No es ciencia ficción: una economía colaborativa espacial impulsada por nanosatélites podría salvar a la humanidad

The robotic arm in Japan's Kibo laboratory successfully deploys two combined satellites from Texas universities from the International Space Station, January 29, 2016. The pair of satellites -- AggieSat4 built by Texas A&M University students, and BEVO-2 built by University of Texas students -- together form the Low Earth Orbiting Navigation Experiment for Spacecraft Testing Autonomous Rendezvous and Docking (LONESTAR) investigation. REUTERS/NASA/Tim Peake/Handout ATTENTION EDITORS - FOR EDITORIAL USE ONLY. NOT FOR SALE FOR MARKETING OR ADVERTISING CAMPAIGNS. THIS PICTURE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. REUTERS IS UNABLE TO INDEPENDENTLY VERIFY THE AUTHENTICITY, CONTENT, LOCATION OR DATE OF THIS IMAGE. THIS PICTURE IS DISTRIBUTED EXACTLY AS RECEIVED BY REUTERS, AS A SERVICE TO CLIENTS - RTS8V3R
'For the next revolution in commerce, governance and social interaction we need to look up'Image: REUTERS/NASA/Tim Peake
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El auge de internet y la ubicuidad de los dispositivos móviles han cambiado todo, desde los viajes y las compras hasta la política: basta pensar en Uber, Amazon y Twitter.

Pero, para la próxima revolución en el comercio, la gobernanza y la interacción social, tenemos que mirar hacia arriba: unos 100 millas arriba, hacia la órbita terrestre baja. Allí, la caída de los precios de los satélites de comunicación y observación de la Tierra, junto con la seguridad que permite la cadena de bloques, hará que todo, desde las comunicaciones de banda ancha hasta la supervisión de cultivos, esté al alcance no solo de las élites tecnológicas, sino también de la granja, la aldea o la máquina más remotas.

Esta economía colaborativa espacial podría dar acceso a datos fiables en tiempo real —sobre todo tipo de asuntos, desde patrones meteorológicos y perspectivas económicas hasta migraciones transfronterizas— incluso a quienes no trabajan para grandes empresas o gobiernos.

Al democratizar el acceso a los recursos espaciales, podemos crear un mundo más humano y justo. Pero hacer realidad estos beneficios exige superar complejos desafíos técnicos, jurídicos, políticos y regulatorios. También implica interesarse de verdad por las sospechas de quienes, en un mundo cada vez más nacionalista y temeroso, se inquietarán ante satélites anónimos financiados mediante micromecenazgo que los observan desde arriba, y atenderlas.

La democratización del espacio

Múltiples avances técnicos están creando la infraestructura necesaria para una economía colaborativa en el espacio.

En primer lugar, y lo más evidente, una oleada de empresas emergentes está impulsando reducciones drásticas y sostenidas de los costes de lanzamiento con innovaciones como propulsores reutilizables. El segundo avance es el desarrollo de nanosatélites mucho más pequeños, ligeros y baratos de construir y lanzar que los que suelen utilizar los gobiernos o la industria. Estos satélites usan estándares comunes y componentes comerciales, lo que transforma su fabricación: de crear diseños únicos se pasa al ensamblaje en masa de productos estándar.

El uso de componentes definidos por software, que pueden actualizarse con nuevas capacidades y técnicas para desarrollar sensores personalizados con mayor rapidez, reduce aún más el coste y el tiempo necesarios para ofrecer nuevos servicios espaciales. La creciente inteligencia de los satélites y el ancho de banda de comunicación entre ellos les permitirán operar como enjambres autónomos y asignar las tareas de vigilancia o retransmisión de señales al satélite que pueda realizarlas con mayor eficiencia. Por último, todos estos avances se traducen en más servicios de detección y conectividad desde el espacio, con mejoras constantes en la resolución de las imágenes y en la superficie que los satélites pueden cubrir a menor coste.

De las constelaciones de satélites al gemelo digital de la Madre Tierra, disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana

Ahora, añadamos la cadena de bloques

Sin embargo, las organizaciones comunitarias o cívicas deben saber que los datos que reciben son fiables, que su participación en la propiedad de un satélite (o del servicio que presta) está protegida y que recibirán el pago correspondiente. La confianza distribuida y de bajo coste que ofrece el registro distribuido de la cadena de bloques brinda estas garantías mediante una serie de tecnologías descentralizadas y cifradas proporcionadas por la Internet de próxima generación.

Los «contratos inteligentes» habilitados por la cadena de bloques también pueden permitir que los satélites y los sistemas que necesitan sus servicios negocien y completen transacciones de forma autónoma, según criterios predeterminados como el precio que un cliente está dispuesto a pagar por una imagen concreta y la rapidez con que la necesita. Los usuarios, los propietarios de satélites e incluso los propios satélites podrían crear dinámicamente nuevos servicios para cubrir los costes de lanzamiento, seguro y otros gastos.

En un escenario ideal, los algoritmos de inteligencia artificial podrían analizar un «gemelo digital» de la Tierra —el conjunto de todos los datos en tiempo real sobre todo, desde las biosferas amenazadas hasta las migraciones de animales y la contaminación atmosférica— para identificar amenazas a la integridad de la Tierra y activar medidas de respuesta.

