Los científicos contribuyen sin querer a la extinción de especies raras. Así es como

The illegal trade in wildlife has exploded online.Image: REUTERS/Peter Andrews
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Si abres Google y empiezas a escribir «geco de cueva chino», el texto se autocompletará con «geco de cueva chino en venta»: solo US$150, con entrega incluida. Esta especie extremadamente rara es solo una de un número cada vez mayor de animales que el tráfico de fauna silvestre está empujando a la extinción en estado salvaje.

Lo que resulta impactante es que el comercio ilegal de geckos de cueva chinos comenzara tan poco después de que fueran descritos científicamente por primera vez a principios de la década de 2000.

No es un caso aislado: los cazadores furtivos rastrean artículos científicos en busca de información sobre la ubicación y los hábitos de especies nuevas y raras.

Como sostenemos en un ensayo publicado hoy en Science, los científicos quizá tengan que replantearse cuánta información publican abiertamente. Irónicamente, los principios del acceso abierto y la transparencia han propiciado la creación de bases de datos detalladas en línea que representan una amenaza muy real para las especies en peligro de extinción.

Lo hemos vivido en primera persona durante nuestra investigación sobre el eslizón gusano de cola rosada, una criatura sorprendente que parece una serpiente. Los biólogos que trabajan en Nueva Gales del Sur deben proporcionar a un atlas de fauna silvestre en línea los datos de ubicación de todas las especies que descubren durante los estudios científicos.

Pero, después de publicar nuestros datos, los propietarios de las tierras con quienes trabajábamos empezaron a encontrar intrusos en sus propiedades. Estos habían rastreado los atlas de fauna silvestre en línea. Además de poner en peligro a los animales, esto socava relaciones esenciales a largo plazo entre investigadores y propietarios de tierras.

El comercio ilegal de fauna silvestre ha proliferado en internet. Varias especies descritas recientemente han sido devastadas por la caza furtiva casi inmediatamente después de aparecer en la literatura científica. Los animales que corren mayor riesgo son los que tienen áreas de distribución geográfica reducidas y hábitats especializados, pues son los más fáciles de localizar con precisión.

La caza furtiva no es el único problema que agrava el acceso irrestricto a la información sobre especies raras y en peligro de extinción. Los aficionados a la fauna silvestre demasiado entusiastas consultan cada vez más artículos científicos, informes gubernamentales y de ONG, y atlas de fauna silvestre para localizar especies inusuales, fotografiarlas o manipularlas.

Esto puede perturbar gravemente a los animales, destruir microhábitats especializados, y propagar enfermedades. Un ejemplo llamativo es el reciente brote en Europa de un hongo quítrido de los anfibios, que, en esencia, «se come» la piel de las salamandras.

Image: The Conversation

Este patógeno llegó desde Asia a través del comercio de fauna silvestre y ya ha llevado a la extinción a algunas poblaciones de salamandra común.

Las salamandras comunes han sido devastadas por enfermedades introducidas a través del comercio de fauna silvestre. Erwin Gruber. Replantearse el acceso irrestricto

En una época en que los cazadores furtivos pueden valerse de los datos científicos más recientes, debemos replantearnos urgentemente si es apropiado hacer públicos datos detallados sobre la ubicación y el hábitat.

Sostenemos que, antes de publicar, los científicos deben preguntarse: ¿esta información ayudará o perjudicará los esfuerzos de conservación? ¿Es esta especie especialmente vulnerable a las perturbaciones? ¿Crece lentamente y vive mucho tiempo? ¿Es probable que sea objeto de caza furtiva?

Por fortuna, este análisis solo será pertinente en unos pocos casos. Puede que los investigadores sientan pasión intelectual por los temas menos atractivos, pero, cuando se trata de la caza furtiva, por lo general solo los animales carismáticos y atractivos tienen un amplio atractivo comercial.

Pero, en los casos de alto riesgo, cuando las especies de valor económico carecen de protección adecuada, los científicos deben plantearse autocensurarse para evitar contribuir involuntariamente al declive de las especies.

Restringir la información sobre especies raras y en peligro de extinción implica concesiones y podría obstaculizar algunos esfuerzos de conservación. Aun así, se puede publicar abiertamente mucha información útil sin incluir detalles específicos que ayuden a personas malintencionadas (o desorientadas) a encontrar una especie vulnerable.

Hay indicios de que la gente empieza a reconocer este problema y a adaptarse. Por ejemplo, ahora se publican descripciones de especies nuevas sin datos de ubicación ni descripciones de su hábitat.

Los biólogos pueden aprender de otros campos, como la paleontología, donde los yacimientos fósiles importantes suelen mantenerse en secreto para evitar la recolección ilegal. Prácticas similares también son habituales en la arqueología.

Restringir la publicación abierta de información importante desde el punto de vista científico y social plantea sus propios desafíos, y no tenemos todas las respuestas. Por ejemplo, sigue sin resolverse el dilema de cómo organizar bases de datos seguras que reúnan datos a escala mundial.

En general, el avance hacia la disponibilidad gratuita de la investigación es positivo: fomenta la colaboración e impulsa nuevos descubrimientos. Pero los requisitos legales o académicos de publicar datos de ubicación pueden estar peligrosamente desconectados de los riesgos reales.

Los biólogos tienen una tradición centenaria de publicar información sobre especies raras y en peligro de extinción. Durante gran parte de ese tiempo fue una práctica inocua, pero, a medida que cambia el mundo, los científicos deben replantearse las viejas normas.

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