El colapso ecológico es difícil de pasar por alto en los titulares. Desde la deforestación hasta el agotamiento del suelo, desde la extinción de especies hasta el cambio climático, los últimos años han traído innumerables noticias preocupantes. Vivimos en la era del Antropoceno y a diario nos recuerdan nuestro futuro incierto en un planeta inestable.
Cada vez que doy una charla pública, siempre hay alguien que levanta la mano y me dice que, en realidad, todo se reduce a la superpoblación. Casi siempre es un hombre blanco, y su argumento suele venir acompañado de una dosis de racismo. La gente de los países pobres simplemente tiene demasiados hijos y debe controlar la natalidad. Está arruinándolo todo para los demás.
Lo que me asombra de esta postura es que invierte por completo las cosas. Es cierto que tenemos un problema de población. Pero no tiene nada que ver con los países pobres. El verdadero problema es que hay demasiadas personas ricas.
Consumo desigual
Es fácil demostrarlo. En los últimos años, los científicos han publicado estimaciones del consumo total de materiales en el mundo, que incluyen desde pescado y ganado hasta minerales y metales, y desde bosques hasta combustibles fósiles. La cifra supera los 80.000 millones de toneladas de materiales al año. Los científicos creen que un nivel sostenible de consumo ronda los 50.000 millones de toneladas al año. Estamos superando ese límite en un 60 %.
Esto significa que estamos desgastando la red de vida de la que todos dependemos para sobrevivir. Puede parecer una idea demasiado abstracta, pero vemos sus consecuencias a nuestro alrededor. Las poblaciones de peces están colapsando. Los polinizadores están desapareciendo. La capa superficial de los suelos agrícolas se está convirtiendo en polvo. Grandes extensiones del océano costero se han convertido en zonas muertas.
Sin embargo, el consumo de materiales no se distribuye de manera equitativa entre la población humana. Según los datos más recientes, los habitantes de los países ricos consumen muchísimo más que sus equivalentes en el resto del mundo. El residente promedio de un país de ingresos altos promedio consume 28 toneladas de materiales al año. En cambio, la población de los países de ingresos bajos utiliza menos de dos toneladas al año. En India se consumen 3,6 toneladas. La población de países de ingresos medianos altos, como China y Brasil, consume unas 12 toneladas. Esa cifra coincide con el promedio mundial y es menos de la mitad de lo que consumen sus equivalentes en países como el Reino Unido y Estados Unidos.

Si todas las personas del mundo consumieran tanto como el habitante promedio de un país de ingresos altos promedio, necesitaríamos 3,8 Tierras para sostenernos. En cambio, si todos consumieran tanto como el habitante promedio del resto del mundo, estaríamos justo en el nivel sostenible, con un pequeño margen de respiro.
Si queremos saber quién es responsable de nuestra crisis ecológica, los datos son claros. Desde 1990, el consumo mundial anual ha aumentado nada menos que en 33.000 millones de toneladas, lo que nos ha adentrado profundamente en la zona de emergencia. El crecimiento del consumo per cápita en los países ricos representa el 81 % de ese aumento. En otras palabras, casi todo nuestro exceso de consumo está impulsado por los ricos del mundo.
No todos los seres humanos causan la crisis
Este es el problema del lenguaje del Antropoceno. La propia palabra nos lleva a suponer que los seres humanos, en una forma abstracta y genérica, están desestabilizando el bioma de nuestro planeta. Si ese es el punto de partida, por supuesto que uno se preocupará por el crecimiento demográfico en el Sur Global. Pero en el mundo no existen seres humanos genéricos. Las personas viven en sociedades distintas, con valores, historias y sistemas económicos diferentes. La crisis no la estamos causando los seres humanos per se , sino un grupo particular de seres humanos. Se trata de quienes viven en sociedades —principalmente en América del Norte y Europa occidental— que consideran el consumo material una virtud suprema e insisten en que sus economías ofrezcan cada año más de lo mismo, siguiendo una curva exponencial, sin importar las consecuencias.
Si queremos tener una posibilidad razonable de sobrevivir al Antropoceno, los países ricos tendrán que reducir su consumo, y rápido. Puede sonar aterrador. A la gente le preocupa que reducir el consumo un 75 % —la cantidad necesaria para que los países ricos se mantengan dentro del límite seguro— implique pobreza y miseria. Pero no tiene por qué ser así. Nos han dicho que los altos niveles de consumo son necesarios para alcanzar altos niveles de desarrollo humano, pero sencillamente no es cierto.
Pensemos, por ejemplo, en Costa Rica. Su consumo per cápita supera por poco el nivel sostenible y, sin embargo, el país tiene algunos de los indicadores de desarrollo humano más altos del mundo. Los costarricenses pueden esperar vivir más que los estadounidenses y disfrutar de un nivel de bienestar y satisfacción con la vida que rivaliza incluso con el de los países escandinavos. En este sentido, Costa Rica es una de las economías más eficientes del planeta: ofrece altos niveles de bienestar humano con una presión ecológica relativamente baja. Hemos estado pensando muy mal sobre el desarrollo. Hemos puesto como objetivo a países como Estados Unidos y Suecia, cuando deberíamos habernos fijado en países como Costa Rica.
¿Cómo llegamos allí?
El primer paso es establecer límites al consumo de recursos, idealmente mediante un tratado internacional, tal como hemos hecho con las emisiones de carbono. Esto modificaría los precios para que reflejaran el costo real del uso de los recursos. Podríamos hacer cumplir esos límites imponiendo multas por consumo excesivo.
El segundo paso sería introducir nuevos indicadores de progreso. Esto implicaría pasar del PIB a una medida más equilibrada, como el Indicador de Progreso Genuino (IPG), que tiene en cuenta cifras como la contaminación y el agotamiento de los activos naturales. Centrarnos en el IPG nos ayudaría a maximizar los bienes sociales y minimizar los perjuicios ecológicos.
No nos engañemos. Esto exigirá un cambio de paradigma radical. Ahora mismo, nuestro principal objetivo económico es crecer, crecer y crecer. Este objetivo quizá tuviera sentido a principios del siglo XX, pero ya no es adecuado, especialmente para los países ricos. Es hora de avanzar hacia otro tipo de economía, centrada en lograr el bienestar de todos dentro de los límites ecológicos de nuestro planeta. Este es el desafío del siglo XXI. Somos la generación que tiene que hacerlo realidad.
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