La creación en 1907 de la baquelita, el primer plástico producido en masa que se utilizó como aislante eléctrico, despertó nuestra dependencia de los polímeros sintéticos. La baquelita era duradera, resistente al calor y podía moldearse de nuevo en muchas formas. Estas propiedades propiciaron el desarrollo de una variedad de polímeros sintéticos rentables que han permitido grandes avances en tecnología, medicina y distribución y almacenamiento de alimentos.
La producción total de plástico hasta la fecha ha alcanzado los 8.300 millones de toneladas métricas. La mayor parte sigue presente en el medio ambiente. Cada año, el 91 % del plástico producido no se recicla. Acaba en vertederos y en nuestros océanos. En 2017, cada minuto se vertía en nuestros océanos una cantidad media de residuos plásticos equivalente a la carga de un camión volquete, y se espera que esta cifra aumente en los próximos años.
El impacto ambiental de nuestra adicción al plástico es evidente en todo el mundo y ha suscitado graves preocupaciones sanitarias y ambientales. Las investigaciones muestran que el 83 % de las muestras de agua del grifo analizadas en todo el mundo estaba contaminado con micropartículas de plástico. También se pueden encontrar microplásticos en el 93 % del agua embotellada, así como en el suelo e incluso en el cuerpo humano. También se han encontrado otros compuestos orgánicos de origen humano, como las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), en la sangre humana.

En enero de 2018, la Unión Europea firmó la primera estrategia de la historia para promover una economía circular del plástico. En ella se presentará una revisión sobre la contaminación por nanoplásticos y microplásticos a finales de 2018. Las Naciones Unidas y las asociaciones mundiales del plástico han propuesto estrategias similares con el objetivo de reducir los residuos plásticos mediante sistemas de reciclaje eficaces; el uso de materias primas alternativas, en un intento de desfosilizar la producción de plástico; y una regulación cuidadosa de los productos de plástico de un solo uso.
Pese a la creciente conciencia sobre el impacto mundial de los residuos plásticos, es poco probable que cambie nuestra dependencia del plástico debido a sus valiosas propiedades. Por ello, en los últimos años ha aumentado la investigación sobre plásticos biodegradables, y muchas empresas anuncian productos de plástico compostables o degradables.
Por desgracia, muchos de estos productos solo se degradan en entornos específicos. Su degradación también puede generar residuos que suponen una amenaza igual de importante para el medio ambiente, como demuestran los efectos de los microplásticos. Esto podría justificar una directriz normativa sobre qué puede clasificarse o anunciarse como «biodegradable», ya que los consumidores compran y apoyan voluntariamente estos productos con la esperanza de reducir la contaminación nociva, aunque su efecto sea escaso o nulo.
Se están desarrollando diversos plásticos degradables fabricados a partir de materias primas de origen biológico, conocidos como bioplásticos. Se degradan por completo y de forma segura porque se fabrican a partir de fuentes como la yuca o las algas marinas. Informes similares sobre utensilios fabricados con materias primas comestibles ponen en duda la viabilidad de producir estos materiales a gran escala, sobre todo cuando el Informe mundial sobre las crisis alimentarias de la ONU de 2018 estima que 124 millones de personas sufren inseguridad alimentaria.
Newlight Technologies ha desarrollado una alternativa prometedora a estos materiales. Esta empresa fabrica un bioplástico a partir de emisiones de carbono capturadas, llamado AirCarbon. El método produce un biopolímero natural a partir de gases de efecto invernadero basados en carbono, sustituyendo eficazmente los polímeros sintéticos derivados de combustibles fósiles por alternativas biológicas y, al mismo tiempo, reduciendo los gases de efecto invernadero mediante un proceso que, en conjunto, elimina más carbono del que emite. Newlight Technologies trabaja para lanzar su producto en diversos sectores del mercado, lo que ofrece esperanzas de que podamos aprovechar las emisiones de gases de efecto invernadero para producir materiales útiles a gran escala.
Pese a los avances en el desarrollo de materiales sostenibles y biodegradables que sustituyan a los polímeros sintéticos, todavía debemos preguntarnos: ¿Qué se puede hacer para hacer frente a los millones de toneladas de residuos plásticos presentes en nuestros ecosistemas? Aunque existe una amplia conciencia de la importancia del reciclaje, las estrategias actuales solo logran reciclar el 9 % del plástico que se produce cada año.
Un estudio pionero para mejorar los métodos de reciclaje actuales está dirigido por el profesor John McGeehan y el doctor Gregg Beckman, de la Universidad de Portsmouth y del Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL) del Departamento de Energía de Estados Unidos. Mientras estudiaban una enzima bacteriana de origen natural (PETasa), capaz de degradar el tereftalato de polietileno (PET), el plástico de uso más común, descubrieron por casualidad una variante de la enzima modificada genéticamente que descompone el PET con mayor eficacia como fuente de alimento.
El profesor McGeehan señaló que «aunque la mejora es modesta, este hallazgo inesperado sugiere que es posible mejorar aún más estas enzimas, lo que nos acerca a una solución de reciclaje para la montaña cada vez mayor de plásticos desechados». Este estudio pionero podría sentar las bases para investigaciones posteriores sobre el diseño de enzimas modificadas genéticamente que permitan degradar residuos plásticos. Sin embargo, aún se desconocen las posibles consecuencias de que haya grandes poblaciones de microorganismos que contengan estas enzimas.
El impacto ambiental de los residuos plásticos es generalizado y requiere planes a gran escala para minimizar sus efectos. Es alentador que se establezcan estrategias para abordar estos problemas, pero faltan medidas legislativas y políticas en relación con las innovaciones resultantes, como los (bio)plásticos degradables y las enzimas modificadas genéticamente que degradan el plástico. Esto podría impedir que estas tecnologías alcancen su potencial o dar lugar a que productos de degradación alternativos e indeseables entren en el medio ambiente.
Se deberían considerar normas más estrictas sobre qué se considera biodegradable y qué puede anunciarse como tal. Es necesario comprender mejor las consecuencias indirectas de nuestros intentos por reducir el impacto ambiental de nuestra adicción al plástico. Para ello, hay que diseñar cuidadosamente políticas que garanticen que los objetivos de las estrategias desarrolladas por la Comisión Europea, las Naciones Unidas y las asociaciones mundiales del plástico se cumplan de forma eficaz y segura.





