El volcán islandés Eyjafjallajökull acaparó titulares en todo el mundo en 2010, cuando expulsó ceniza que fue arrastrada hacia Europa, lo que obligó a suspender el tráfico aéreo en todo el continente. Más recientemente, la hermana mayor y vecina del volcán, Katla, también ha copado la actualidad. Primero los periódicos afirmaban que el “volcán gigante” estaba listo para entrar en erupción, pero en cuestión de días aparecieron artículos que decían que todo había sido un error y que la noticia de la erupción era prematura. ¿Qué está pasando?
En los últimos 1100 años, Katla ha entrado en erupción al menos 21 veces, lo que equivale a una media de una vez cada 50 años aproximadamente. Se cumple exactamente un siglo desde la última gran erupción del volcán a través del hielo, que produjo una columna de rocas y gases volcánicos fragmentados de 14 km de altura, además de enormes inundaciones de agua de deshielo, sedimentos y hielo. Pero esto no significa que otra erupción esté “en camino”. Los volcanes no entran en erupción según un calendario. Entonces, ¿por qué los titulares suelen sugerir lo contrario?
Esta última oleada de noticias se desencadenó con la publicación de un artículo académico elaborado por un equipo de científicos dirigido por Evgenia Ilyinskaya, de la Universidad de Leeds. Habían llevado a cabo estudios de monitorización de gases en Katla en 2016-2017, que mostraron que emitía mucho más CO₂ del que se había estimado anteriormente. Una de las partes más interesantes de esta investigación fue la recomendación de que la monitorización de gases pasara a formar parte de las observaciones periódicas de los volcanes que están ocultos bajo glaciares o capas de hielo. Sin embargo, muchos medios de comunicación sugirieron erróneamente que la observación de estas emisiones de dióxido de carbono significaba que una erupción era inminente, y dieron la voz de alarma.
Este enfoque sensacionalista causa un daño que va más allá de la simple inexactitud. Desde la distancia, los lectores y espectadores pueden interesarse por la ciencia, por la historia humana o porque incluso las erupciones lejanas pueden tener costes económicos o sanitarios. Pero para quienes viven a la sombra de la erupción, los efectos inmediatos son mucho más acuciantes, e incluso pueden poner en peligro la vida. Evacuar una región, trasladar a la familia y a los animales o abandonar la casa requiere un grado de certeza de que este riesgo es real y de que debe evitarse. Para creer que un riesgo es real, la información debe ser fiable y, por tanto, los proveedores de información deben ser dignos de confianza.
Por tanto, debería quedar claro que la información precisa es esencial. Es necesaria una comunicación eficaz del riesgo antes, durante y después de un evento peligroso, con el objetivo de prevenir y mitigar los daños de los desastres, garantizar la preparación y facilitar la recuperación.
La información inexacta hará, por supuesto, que la gente confíe menos en los científicos y en las fuentes de noticias la próxima vez. Pero también puede tener efectos más inmediatos. En julio de 2018, el New York Times informó de cómo la cobertura exagerada de la erupción en curso del Kilauea en Hawáiprovocó una percepción del riesgo muy inflada, que hizo que disminuyeran las reservas turísticas, lo que a su vez generó pérdida de ingresos y temores por la pérdida de empleos. En los peores casos, la mala información puede hacer que la gente ignore las órdenes de evacuación.
Los riesgos no son fáciles de comunicar. Los peligros no se producen de manera fácilmente predecible, pueden suceder con poca antelación, y las evaluaciones de riesgo casi siempre trabajan con probabilidades y no con certezas absolutas. Conceptos como las inundaciones centenarias son notoriamente difíciles de entender o de relacionar con la realidad. Además, los riesgos para las personas están influidos por factores como la riqueza, la edad, la salud, la capacidad física, si uno tiene coche o en qué planta vive, por lo que pueden variar de una persona a otra y de una casa a otra.
Comunicar esta información conlleva, por tanto, responsabilidades. Al dar falsas alarmas demasiadas veces, aunque las advertencias no procedan directamente de científicos o de las autoridades, los medios de comunicación pueden influir enormemente en la percepción del riesgo y generar fatiga ante las alertas.

Los periodistas y editores deben considerar los efectos en cadena de un artículo de noticias excesivamente sensacionalista, así como las posibles consecuencias para las vidas. No tarda mucho en que las noticias inexactas se propaguen y multipliquen por internet: véase, por ejemplo, el vulcanólogo y divulgador científico Robin Andrews que ha tenido que desmentir y corregir la información sobre el reciente terremoto y tsunami en Indonesia, que a menudo confundía con una erupción volcánica no relacionada que se produjo a 600 km, en la misma isla de Sulawesi. Por el contrario, una comunicación competente y fiable puede aumentar la confianza pública y reducir el miedo y el pánico, ayudando a la gente a tomar medidas bien informadas.
La Red Internacional de Periodistas publicó un artículo sobre el periodismo de desastres que presenta algunas pautas útiles, en gran parte centradas en la precisión. También sugeriría que los periodistas comprueben sus datos con los científicos que realizan el trabajo, o con la organización local responsable de vigilar el peligro. Los periodistas también deben evitar simplificar en exceso el proceso de previsión, asegurándose de que un posible escenario o plazo no se presente como algo seguro. A los lectores siempre se les debe remitir a una fuente fiable de información adicional.
Estas sencillas medidas pueden servir como modelo para reforzar la precisión informativa y, así, ayudar a recuperar la confianza en la comunicación científica y en los medios de comunicación.





