Ahora es el momento de consolidar los avances logrados en materia de aire más limpio.
Abrir y reconvertir nuestras calles podría reducir la contaminación del aire y mejorar la salud de millones de personas – especialmente de los niños.
Podemos lograrlo, pero necesitaremos creatividad y voluntad política para propiciar un cambio real.
Vivimos tiempos turbulentos. La brecha entre el mundo que queremos y el que vemos parece, al mismo tiempo, más cercana y más lejana. La COVID-19 representa una crisis sanitaria mundial sin precedentes, que afecta a nuestro bienestar colectivo y a nuestra seguridad financiera. Esta pandemia tiene consecuencias para todos y ha golpeado aún con más dureza a los más vulnerables del mundo.
El coronavirus también ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las redes mundiales de transporte. Ha evidenciado la urgente necesidad de un uso más equitativo e innovador del espacio de la calle para la salud y la felicidad, que ofrezca espacio para interacciones seguras. Ahora es el momento de consolidar el cambio generalizado hacia el transporte activo, proteger el transporte público y retirar de nuestras calles los vehículos contaminantes. La alternativa –que la gente vuelva a sus antiguos vehículos privados– abre la perspectiva de un ‘carmaggedon’, con aire irrespirable y carreteras peligrosas.
Todos necesitamos aire limpio para respirar. Los niños son especialmente vulnerables al aire contaminado, ya que sus cuerpos y sistemas inmunitarios todavía están en desarrollo. Los niños pequeños respiran tres veces más rápido que los adultos, lo que significa que, cuando el aire está contaminado, inhalan tres veces más contaminación. Hay pruebas de que la contaminación del aire puede aumentar la vulnerabilidad a la neumonía, además de causar o agravar una serie de otras repercusiones en el desarrollo, desde trastornos neurológicos hasta asma.
Todavía no comprendemos del todo todas las relaciones entre el coronavirus y la contaminación del aire. Los estudios recientes indican vínculos entre ambos, y es muy posible que la exposición previa a la contaminación del aire pueda provocar afecciones de salud que aumenten la vulnerabilidad a enfermedades graves, o incluso que las partículas finas de contaminación del aire desempeñen un papel en la transmisión. Las pruebas indican que la exposición al aire tóxico ha empeorado la salud de las comunidades de todo el mundo. Esto deja a las personas en situaciones vulnerables más predispuestas a los efectos más graves de la COVID-19, lo que se traduce en más hospitalizaciones y muertes entre los más pobres y vulnerables.
Al mismo tiempo, durante la crisis, la calidad del aire ha mejorado casi de forma instantánea como resultado de decisivas medidas gubernamentales para proteger la salud pública. Los confinamientos y el aumento de las medidas de distanciamiento físico provocaron una pausa a corto plazo en las emisiones, con repercusiones en la contaminación del aire que constituyen un importante «rayo de esperanza» en un cielo tormentoso. La contaminación del aire se ha desplomado en ciudades de todo el mundo, lo que ha provocado cambios rápidos que antes eran casi impensables –como cielos despejados, paisajes recuperados y el canto de los pájaros. No podemos volver a como estaban las cosas ni, aún peor, a un futuro en el que los vehículos privados contaminantes sustituyan a los viajes en transporte público, lo que generaría un «carmaggedon» medioambiental adicional. Hoy marca el primer Día Internacional del Aire Limpio para unos cielos azules, una resolución aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas para dar a conocer historias de éxito y promover acciones que mejoren la calidad del aire. Es un día que se celebrará anualmente para demostrar que el cambio es posible.
Cinco años después del escándalo ‘dieselgate’ que sacudió la confianza en el sistema oficial de pruebas de emisiones de los vehículos, millones de personas en todo el mundo millones siguen conduciendo vehículos que perjudican la salud pública. En 2017, el ICCT calculó que 100.000 muertes prematuras en todo el mundo se asociaron con las emisiones de NOx de los vehículos diésel en carretera en 2015, de las cuales unas 38.000 se debieron a las emisiones «excesivas» que fueron resultado directo del fallo de las pruebas de laboratorio.