Una economía colaborativa en el espacio

Una economía colaborativa en el espacio significa que la propiedad de los activos espaciales y de los datos y servicios de comunicación que generan está distribuida. En esta economía, los satélites y sus «productos» no serían propiedad exclusiva de entidades con fines de lucro y gobiernos: también podrían pertenecer a grupos comunitarios sin ánimo de lucro, ONG y particulares. Incluso podrían ser «propiedad de sí mismos».

Este nuevo modelo económico podría ofrecer datos de sensores remotos mucho más accesibles, rápidos y baratos, además de comunicaciones universales de banda ancha de bajo coste para zonas que hasta ahora han recibido servicios insuficientes y para máquinas remotas.

Estas capacidades podrían servir para todo, desde aumentar la eficiencia empresarial hasta reducir la contaminación y la delincuencia, y empoderar a organizaciones locales y sin ánimo de lucro para proteger la Tierra o sus comunidades. También abren el camino a nuevos mercados descentralizados y granulares para alquilar, prestar y compartir satélites.

No cuesta mucho imaginar los beneficios: desde un mejor seguimiento del transporte público, las condiciones meteorológicas y el tráfico hasta previsiones económicas más precisas. Por ejemplo, se podría seguir el número de coches en los centros comerciales como indicador de la confianza de los consumidores, o la ubicación de los petroleros y los vagones de tren para medir la producción económica. Las organizaciones humanitarias podrían orientar mejor las labores de socorro, e incluso las aldeas remotas podrían financiar sus propias comunicaciones de banda ancha o detectar la tala ilegal.

No tan deprisa

Como cualquier cambio importante, esta economía colaborativa en el espacio afronta grandes obstáculos jurídicos, regulatorios y técnicos. Entre ellos figuran determinar quién es propietario de la información y los análisis, y ofrecer opciones de exclusión a quienes no quieran que se registren datos satelitales sobre sus propiedades. También se necesitarán mecanismos para rastrear y controlar los satélites e impedir que se utilicen con fines delictivos o terroristas, así como encontrar formas de destruir de manera segura los satélites averiados para que no dañen otros satélites o vehículos espaciales.

También cabe preguntarse cómo verán estos ojos en el cielo descentralizados y protegidos mediante criptografía quienes sienten que la globalización y las tendencias económicas, sociales y tecnológicas los han dejado atrás. Es muy fácil imaginar que una economía colaborativa espacial podría percibirse como otra visión utópica impuesta desde arriba, que beneficia a las élites urbanas a costa de las zonas más pobres, rurales o deprimidas económicamente.

Para combatir esta percepción, hay que trabajar para que no se convierta en realidad. Los líderes empresariales y gubernamentales tienen la responsabilidad de garantizar de forma proactiva y decidida que la economía colaborativa espacial beneficie de verdad a todos, independientemente de dónde vivan, su clase social, orientación política o nivel de educación formal. Entre los beneficios para quienes sienten que se han quedado atrás figuran el acceso a banda ancha, que permite a los usuarios de zonas remotas incorporarse a la economía mundial; un acceso más rápido a las tendencias climáticas, de mercado y de precios, que puede ayudar a los agricultores a negociar con los intermediarios; e incluso la vigilancia de las fronteras nacionales bajo control local, para disipar los temores a la migración ilegal masiva.

Ha llegado el momento de iniciar conversaciones detalladas sobre cuestiones como las siguientes:

  • Cómo regular esta infraestructura para evitar que se use indebidamente sin sofocar la innovación.

  • Cuándo y cómo eliminar las barreras para los nanosatélites, como las elevadas tasas de licencia y otros requisitos de financiación o capital, así como la obligación de que los operadores ofrezcan una indemnización por daños que excedan la proporcionada por un socio de lanzamiento.

  • Qué tipos de financiación (micromecenazgo, inversión privada, subvenciones públicas) deberían promoverse para estimular el desarrollo de la economía colaborativa en el espacio.

  • Quién debería ser propietario de los datos y de los análisis resultantes, y cómo equilibrar la propiedad privada de los datos que un grupo ha pagado con su valor para el público.

  • Si estos datos, servicios y transacciones deberían tributar, y de qué manera, y qué autoridad fiscal debería recibir los ingresos.

Construir el futuro desde hoy

Puede que el futuro del espacio no evolucione como hemos previsto aquí. Al igual que ocurrió con internet, las personas han encontrado usos inesperados para las nuevas tecnologías, y sus peligrosos efectos secundarios —como la polarización de la sociedad a través de interacciones que se refuerzan mutuamente en las redes sociales— suelen tomar por sorpresa a los visionarios tecnológicos.

Pero las tecnologías básicas, desde la reducción de los costes de las comunicaciones espaciales y los datos de sensores hasta los contratos inteligentes habilitados por la cadena de bloques, están madurando rápidamente. En conjunto, crearán una plataforma estándar, escalable y de bajo coste, similar a internet, sobre la que los innovadores podrán construir empresas y modelos sociales radicalmente nuevos. Hacer realidad los beneficios potenciales —y extenderlos más allá de los actores tradicionales del capitalismo y las élites urbanas a toda la sociedad— exigirá prestar mucha atención a cuestiones técnicas, jurídicas, de seguridad, propiedad, privacidad y equidad.

Abordar estas cuestiones de forma proactiva ayudará a prevenir las inevitables consecuencias imprevistas que podrían amenazar los beneficios transformadores de una economía verdaderamente compartida en el espacio.

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