Devolver la gestión de las reservas de peces a los pescadores podría dar lugar a una forma de pesca más sostenible, según un profesor de biología pesquera.
Paul J B Hart afirma que, en el marco de la cogestión, los pescadores siguen considerándose socios secundarios y no tienen responsabilidad sobre las políticas que afectan a sus actividades.
En el marco de la autogestión, cualquier pescador que no contribuya y no cumpla la normativa sería castigado por sus propios compañeros pescadores.
Los pescadores de sardina de Cornualles están sometidos a una presión constante para conseguir capturas y ganar dinero. Emplean gran habilidad, ayudados por equipos electrónicos de localización de peces, para encontrar y capturar sus presas. Pero si no tienen éxito, les resulta difícil cubrir los costes de la expedición pesquera o incluso pagar los salarios de la tripulación.
Las primeras medidas para gestionar las pesquerías del Atlántico nororiental se introdujeron tras la Segunda Guerra Mundial. Estas medidas fueron elaboradas en gran medida por laboratorios de investigación creados a finales del siglo XIX para estudiar la biología de las especies explotadas. Después, las aplicaron por separado organismos gubernamentales de toda Europa y se impusieron a los pescadores.
Desde entonces, se han realizado intentos de implicar a los pescadores mediante un proceso denominado cogestión. Como describo en mi nuevo artículo, los pescadores siguen considerándose socios secundarios en este proceso y no tienen la responsabilidad final sobre las políticas que afectan a sus actividades. Por ello, son el objetivo de la normativa, pero no tienen el poder ni la capacidad de modificarla para adaptarla a las circunstancias de su trabajo.
Esta situación puede generar resentimiento e impulsar a algunos pescadores a eludir la normativa, sobre todo cuando la vida laboral es tan precaria.
Un ejemplo de ello es el mensaje contradictorio que contenía la antigua política de la UE sobre descartes de pescado. Si un arrastrero capturaba pescado para el que no tenía cuota, estaba obligado a devolverlo al mar. Como el pescado moría o agonizaba, devolverlo no contribuía a la conservación de esas reservas. En cambio, incitaba al pescador a quedárselo y venderlo ilegalmente.
La solución a este tipo de problema consiste en hacer que los pescadores sean responsables de la gestión sostenible del recurso que explotan.
Cómo mejorar la sostenibilidad
Un ejemplo de cómo puede funcionar esto es el Acuerdo de Nasas Costeras aplicado en la pesquería de cangrejo del sur de Devon, en el Reino Unido. El acuerdo se estableció en la década de 1970 para separar a los cangrejeros que utilizan nasas situadas en el fondo marino de otros que emplean artes de arrastre, que pueden destruir las nasas fijas.
En sus primeros años, el sistema era voluntario y funcionaba gracias a la interacción personal entre las partes. Actualmente está regulado por la legislación. Esta propuesta de que los pescadores gestionen sus propias pesquerías puede parecer como poner al cazador furtivo a cargo del guardabosques, pero viene acompañada de condiciones que harían más probable que los pescadores hicieran un buen trabajo.
En primer lugar, los pescadores serían los propietarios del sistema de gestión. Estudios de economistas del comportamiento han demostrado que sentirse propietario de una tarea genera una mayor confianza en ella. Y esto es algo que puede aplicarse a las pesquerías con el objetivo de lograr una mejor gestión y sostenibilidad en el sector.
En segundo lugar, la propuesta se basa en la idea de que un sistema de evaluación y gestión de las reservas controlado por los pescadores crea un bien público. Esto se debe principalmente a que solo los pescadores pertenecientes al grupo de autogestión podrían pescar. Una característica de un bien público es que no puede ser monopolizado por nadie ni por ninguna institución, y sus beneficios están disponibles para todos. Un buen ejemplo de ello es la adopción de políticas que garantizan el acceso a un aire limpio.
Sin embargo, en este tipo de sistema podría existir la tentación de beneficiarse de un bien público sin contribuir a su mantenimiento; en otras palabras, el polizonte o gorrón (free-riding).
En el marco del régimen de autogestión, cualquier pescador que no contribuya y no cumpla la normativa que este genere sería castigado por sus propios compañeros pescadores. Esto podría traducirse en multas por las primeras infracciones. En última instancia, podría significar la exclusión de la pesquería, ya sea por un período determinado o de forma permanente. Dado que un pescador no tiene ingresos si no pesca, la exclusión sería un castigo severo.
Incorporación de datos
Para implicar a todos, cada pescador tendría que recoger datos y transmitirlos a una unidad central gestionada por la pesquería para su recopilación y análisis. La recogida de datos por parte de los pescadores ya se está llevando a cabo, y uno de los mejores ejemplos es el Flota de Referencia Noruega. Existe una flota de referencia para los grandes buques y otra para los buques costeros más pequeños. Equipados con instrumentos de medición, estos buques recogen datos sobre sus capturas y los transmiten directamente al Instituto de Investigación Marina, que luego utiliza los datos en sus evaluaciones nacionales de reservas.
Recoger datos es la parte fácil. Los pescadores también necesitarían tener acceso a científicos que pudieran procesar los datos, evaluar el estado de las reservas y diseñar la mejor política de gestión. Para los pescadores de pequeña escala, esto podría suponer un problema. Una solución sería imponer una tasa a todas las embarcaciones, que podría utilizarse después para financiar una unidad central que emplee a científicos y responsables políticos.
Una pesquería prometedora que se beneficiaría de la aplicación de este tipo de sistema gestionado por los pescadores sería la flota escocesa de arrastreros que capturan arenque, caballa y bacaladilla en el Atlántico nororiental. Estos buques capturan un pequeño grupo de especies y utilizan principalmente un tipo de arte.
La organización del Reino Unido que representa a estos buques, la Asociación de Pescadores Pelágicos de Escocia, ya emplea a un científico a tiempo completo. Esta persona realiza investigaciones sobre los buques y asesora a los pescadores sobre la normativa nacional e internacional. La pesquería sería un candidato excelente para explorar cómo funcionaría poner la gestión directamente en manos de los pescadores.
Mi propuesta exigiría, sin duda, una gran transformación para las instituciones implicadas en la gestión pesquera. Como escribió Richard Thaler, uno de los fundadores de la economía del comportamiento: «Es difícil cambiar la opinión de las personas sobre lo que comen en el desayuno, y más aún los problemas en los que han trabajado toda su vida». Pero, como sugiere mi artículo, los resultados de la economía del comportamiento pueden utilizarse para diseñar mejores sistemas de gestión pesquera. Es más probable que estos tengan éxito que los sistemas impuestos a los pescadores sin tener en cuenta cómo reaccionarán las personas ante una normativa.