Son cifras alarmantes que deberían haber provocado un replanteamiento fundamental de la movilidad. Sin embargo, pese a las elevadas multas impuestas a Volkswagen, las repercusiones en las decisiones de compra han sido relativamente modestas hasta ahora. Los vehículos eléctricos representaron solo el 2,6 % de las ventas mundiales de vehículos en 2019 y siguen siendo solo el 1 % del parque automovilístico.
Es hora de cambiar. The Real Urban Emissions Initiative (TRUE) cuenta con un «comprobador de vehículos limpios» (véase la figura siguiente), que permite a las personas comprender mejor las emisiones reales de sus vehículos, a partir de mediciones reales en carretera. La mayoría de estos vehículos recibe una calificación deficiente. Cuando se enfrentan a la realidad de un vehículo contaminante, ¿estamos dispuestos a seguir conduciéndolos y asfixiando las calles?
Para muchos de nosotros, la pandemia ha supuesto más tiempo para reflexionar y valorar lo inútil de los antiguos patrones de desplazamiento al trabajo. Nuevos carriles bici temporales han transformado las calles de París y otras ciudades en autopistas para bicicletas y patinetes eléctricos. El transporte activo también tiene otros beneficios; por ejemplo, el aumento de la actividad física se asocia con una mejor salud, lo cual es importante para desarrollar resistencia física ante una posible «segunda ola» de infecciones durante el invierno, además de liberar una oleada de endorfinas que mejoran el ánimo y contribuyen a la felicidad.
La atención se centra ahora en cómo podemos utilizar los paquetes de recuperación económica sin precedentes para impulsar una revolución industrial verde que proteja nuestra salud, nuestro bienestar y nuestros medios de vida. Cuando los niños vuelvan al colegio, ¿irán andando o en transporte público, o aumentará el uso de vehículos privados? Londres ha sido pionera en el uso de calles escolares –cerrando la calle justo frente al colegio– para crear espacio adicional para caminar y generar un incentivo para el transporte activo, ya sea «aparcar y caminar» o desplazarse a pie o en bicicleta. ¿Realmente necesitamos todos vehículos más grandes, tipo SUV? La AIE afirma que este aumento del tamaño de los vehículos ha sido el segundo factor que más ha contribuido al aumento de las emisiones mundiales de CO2 desde 2010 después del sector eléctrico.
Las llamadas calles abiertas, compartidas o completas podrían resultar prometedoras para estructurar una respuesta concreta a la COVID-19 y estrategias de «reapertura» tras los confinamientos. Este tipo de calle puede considerarse abierta a más usos que el tránsito vehicular y potencia la función de espacio público de la calle además de su función de transporte. Existen muchas variantes, pero todas implican un uso compartido del espacio de la calle para una gama más amplia de usuarios y generaciones, para más modos de movilidad, como peatones, ciclistas y usuarios del transporte público, pero también para más actividades como pasear y descansar, la interacción social, el juego y los negocios. Las calles abiertas casi siempre restringen el tráfico vehicular privado para liberar espacio para otros usos. Las medidas de confinamiento hicieron visibles estas posibilidades. La COVID-19 brinda una oportunidad para avanzar sobre estas medidas y determinar qué elementos podrían mantenerse al reabrir.
Necesitamos calles para los niños y debemos seguir abriéndolas. Experiencias piloto interesantes de todo el mundo demuestran que es posible una forma distinta de diseñar las ciudades –también a nivel de calle–, y que poner a los niños en primer lugar crea mejores espacios para vivir. Aunque algunos trayectos puedan requerir un vehículo, muchos no. Para quienes sí lo necesiten, tómese un tiempo para informarse sobre las emisiones de su vehículo. Y, aunque las calles seguirán cumpliendo funciones de transporte, sus funciones de vida pública pueden aumentar.
La COVID-19 ha demostrado que esto requiere menos reestructuración de lo que podría pensarse, pero también implicará creatividad, normativas innovadoras y voluntad política. Reduzcamos las emisiones innecesarias y avancemos hacia vehículos de cero emisiones más eficientes y nuevos usos de las calles para dejar un legado duradero y positivo de esta situación: calles más limpias, abiertas y seguras para los niños y sus cuidadores.







