Si tiene mucha suerte, quizá haya visto un orangután en libertad. La mayoría de la gente solo los ha visto en televisión. En ambos casos, probablemente el animal estaba en lo más profundo de algún bosque remoto, aún sin alterar por la presencia humana. Esta es la imagen que asociamos con estos animales en peligro crítico de extinción: vulnerables, dependientes de hábitats prístinos e incapaces de coexistir con las personas. Pero quizá esa idea sea errónea.
Hasta hace poco, nuestras ideas sobre la conservación estaban limitadas por nociones románticas de la naturaleza «salvaje» y por nuestra comprensión limitada de lo adaptable y resiliente que puede ser la naturaleza. Sin embargo, entender cómo la exposición prolongada a los humanos ha afectado incluso a especies bien estudiadas puede ayudarnos a cuestionar nuestras ideas sobre ellas y a hacer más eficaz la conservación. El orangután es un buen ejemplo.
Los orangutanes son los mamíferos más grandes que viven principalmente en los árboles y tienen pocos depredadores aparte de los humanos. Por lo general, viven en densidades bajas y son únicos entre los simios por ser mayoritariamente solitarios. Aunque las especies de orangután estuvieron antaño muy extendidas por el Sudeste Asiático continental, las tres que quedan están restringidas a pequeñas poblaciones en Sumatra (Pongo abelii y la recién descrita P. tapanuliensis) y Borneo (Pongo pygmaeus). Todos los orangutanes están en peligro crítico de extinción, pero se suponía que los efectos significativos de la actividad humana se habían producido principalmente en los últimos 60 años, lo que llevó a considerar a los orangutanes «intactos» y sin capacidad para adaptarse a los humanos.
Pero quizá hayamos juzgado mal al orangután. Esa es la conclusión de la investigación que acabamos de publicar, junto con nuestros coautores, en Science Advances. En lugar de ser simios ecológicamente frágiles, hay indicios de que los orangutanes llevan mucho tiempo adaptándose a los humanos. El orangután actual es producto tanto de los efectos ambientales como de los humanos, y los lugares donde vive y su comportamiento parecen reflejar nuestra historia compartida.

No estamos insinuando que las actividades humanas actuales no pongan en peligro a los orangutanes: sí lo hacen. Por ejemplo, entre 1999 y 2015, la población de orangutanes de Borneo se desplomó alrededor de un 50 %, una pérdida de un número estimado de 100.000 individuos en 16 años. La caza fue probablemente el principal factor responsable. Pero si se controlan las amenazas principales, como la caza —un «si» importante—, quizá los orangutanes puedan coexistir con las personas mejor de lo que se suele pensar. Esto abre oportunidades para la conservación más allá de la mera protección de bosques remotos.
70.000 años de coexistencia
Los humanos y los orangutanes han estado en contacto desde que los humanos modernos se establecieron en los trópicos húmedos hace unos 70.000 años. En aquella época, los orangutanes estaban muy extendidos y eran abundantes. Sus dientes son relativamente comunes entre los restos animales hallados en China, Vietnam y Tailandia, lo que sugiere que eran presas fáciles para los cazadores prehistóricos.
La población de orangutanes sufrió un acusado declive hace unos 20.000 años, lo que dio lugar a una distribución restringida y a densidades bajas incluso antes de la deforestación masiva del último siglo. Aunque es probable que el clima influyera en cierta medida, las pruebas de fósiles, la arqueología y la genética apuntan claramente a la intervención humana. En concreto, descubrimos que la llegada de los humanos —y, en especial, los avances en sus tecnologías de caza, como las armas de proyectiles y, más adelante, las cerbatanas y las armas de fuego— coincide con el declive de los orangutanes.
De hecho, parece que los humanos antiguos estuvieron a punto de exterminar al orangután, como hicieron con el rinoceronte lanudo, los perezosos terrestres gigantes, y otros megafaunales del Pleistoceno. Es probable que los orangutanes supervivientes modificaran su comportamiento para contrarrestar esta amenaza, quizá adentrándose aún más en los bosques más espesos para evitar a los cazadores humanos.
Los orangutanes aún conservan esa capacidad de adaptación, y por eso siguen aquí hoy. Estudios recientes han descubierto que pueden desenvolverse bastante bien en bosques talados, e incluso habitan paisajes forestales fragmentados dominados por el cultivo de palma aceitera y otros cultivos, aunque siguen necesitando acceso a bosques naturales. Cuando no encuentran sus alimentos preferidos (fruta madura), los orangutanes también pueden comer una gran variedad de «alimentos alternativos», como corteza.

La buena noticia
Darse cuenta de que los orangutanes ya se han adaptado a un mundo dominado por los humanos tiene implicaciones para la conservación. El hecho de que estos animales puedan sobrevivir relativamente bien en plantaciones y tierras agrícolas fuera de los bosques prístinos —siempre que no se los cace— significa que estas zonas deberían integrarse en las estrategias de conservación. Esto es especialmente importante si se tiene en cuenta que hoy en día la mayoría de los orangutanes no viven en bosques protegidos, sino en zonas abiertas al uso humano.
La frontera entre la naturaleza y el mundo dominado por los humanos es cada vez más difusa. La mayoría de las especies se han adaptado de algún modo a las actividades humanas. Esto no siempre es positivo, pero en el caso del orangután nos permite ver oportunidades de conservación que antes eran invisibles.






