que deben recogerlos. Al mismo tiempo, las empresas que hacen lo correcto deben tener incentivos para adoptar un modelo más circular de diseño y producción. Y hay muchas cosas de las que sencillamente podemos prescindir. Por ejemplo, ¿realmente necesitamos pajitas de plástico, de las que cientos de millones se desechan cada año? ¿O bastoncillos de algodón y vasos de café de plástico, o las innecesarias microesferas de plástico en exfoliantes faciales o pasta de dientes? La triste realidad es que gran parte de los residuos que generamos tienen muy poco valor, así que debemos preguntarnos por qué los usamos desde un principio.

También es fundamental que no consideremos la acción como un costo, sino como una inversión que nos evitará enormes externalidades negativas —costos ocultos cuya magnitud apenas empezamos a comprender— en los próximos años. Podrían ser alcantarillas obstruidas que provocan inundaciones en las ciudades o playas llenas de basura que ahuyentan a los turistas.

Al igual que el cambio climático, la contaminación por plástico no es algo que resulte mínimamente fácil de revertir una vez que se manifiesta. Y, al igual que el cambio climático, requiere que pisemos colectivamente el freno. Si lo hacemos, quizá algún día los voluntarios que limpian las playas de su localidad puedan dedicar un fin de semana a disfrutar de la arena.

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